NaNoWriMo 2016: Leyes de maletín – Parte 01

Hacía buen día en el exterior de la cafetería. Soleado, con una temperatura más que agradable y con la compañía de una leve brisa que acercaba el olor del mar. A pesar de eso, su rodilla se resentía y le recordaba que aún estaban en invierno y que el tiempo cambiaría en breve.

Estaba en el “Cadillac’s Coffee”, la única cafetería que había en Benidorm ambientada en los restaurantes americanos de los 70. Montada en una caravana de acero inoxidable, recordaba mucho a las cafetería de películas como “Grease” o “Regreso al futuro”.
Mesas de aluminio y acero unidas a la pared y resguardadas a ambos lados por sendos bancos dobles, también de aluminio, cubiertos con asientos tapizados en cuero de colores pastel.

Grandes ventanales a ambos lados de la entrada principal iluminaban el interior con la luz natural del sol. En el fondo, colgando de la pared, unos cuadros “pin—up” recordaban los dibujos que solían llevar pintados los aviones americanos en la segunda guerra mundial. Mientras, en una de las paredes laterales, una “Jukebox” ambientaba el local con “Piece of my Heart” de los Big Brother and the Holding Company con la inconfundible voz de Janis Joplin.

Guzmán ojeaba tranquilamente un periódico de tirada regional, mientras el aroma del aún humeante café le envolvía. No tenía prisa, estaba relajado, sin agobios de ninguna clase. Desde que se había retirado de la policía, y pasado al ámbito privado, su vida había ganado mucho en calidad y bienestar.

No hacía mucho mas de dos años desde que fue ascendido a comisario de Benidorm tras haber logrado resolver el caso del psicópata que se hacía llamar “El Doctor”. Siempre había creído que aquel era un buen puesto, un sueldo sustancialmente mayor, más tranquilidad que estando de detective y menos trabajo de campo, que, con el estado de su rodilla, era algo que agradecía a diario. El problema lo supuso la responsabilidad del propio puesto. Acarreaba demasiado peso sobre sus hombros. Ya no solo el hecho de mantener la comisaría funcionando de manera correcta y presentar una cara decente y responsable ante el ciudadano, sino, que ahora debía de tomar decisiones que repercutían directamente sobre los agentes de campo, con lo que ello conlleva.

En un principio se trataba de una situación incómoda, pero tras una redada problemática en un club conocido como “Cocktail”, donde dos agentes resultaron heridos, uno de ellos de gravedad, esa situación pasó a ser muy molesta. Llegó a un punto que se vio obligado a renunciar al puesto para poder seguir durmiendo tranquilo por las noches.

Nunca le habían gustado las responsabilidades, y menos cuando esa responsabilidad era sobre terceras personas. Es más, cuando su esposa aun vivía, la mayoría de las discusiones que solían tener eran por ese motivo. Siempre intentaba delegar sus responsabilidades en ella o en otras personas y nunca se hacía cargo de sus obligaciones. La presión que ella ejercía sobre él, intentando que hiciera lo que tenía que hacer fue uno de los motivos que le empujó a mantener una aventura con Claudia.

—¿Te pongo algo más? A no ser, que con ese café ya vayas servido para todo el día —le preguntó la camarera.

Guzmán levanto la vista del periódico para ver a Rosa mientras limpiaba la mesa de al lado. Sonrió cariñosamente cuando esta le miró.

Se conocían desde hacía algunos años, precisamente una noche que Guzmán, aún de detective, la detuvo por escándalo público en una playa de la ciudad. Desde que le tomó los datos en comisaría y esperó que llegaran los padres a llevársela a casa, Eloy sintió un afecto especial hacía esa chiquilla. Se mantuvieron en contacto y con el tiempo, entablaron una relación. No como pareja, porque por aquella época él seguía casado y ya mantenía una aventura con su amante. Más bien se trató de una relación fraternal, como si fuese su hermana pequeña, o incluso su protegida. Ambos habían congeniado de una manera especial, y tras haber conocido la difícil vida que había tenido Rosa hasta entonces, se dedicó a aconsejarla y apoyarla en lo que pudiera.

Con el tiempo, y con su ayuda, había conseguido centrarse, encontrar un trabajo y sacar a su hijo adelante, dado que el padre la abandonó cuando supo la noticia del embarazo. Guzmán había insistido muchas veces en ayudarla a localizarlo, pero ella se había negado. Decía que prefería criar a su hijo sola, que con un padre que no lo quería. A pesar de su juventud, no pasaba de los 23 años, era una mujer valiente, que no se amedrentaba por nada, y que había decidido vivir la vida con filosofía y con humor, por dura que esta resultase.

—No cielo, con el café tengo bastante —dijo Guzmán mientras cogía la taza y le daba un sorbo—. Sabes que solo desayuno esto.

Rosa se enganchó la bayeta en el delantal y, dejando la jarra de café sobre la mesa, se sentó frente a Guzmán.

—¿Vas a contarme que te pasa? —le preguntó ella mientras le quitaba el periódico y lo ponía al otro extremo de la mesa.

Él se quedo mirándola cariñosamente.

—No me ocurre nada. De verdad. ¿Por qué crees que me pasa algo?—dijo Guzmán mientras miraba al exterior por el ventanal del restaurante.

—Bueno, básicamente porque te tomas siempre tu café hirviendo, recién hecho y este —señaló hacia la taza que había en la mesa—, ya ni siquiera echa humo.

Guzmán no pudo evitar sonreír ante el comentario.

—No sabía que eras tan observadora.

Rosa se ruborizó un poco y se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo de cuero.

—He tenido un buen maestro en ese sentido —volvió a ponerse sería y se inclinó sobre la mesa—. ¿Vas a seguir con el cuento de que no te pasa nada?

—Te lo digo en serio. Estoy bien. Es solo que esta mañana me levanté con el estomago un poco castigado. Tomé demasiado picante anoche.

Rosa se quedó mirándolo fijamente unos segundos y se encogió de hombros.

—Tú sabrás—dijo mientras se levantaba y continuaba su tarea, limpiando otra de las mesas de al lado.

Guzmán se estiró para coger el periódico de la otra punta de la mesa donde lo había dejado Rosa. Le dolía mentirle, pero aún no era necesario preocuparla. Se volvió a sentar cómodamente, abrió el periódico, lo alzó como si fuera a leerlo y volvió a centrar su vista en el exterior de la cafetería, a través del ventanal.

Al final de la calle, entre varios coches y casi invisible, había aparcado un todo terreno, granate, matrícula española y con los cristales tintados. Había varios coches a su lado y, delante, un contenedor de reciclaje que lo ocultaba a medias de las miradas desde la cafetería. En un principio, se trataría de un coche más, imperceptible ante cualquiera, excepto para un detective acostumbrado a fijarse en los detalles.

Se trataba del mismo coche que dos días antes se encontraba aparcado frente a su casa, y mismamente ayer, frente a su nueva oficina. Aunque la matrícula no coincidía con las anteriores visitas, Guzmán se había percatado de ciertas marcas que lo hacían inconfundible. Un leve desperfecto en la defensa delantera y un desconchón de la pintura del espejo exterior izquierdo hacía imposible la equivocación.  Las probabilidades de que dos coches idénticos coincidiesen en los mismos desperfectos era nula.

Guzmán dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa. Cogió su bastón y se dirigió a la barra para pagar su consumición.

—Rosa, ¿te importa que salga por detrás? —preguntó mientras esta le devolvía el cambio y lo miraba extrañada—. Me duele mucho la rodilla y, saliendo por detrás, me ahorro darle toda la vuelta a la manzana.

Esta asintió con la cabeza.

—Sin problema Eloy, pero asegúrate de cerrar bien la puerta, que roza abajo y se queda entreabierta. No me apetece tener que ponerme a espantar gatos tan temprano.

—Gracias —dijo Guzmán pasando al otro lado de la barra por la zona batiente—. Me encargaré de cerrarla yo mismo.

Atravesó la pequeña cocina y empujó la puerta de salida al callejón. Salió y la cerró lentamente, sin hacerle fuerza para asegurarse de que se quedara entreabierta.

Se apresuró en acercarse a uno de los contenedores que había cercanos a la salida y apiló unas cuantas cajas vacías a su lado, ocultándose tras ellas y observando la única entrada del callejón pacientemente.

No pasó ni un minuto hasta que por la esquina asomase el frontal del todo terreno que momentos antes estaba aparcado frente a la cafetería. Ya no le cabía duda de que el que llevase el coche se encontraba muy interesado en él y estaba siguiéndole. El vehículo avanzó un poco hasta tapar por completo la entrada al callejón de manera perpendicular. Estuvo parado unos instantes, supuestamente buscándole y observando la calle. Poco después aceleró y salió de la calle quemando rueda, posiblemente pensando que le había cogido la delantera.

Guzmán esperó un par de minutos antes de abandonar su improvisado escondite y volver a entrar cojeando en la cafetería por la puerta que había dejado a medio cerrar.

Avanzó lentamente y, procurando no hacer ruido, se asomó al ojo de buey de la puerta batiente que separaba la cocina del resto de la cafetería , observando a la gente que había en él, buscando alguien de aspecto sospechoso.

Aparte de Rosa, la camarera, solo había un cliente. Un hombre sentado al fondo que almorzaba tranquilamente mientras manoseaba el móvil. Guzmán lo recordaba de cuando él estaba tomando café hacía un momento. No había nadie más en el recinto.

Atravesó la puerta y se quedó unos segundos tras la barra mientras Rosa lo miraba sorprendida.

—¿Tú no te habías ido? —le increpó  con el ceño fruncido.

Guzmán salió de detrás de la barra y se dirigió hacia la puerta principal.

—Es una larga historia—contestó él—. ¿Ha venido alguien cuando yo me he ido?

Rosa negó con la cabeza. Se plantó entre él y la puerta y se cruzó de brazos.

—¿Me vas a decir que es lo que pasa? ¿De quién te escondes?

Guzmán la miró de manera tranquilizadora.

—No pasa nada. Es mejor que no seas tan preguntona.

Estiró el brazo y abrió la puerta con intención de salir al exterior. Rosa le cerró la puerta en las narices y le bloqueó el paso. El portazo llamó la atención del joven que había almorzando al fondo, quien se les quedó mirando unos segundos y volvió a centrarse en su teléfono.

—Vamos a ver. Sabes que no soy tonta —dijo Rosa—. Y tampoco soy una niña para que debas ocultarme las cosas. Somos amigos ¿no? Pues confía un poco en mi y dime que es lo que te preocupa.

Guzmán suspiró tristemente. Sabía que nadie ganaba a Rosa a cabezota y que iba a estar machacándolo hasta que le contase que le ocurría Pero no quería preocuparla, y mucho menos, involucrarla en algo que aun no conocía.

—En realidad no sé lo que pasa —dijo él—. Hay un coche que me parece que está siguiéndome, pero no estoy seguro. Si me buscan, han tenido más de una oportunidad de ponerse en contacto conmigo, pero no lo han hecho. Así que no sé si es algo bueno o malo. Pero de momento no ha pasado nada, así que deja de preocuparte.

Rosa se quedó pensativa unos segundos.

—El coche que dices, ¿es un todo terreno rojo?

—Más bien granate —le corrigió Guzmán—. Pero si. ¿Por?

Rosa se apartó de la puerta y se apoyó en la barra.

—Justo cuando te has ido, un coche así ha parado delante de la puerta y se ha bajado un tío trajeado.

Guzmán se puso frente a ella, de espaldas a la puerta, y la cogió del brazo.

—¿No me habías dicho que no ha venido nadie?

—Es que no ha llegado a entrar —dijo mientras empezaba a estrujar la bayeta nerviosa—. Se ha asomado a las cristaleras y ha estado mirando el interior de la cafetería. Luego se ha vuelto al coche y se han ido. Imaginé que se habían equivocado.

—¿Has dicho han? ¿Eran más de uno?

Rosa asintió con la cabeza.

—Por lo menos dos. Porque el que se ha asomado iba en el asiento del acompañante, así que debía de haber alguien al volante.

—Vale. No te preocupes por eso. ¿Le has visto la cara? ¿Podrías reconocerlo si lo volvieras a ver?

—Creo que no va a hacer falta —dijo Rosa con un hilo de voz.

La campanilla que colgaba sobre la puerta de entrada sonó estrepitosamente y una oleada de aire frío invadió la cafetería golpeando sin piedad la espalda de Guzmán.

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