Relato: No hay mal que por bien…

-Buenas tardes a todos y bienvenidos a un nueva reunión de “Hogar para todos”. Id cogiendo sitio, por favor.

Estaban en una sala grande, llena de sillas formando un circulo. La sala pertenecía a un edificio consistorial. Aunque en un principio el ayuntamiento se mostró reacio a ceder una sala a la asociación, enseguida los vecinos del pueblo se le echaron encima, por lo que tuvo que entregarles una para sus reuniones.


Todas las semanas se celebraba una reunión, para comentar la situación de los desahucios en la ciudad. Si bien últimamente la cantidad de gente que era echada de sus casas había bajado, aún había muchas familias afectadas por ello. En estas reuniones se intentaba buscar formas de evitar esos desahucios y, a la vez, se les brindaba apoyo a aquellas familias que habían sufrido esta desgracia.
Una vez todos hubieron cogido un sitio donde sentarse, la mujer que les había dado la bienvenida se puso en el centro del círculo y dio comienzo a la reunión.
-Muchos ya me conocéis, pero dejad que vuelva a presentarme, pues tenemos un matrimonio nuevo entre nuestros compañeros. Me llamo Bea, y soy la encargada de dirigir el grupo de apoyo para las victimas del desahucio. Me alegra que halláis decidido uniros a nuestras reuniones, a pesar del mal momento que estáis pasando. Por favor -se dirigió hacía un matrimonio que estaba sentado frente a ella-. Levantaros y presentaros.
El matrimonio se miró y, avergonzados, se levantaron de sus asientos.
-Buenas tardes – dijo el hombre-. Somos José Antonio y Marta.
-Buenas tardes -dijo su esposa cuando la presentó.
El grupo, compuesto por cerca de una cuarentena de miembros, contestó al unísono.
-¡Bienvenidos!
José Antonio y Marta se sentaron de nuevo. Ella más sonrojada que un tomate de la vergüenza.
La encargada del grupo comenzó a repartir unos botellines de agua entre todos los presentes.
-Es costumbre, que expliquemos un poco la situación que nos ha llevado aquí. No es algo obligatorio, ya que entiendo que no es algo fácil de contar, y menos a desconocidos.
-Yo no tengo problema en eso -contestó José Antonio-. No me avergüenza lo que ha pasado. Es más, diría que hasta mi vida ha ido a mejor.
Marta le estiraba de las mangas de la camisa, reprobándole que fuese tan lanzado con esa gente que no conocía.
Bea terminó de repartir las botellas y volvió al centro del círculo.
-Me alegra mucho que hayas decidido tomarte la situación de manera positiva. Aquí todos hemos pasado por lo mismo, yo incluida, por eso solemos decir que estamos entre amigos. Nadie juzga a nadie por sus actos, ya que todos la hemos “cagado” de una manera o otra. Si te apetece, cuéntanos tu historia.
José Antonio dio un sorbo a su botella de agua y la dejó en el suelo, junto a las patas de la silla.
-Bueno, quiero empezar diciendo que, a pesar de todo, yo no echo la culpa de esto a los bancos. Está claro que ellos me sacaron de mi casa, pero yo firmé para eso.
“Resulta que hace 12 años, tanto mi mujer como yo, que éramos aún novios, trabajábamos. Yo era, bueno, soy, aparejador. En aquella época, con el boom de la construcción, solamente con mi sueldo llegábamos a ingresar 4000 euros en casa. Mi mujer es asistenta, y en aquella época, estaba ganando cerca de 1500 euros limpiando casas.”
-Yo solo trabajaba por las mañanas -dijo Marta-. Por las tardes me iba al gimnasio con las amigas.
-El caso -continuó José Antonio-, es que nos juntábamos todos los meses con casi un millón de las antiguas pesetas en casa. Y como la relación iba bien, pues decidimos irnos a vivir juntos. Primero estuvimos viendo pisos de alquiler, e incluso estuvimos un año viviendo en uno, pero con lo que nos cobraban todos los meses podríamos habernos metido en un piso y no “tirar el dinero a la basura.”
“Así que después de ese año de alquiler, acordamos comprarnos un pisito. Estuvimos mirando varios y al final decidimos quedarnos con uno de los que la constructora en la que yo estaba trabajando tenía en venta. Pero la venta no la llevaba la constructora, sino el banco, así que nos fuimos a él, para informarnos de como se llevaría a cabo todo.”
-Yo ya te dije que eso del banco era raro -interrumpió Marta.
-Vamos a ver, cari -contestó José Antonio a su mujer-. Estuvimos dos meses mirando todos los dias distintos sitios. Y yo no iba a ir a una inmobiliaria, que no tienen ni idea de lo que venden la mitad de las veces. Y el banco es el que te da el dinero.
“El caso es, que el banco que llevaba la financiación de los pisos era el mismo en que yo tenía mi nómina desde que entré en la empresa, por lo que conocía a todos, incluido el director. Enseguida nos dieron cita y nos presentamos allí con los papeles de la constructora.”
“Como podéis imaginar, nosotros de dinero ahorrado, nada. Habíamos vivido bien, salíamos a cenar casi todos los dias, íbamos al cine cuando queríamos. Coche nuevo, móviles de última generación, vamos, todos lo caprichos que podíamos pagar, que eran muchos. Por eso cuando llegamos al banco, las cuentas estaban vacías.”
-Teníamos muchos gastos -quiso disculparse Marta.
-Lo que teníamos era mucho vicio, y poco conocimiento. Si hubiésemos ahorrado, otro gallos nos hubiera cantado.
“El caso es que el director en un principio dijo que no debíamos preocuparnos por ese detalle. Fijo en la empresa, con más de 10 años de antigüedad y, con la nómina que ingresaban todos los meses en mi cuenta, no iba a tener ningún tipo de problema. Empezaron a sacar cuentas, que si el interés, que si la cláusula suelo, que si el seguro de préstamo y tal, vamos, todo lo que suelen meter cuando te metes en una hipoteca.”
“Creo que nunca, desde que empezamos el trámite, nos dijeron el total de la deuda. Solo las mensualidades. Yo sabía lo que costaba el piso y, lo que valía, ya que había contribuido a construirlo y conocía la calidad de los materiales. El caso es que se nos quedó una cuota de ochocientos euros mensuales a cuarenta años. Cuando empezaron los problemas calculé el total de la deuda y eran 384000 euros, por un piso que costaba 80000 en materiales y 250000 si lo comprabas directo a la constructora.”
-¿Y porqué decidisteis comprarlo al banco? -preguntó uno de los miembros del grupo.
-Aun no sabemos si nos engañaron o nos equivocamos nosotros, pero íbamos con la documentación para comprar uno a la constructora, pero compramos uno del banco. Nos lo dijo mi encargado un par de años después.
-Te dejaste engañar Pepe -le reprochó Marta-. Te vieron cara de pardillo y te engañaron.
-Te recuerdo que tu también estabas allí -dijo José Antonio-. La cuestión es que, entre que no nos fijamos lo que comprábamos, que no preguntamos en ningún momento el total de la deuda y que 800 euros de letra nos parecía una miseria, firmamos la compra una semana después. Ya teníamos piso en propiedad, pasábamos a formar parte de esa élite que eran los propietarios.
“Un año después, nos decidimos por comprar un garaje en el edificio, pues teníamos coche nuevo, y no me hacía mucha gracia que durmiese en la calle. Fuimos de nuevo al banco y, como nos habían tratado tan bien, lo compramos desde allí. Poco después, quizás otro año, mas o menos, la faena bajó un poco. No habíamos entrado aún en la crisis, pero los ingresos eran algo menores. Entonces nos llamaron del banco y nos ofrecieron refinanciar la hipoteca, de esa manera, podríamos unir los prestamos de la casa y del garaje y tenerlo todo en uno. Al mes pagábamos mucho menos, pero no nos fijamos que nos habían subido el tiempo y nos seguían quedando 40 años por pagar.”
-Toda la vida entrampados por no leerte el contrato -murmuró Marta.
Su marido la ignoró.
-El caso es que ese mismo año falleció mi suegro, y acogimos en mi casa a mi suegra y mi cuñado. Ella ama de casa de toda la vida, él un vago redomado sin oficio ni beneficio.
-¡Pepe! Te he dicho que no te metas con mi hermano -le regaño Marta-. Aún no tiene claro lo que va a hacer.
-Coño, con 28 años ya podría buscarse la vida por su cuenta. Bueno, volviendo al tema, los metimos en casa, pues teníamos espacio de sobra y todavía ganábamos suficiente para estar desahogados. En un principio aquello iba bien, pues como los dos trabajábamos, mi suegra se encargaba de la casa y las comidas. Pero un día llegó el caos. La burbuja explotó.

“De ir ganando menos como había estado pasando los últimos meses, acabé siendo despedido con casi la mitad de la plantilla. Por si eso no fuera bastante, mi mujer se quedó embarazada…”
-Lo dices como si hubiese sido culpa mía -le reprochó ella.
Él puso los ojos en blanco.
-No lo digo en ese sentido, me refiero a que vino todo junto-se volvió de nuevo hacia el grupo-. Bueno, os podéis hacer a la idea, yo en la calle y ella embarazada. De ganar los tres mil euros que habíamos estado ganando los últimos meses, a quedarnos en mil quinientos, con cuatro bocas, una quinta en camino y una hipoteca de ochocientos euros. Sin caer en que ella tendría que dejar de trabajar en breve.
“Contábamos con el paro, que eran mil doscientos euros, así que tampoco nos agobiamos mucho. Podríamos salir adelante. Solo tendríamos que recortar un poco los gastos que habíamos tenido y ya está. Salir menos, menos caprichos, vamos, lo que se conocen como recortes.”
“Pocos meses después a ella la despidieron. Alegaron que era por falta de trabajo, la crisis y tal. En realidad era por su embarazo, pero como no pudimos demostrarlo, no pudimos hacer nada. Ahora es cuando empezábamos a ver las cosas negras. Cinco bocas para alimentar y solo mil doscientos euros en casa, de los cuales se quedaban ochocientos el banco.”
“Cuando me puse a hacer cuentas me entró el agobio. Nos quedaban para comer, tras pagar piso y recibos, ciento cincuenta euros. Era imposible. Yo empecé a moverme con mis contactos, echando currículos a todos los sitios que podía, pero la construcción había muerto. No había trabajado en otra cosa y no conocía ningún idioma aparte del español, así que me tuve que buscar la vida haciendo chapuzas y quitándome lujos de la casa”
-Primero vendiste todas mis cosas -dijo Marta.
-Y así cada dos por tres -dijo José Antonio al resto del grupo-. Vendí las cosas que menos usábamos. ¿Qué eran casi todas tuyas? Si, pero no se usaban.
-Si que las usaba…
-Dime una sola vez que hayas usado el Termochef ese de las narices.
Marta se quedó en silencio.
-Como iba diciendo, cuando ya en casa no nos quedaban capricho caros por vender fue cuando decidimos ir a renegociar con el banco. Para ver que podíamos hacer. Allí fue cuando se me abrieron los ojos por completo.

“El mismo banco que siempre me había tratado de maravilla, que me habían dado todo lo que necesitaba, ahora me cerraba las puertas. Empezaron con las miradas despectivas, y luego ya vinieron las negativas. Estuvimos estudiando un aplazamiento de la deuda, una posible refinanciación o algo que pudiera permitirnos respirar. Pero el banco se cerró en banda y dejó claro que la cuota era la que era.”
-Mira que te dije que hicieras el cursillo ese de inglés a distancia -volvió a interrumpirle Marta-. Te hubiese abierto puertas.
-Claro, trabajando de sol a sol tenía tanto tiempo libre que lo suyo era ponerme a estudiar -de nuevo se volvió al grupo-. El caso es que la cosa estaba apretada y, ya no solo el sector de la construcción, sino todo el trabajo estaba parado. Con los cuatro arreglos que podía hacer por ahí nos iba dando para llevarlo.
“Un par de meses después nació mi hijo. El mismo día del parto tomé la decisión. Se acabó pagar la cuota. Tenía que dar de comer a los míos, y eso era lo que iba a hacer. Así que sin decir nada al banco, me abrí una cuenta nueva en otra oficina y cambié la domiciliación del paro.”
“El mismo día 10, me llamaron del banco. Que no habían ingresado el paro y el recibo estaba pendiente. Les contesté que iba a informarme a ver que había pasado.”
-Tu encima mintiéndoles -dijo Marta.
-¿Me vas a interrumpir a cada frase? Es que no has parado desde que he empezado. ¿Por donde iba?
-Que el banco había devuelto el recibo -dijo Bea.
-Si, eso. Que miraría a ver el motivo. Pero pasé de ellos. Entonces el día 12 del mes siguiente me llegó una carta certificada diciendo que se había presentado a juzgado no se qué de liquidación del préstamo.”
-Joder -interrumpió uno de los miembros del grupo-, si que se dieron prisa.
-Si, parece ser que se enteraron que había cambiado el paro de banco y vieron que no iba a soltar un duro más. Total, ya sabéis como es esto, denuncia, juicios, peleas, etc… El caso es que el tiempo pasaba y de momento yo seguía en mi casa dando de comer a los míos. Y a los suyos -dijo señalando a Marta-. Hasta que llegó la orden de desahucio.
“Entonces ya fue cuando se me cayó el mundo encima. Sabía que podría pasar, pero esperaba encontrar un trabajo antes que llegase ese punto y poder solucionar las cosas. Así que me toco empezar a moverme, a ver que derechos tenía.”
“Contacté con varias asociaciones vecinales, una de ella vosotros, que fuisteis los únicos que teníais tiempo para asesorarme. Por lo visto no era el único que estaba en esa situación, algo que, quieras que no, te hace sentir un poco mejor. No por el mal ajeno, si no porque ves que no eres el único que la ha cagado.”
-Nosotros la cagamos, pero bien cagada -dijo Marta con los ojos brillantes, apunto de echar a llorar.
-Pues igual que ellos -contestó José Antonio señalando al grupo-, e igual que medio país. El caso es que con vuestra ayuda vimos que dentro de lo malo, todavía podíamos salir adelante, que seguíamos teniendo unos derechos y que había que reclamarlos.
“Ese tiempo que ganamos con la ayuda de la asociación y de la unión de vecinos y amigos, nos ayudó mucho más de lo que la gente se cree. No recuperamos la casa, pero aprendimos que se podía dar como pago al banco, aunque no cubriese toda la cuota.”

-Eso otra, trescientos mil euros al comprarla y ciento veinte mil al venderla, que hijos de…
-¡Marta! -le cortó Bea-. Por favor, aunque todos pensemos lo mismo de esa gente, no debemos rebajarnos a ese nivel.
-Lo siento -se disculpó.
-Bueno, no la pagó toda, pero si gran parte. Y además logré encontrar trabajo y una vivienda social. Algo que sin vosotros, vuestro apoyo y vuestros conocimientos no hubiera conseguido.
-Pero entonces -dijo otro miembro del grupo-. ¿Tu sigues teniendo deuda con el banco?
-Por supuesto -contestó José Antonio-. Cuarenta y ocho mil euros que voy pagando con un embargo de nómina por orden judicial.
Ahora fue Bea la que interrumpió.
-Vamos a ver, has dicho al principio de la reunión que tu vida ha ido a mejor después de esta situación.
-Claro -dijo José Antonio-. Pero mucho mejor que antes.
-No lo entiendo -siguió Bea-. Has perdido tu casa, que la sigues pagando, tu coche, tus lujos y tu nivel de vida. Tienes una deuda contraída que no se sabe cuando la terminarás de pagar. ¿En que ha mejorado tu vida? Entiendo que esto es un grupo de apoyo, pero hay que ser realista de que todos estamos con el agua al cuello.
-Muy sencillo -dijo José Antonio mientras se sentaba-. No solo he aprendido a no fiarse de los que dan duros a cuatro pesetas, sino, que también, por fin, y pese a todo lo que me ha costado, he logrado quitarme de encima a mi suegra y a mi cuñado.
La colleja resonó en toda la sala como una explosión.
-¡Pepe! -gritó Marta-. Con lo que te quiere mi madre y todo lo que ha hecho por nosotros.
José Antonio se pasaba la mano en la zona dolorida donde había soltado su esposa la ostia.
-Si yo también la quiero mucho a ella, y agradezco todo lo que hace por nosotros. Pero que lo haga desde su casa.
José Antonio se sentó entro los aplausos de ánimo del resto del grupo mientras Marta lo miraba roja de rabia y verguenza.

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