Cap. 01: El poder del nigromante

Una vez más, a mediados de la época en que el calor era mayor, multitud de gente de todo el reino se daba cita en la capital de Kilik, Venes, para celebrar los torneos de caballeros que tanto renombre le habían dado, certamen tras certamen.

Los caballeros que concursaban en este torneo, eran gente preparada para el combate, pues participar en un evento de estos requiere una gran destreza y mucha pericia en el uso de las armas. Lo único que parecía amedrentar a los participantes era el final del duelo, pues estos podían acabar el torneo de dos formas muy distintas: o bien conseguían la victoria y, con ello alcanzaban la gloria, pasando a formar parte del ejercito real; o bien salían malheridos del combate; los que corrían peor suerte, perecían al intentar alcanzar el triunfo soñado por todo hijo de campesino.

Aquel año precisamente era motivo de mayor celebración, pues el rey de Kilik, Sir Thomas I, celebraba su décimo aniversario de subida al trono. Por ese motivo el ganador del torneo formaría parte de un grupo privilegiado de caballeros que siempre iban como escolta de su majestad. Así pues, todo el reino se encontraba en medio de una gran algarabía.

Aquella mañana del caluroso mes de Julio, Sir Wildgrate se encontraba en su tienda en compañía de su hijo Dani -el joven aprendiz de caballero y buen mozo-, colocándose la pesada armadura compuesta por varias piezas, las cuales estaban relucientes tras un potente y efectivo bruñido.

Dani tenía la edad de 17 años y era tan alto como su padre. Éste superaba varios centímetros a la mayoría de los hombres y Dani sólo medía dos dedos menos que él, y seguía creciendo. Físicamente también eran bastante parecidos. Ambos tenían el pelo moreno y los ojos azules con motas color roble. La gente decía que los dos eran muy atractivos, y Dani en sólo un año había tenido varias pretendientes, pero ninguna llegó a acomodarse del todo en el interior de su pecho.

–Padre, le veo nervioso ¿se encuentra bien?– preguntó Dani mientras le ayudaba a montar la pechera de su armadura.

–Sí, estoy bien –le respondió mientras ajustaba los cintos de cuero.– ¿Por qué tendría que estar nervioso? Sabes que no es la primera vez que participo en un torneo del reino. Además, llevo ganando cuatro años seguidos.

Dani miró a su padre a través del espejo y salió de la tienda a tomar un poco de aire fresco.

El lugar donde se iba a celebrar el torneo estaba situado en el centro de la plaza y miles de mercaderes habían ido rodeándola con sus puestos. La zona se encontraba tan abarrotada de puestos, que tanto la gente como los animales parecían hallarse en peligro de desbordar la ciudad entera.

La multitud que Dani vio fuera de la tienda, parecía mostrar un talante extraño, al mismo tiempo que observó algo que le inquietó. En una rápida ojeada se percató, que a través de una de las ventanas de aguja de uno de los torreones del castillo, asomaba una espesa humareda amarilla. Dani pensó, que Amael el hechicero, volvía a hacer de las suyas.

En la otra punta de la alberca, había otra tienda que había sido puesta a disposición de Sir Jonathan. Éste, era un hombre de aspecto misterioso mientras que, por el contrario, sus facciones daban un toque hogareño y familiar. Era alto, bien formado, de cabellos rubios y largos, barba blanca de varios días, con unos ojos oscuros y profundos. Aparentaba una avanzada edad, pero ésta era desconocida por todos. Dani pensó que se trataba de un campesino aburrido de la vida del campo.

Mientras, en el interior de la tienda de este nuevo guerrero, se mantenía  una extraña conversación:

–Escucha toda esa chusma gritando y vociferando mientras esperan que empiece el combate. Llevo mucho tiempo luchando para tener el honor que tengo y para llegar a donde he llegado y no pienso permitir que nadie me lo arrebate todo. Pienso ganar este combate por las buenas o por las malas ¿entendido? –le gritó al joven mozo que le ayudaba a ponerse la armadura.

–A mí me dijeron que llegaste hasta aquí gracias a tu hermano– contestó el joven con desdén y arrogancia.

El guerrero cogió su arma y de un espadazo, le cortó un mechón de cabello a su escudero. Éste empezó a sudar pero no se movió de su sitio.

–No me gustan ese tipo de insolencias respecto a mi persona y a mi forma de haber conseguido lo que tengo. Como vuelva a oír un tipo de patraña de esas salir de tus labios, juro que serás el primero en morir a manos de un rey.

Tres años atrás, en un reino desconocido y deshabitado, en una de las torres de un castillo, una figura se movía de un lado a otro de la habitación. Su nombre era Amael.

Amael no era el típico brujo; era alguien muy especial. Sus artes mágicas distaban mucho de las de otros brujos que por aquella época fueran conocidos por toda clase de hechizos y sortilegios y demás oscuros conjuros.

Amael era un hombre alto, fornido, moreno de cabellos, duras facciones y en apariencia de mediana edad. Estas características le hacían tener una imponente complexión física que invitaba a pensar en las simples mentes del gentío que se trataba de un guerrero más que de un hechicero. Siempre iba ataviado con una larga túnica negra, probablemente de seda, con extraños símbolos bordados en hilo de oro.

En su torre había miles de estanterías llenas de botes y recipientes que contenían sustancias viscosas y de extraños colores. En el centro había un gran círculo el cual daba la impresión de ser un gran recipiente lleno de un agua que estaba en continuo movimiento. Junto a este círculo mágico, había un atril de madera en el cual había tallado un dragón con dos impresionantes esmeraldas incrustadas a modo de ojos. Sobre él se encontraba un gran libro abierto por una de sus páginas y del cual Amael recitaba en voz alta:

–¡Manthus, Toedus, Mirotos! ¡Laminarya, strodocispis, daiperso!

Se oyó una fuerte explosión y del círculo mágico, empezaron a brotar llamas como si de una gran hoguera se tratase.

A sus espaldas, una puerta se abrió silenciosamente y una sombra penetró de manera furtiva en la estancia.

–No hace falta que te escondas de mí –dijo Amael en voz alta con su oscuro tono–, ¡te estaba esperando!

Nadie contestó y no se oyó ningún tipo de ruido extraño.

–¡Jonathan! Sé a lo que has venido. Sal donde pueda verte.

Una sombra se movió cautelosamente frente a Amael, y con un destello de las llamas, le pudo ver el rostro. Una faz delgada y barbuda, con una mirada vivaz y enigmática. Por aquel entonces, el conocido Sir Jonathan, no era más que un simple ladrón, cuya única pertenencia era una gran espada, que lo más probable era que fuese robada.

–Dame todo lo que tengas y como le digas esto a alguien… –Jonathan señaló a Amael con su espada–… ¡estás muerto!

Una ola de furia subió y llenó por completo el cuerpo de Amael.

–¡A mí no vuelvas a amenazarme! –gritó extendiendo los brazos hacia él. Un anillo de humo rojo rodeó a Jonathan y empezó a apretarle. Jonathan forcejeaba y gritaba por soltarse, pero cuanto más se movía, más se apretaba. No podía respirar y de pronto, todo se volvió negro. Jonathan se desmayó.

–Jamás subestimes el poder de la magia, hermano –susurró Amael.

El rey ya ocupaba su trono y observaba a toda la gente reunida sentado en su tribuna real.

Desde allí se divisaba gran parte del terreno circundante. Se podían ver los puestos de comerciantes, los juegos que se celebraban más allá, e incluso, las torres del castillo. Lo único que no se veía, eran las tiendas de los contendientes, puesto que estaban situadas a ambos lados de la tribuna.

De súbito, se oyó una gran explosión y todas las miradas se dirigieron hacia una de las torres. De ella se desprendían trozos de roca y una humareda negra empezó a salir a través de sus ventanas.

–Id a ver qué ha sucedido –ordenó el rey a cuatro de sus caballeros que partieron raudos.

Pronto la gente volvió a centrar la atención en el espectáculo.

Ambos combatientes se encontraban montados en sus caballos y rendían homenaje a Sir Thomas. Entonces, comenzó el torneo.

Los dos jinetes, embutidos en sus armaduras, con el escudo en una mano y la lanza en otra, emprendieron el galope. Dani se encontraba entre los espectadores, viendo el torneo con el resto de gente venida de todas partes del reino.

Sir Daniel enfocaba mentalmente la forma de derribar a Sir Jonathan mientras se dirigía velozmente hacia él. Ambas lanzas se partieron al impactar con los escudos rivales, acabando así la primera ronda. El escudo de Sir Jonathan se partió en mil pedazos al recibir el golpe de la lanza. Enfurecido, Sir Jonathan lanzó el trozo de lanza que le quedaba en las manos. Su escudero le ofreció otro escudo y otra lanza.

Tenía decidido cómo hacer caer a Sir Daniel en esta embestida. Sólo debía esquivar su golpe, y con un acto reflejo, le propinaría él otro que lo tiraría a la arena.

Dio comienzo la siguiente ronda. Sir Jonathan no perdía ojo de la lanza de su rival para verle asestar el golpe y poder esquivarlo. Pero algo salió mal. Sir Jonathan recibió el golpe de lleno en el pecho, notando la falta de aire y sintiendo como su cuerpo se separaba de la silla de montar.

Cayó al suelo mientras el público vitoreaba a Sir Daniel.  Éste desmontó de su caballo, recogió dos espadas y le lanzó una a Sir Jonathan, la cual fue a caer a un palmo del yelmo de su rival, invitándole a luchar.

Entonces Sir Jonathan se levantó y cogiendo la espada por la hoja, se giró y la lanzó. La espada fue a incrustarse en el desprotegido pecho del rey Sir Thomas matándolo en el acto. Ante la perplejidad de todo el mundo, cientos de caballeros, aparecieron de la nada y redujeron rápidamente a toda la corte real.

Mientras todo esto sucedía, la gente gritaba y cientos de forasteros huían hacia sus ciudades o pueblos, atemorizados por el golpe de estado que acababa de producirse. Sir Daniel cogió a su hijo y montó a caballo huyendo de la zona de combate.

Sir Jonathan subió a la tribuna real, y ante la mirada de sus caballeros y de algunos pueblerinos que se quedaron allí, cogió y arrancó la corona de la cabeza de Sir Thomas, colocándosela en la suya.

–Saludad a vuestro nuevo soberano –dijo mientras se colocaba la corona. Hecho esto, empezó a reír.

Todos sus caballeros aplaudían y vitoreaban al rey Jonathan.

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4 comentarios sobre “Cap. 01: El poder del nigromante

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  1. Roberto, a ver si subes el poder del nigromante entero que me e quedado con las ganas jajaja por lo demás increíble sigue así que se nota que lo que haces te gusta y lo haces bien mis felicitaciones. Un abrazo Roberto y mucho animo.

    Me gusta

    1. Muchísimas gracias Rubén. Tengo la intención de subirlo entero, poco a poco, y de esa manera obligarme a corregirlo.

      Gracias por tu comentario y un abrazo.

      Me gusta

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