Relato: Los primeros 17

Una alarma sonaba de manera tímida en uno de los monitores de la sala.

–¿Qué es lo que ocurre? –preguntó el coronel Sanders.

Uno de los científicos comenzó a pulsar teclas en el ordenador principal de la sala. Tras revisar varias pantalla y efectuar algunos diagnósticos, se encogió de hombros.

–No lo sé señor. Se trata del sensor térmico, pero debe de ser un fallo, no hay ningún movimiento en la sala.

El coronel se acercó a los monitores que grababan todos los ángulos de la habitación y los observó detenidamente durante un par de minutos mientras la alarma seguía sonando.

–Mande ahora mismo un técnico y que lo revise. Prioridad 2.

–¡Si señor! –contestó el científico mientras cogía un WalkieTalkie que había sobre la mesa–. Jimmy, ¿me recibes?

Un sonido de estática sonó por el altavoz.

–Adelante Mason, ¿Qué ocurre?

–Necesito que reviséis un sensor térmico en la sala Juliette. Está dando algún tipo de fallo y la alarma no deja de sonar.

La estática volvió a sonar.

–¿Seguro que es un fallo? –preguntó Jimmy–. Esos sensores se revisaron hace un par de días.

–Tiene que serlo, el paciente se mantiene en las mismas condiciones. Revísalo con un equipo, prioridad 2.

–Recibido –contestó Jimmy. Una maldición se escucho de fondo en la emisora antes de que la estática indicase el corte de la señal.

El coronel Sanders se había mantenido pendiente de los monitores durante toda la conversación, buscando algún indicio de movimiento.

–Ningún cambio en la sala que se pueda apreciar. ¿Qué indican los sensores?

El científico comenzó a revisar distintas gráficas en otra hilera de monitores.

–Ondas Alfa y Delta estables. Sin actividad en Beta y Theta. Temperatura aumentada en 4 grados según sensor. Sin movimientos apreciables en los sensores. Paciente estable y sin cambios.

La alarma seguía sonando, clavándose en los tímpanos de manera dolorosa.

–A ver si arreglan ese sensor de una vez –murmuró el coronel.

Mientras tanto, en otra de las zonas de la base, Jimmy terminaba de ponerse el equipo de protección y se preparaba para entrar en la sala Juliette.

–Recordad chicos que se trata de prioridad 2. En cualquier momento que se vea algo raro, se abandona la sala.

–Entendido señor –contestaron los dos soldados armados que le acompañaban por los pasillos.

Llegaron ante una puerta de seguridad de nivel 4. Jimmy levantó la cabeza mirando a la cámara y cogió el walkie.

–Mason, necesito que me abras la compuerta de aislamiento para acceder a la sala.

–Recibido –se escuchó a través del altavoz.

Tras unos segundos, se escucharon los sistemas de seguridad desbloqueando la puerta y esta se abrió. Los tres hombres la atravesaron, cerrándose de nuevo a sus espaldas.

“Comenzando proceso de descontaminación” informó una voz femenina robotizada, y una extensa nube de vapor de agua mezclado con distintos productos desinfectantes los envolvió cegándolos por unos instantes. Cuando la nube desapareció la voz volvió a escucharse: “Proceso de descontaminación finalizado. Otra puerta de seguridad frente a ellos se desbloqueó, permitiéndoles el acceso a la sala Juliette.

–Así que esto es la misteriosa sala J ¿no? –susurró uno de los soldados mientras observaba a su alrededor–. No entiendo a que tanto revuelo.

Jimmy señaló al centro de la habitación. El soldado se fijó en la zona y distinguió una especie de cajón metálico cubierto por una cúpula de cristal. Instintivamente se acercó para ver su contenido. Jimmy lo cogió por el brazo.

–Ni se te ocurra –dijo este.

A pesar de los trajes de aislamiento, el soldado notó como la mano de Jimmy le hacía daño al apretar el brazo con el que aguantaba el fusil. Asintió con la cabeza y se mantuvo detrás del técnico.

Se dirigieron a una de las esquinas de la habitación, donde se veían varios aparatos electrónicos. Los soldados distinguieron algunas cámaras de grabación distribuidas por toda la sala. Jimmy se dirigió a uno que parecía un detector de humos. Le quitó los tornillos que sujetaban la tapa con un destornillador y desconectó uno de los cables.

–Mason, confirma que la alarma se ha detenido –dijo por el walkie.

–Confirmado, el sonido ha parado, aunque el panel principal nos indica avería del sensor.

Jimmy esperó a escuchar la estática para contestar.

–Correcto, he desconectado el sensor del sistema para forzar un reinicio de los parámetros. Procedo a conectarlo de nuevo.

El técnico cogió el cable y volvió a conectarlo en la ficha. A sus espaldas, uno de los soldados se giró sobresaltado.

–¿Qué ha sido eso? –preguntó mientras barría la sala con la mira de su rifle.

Jimmy se quedó mirándolo.

–¿Qué ha sido qué? –preguntó con el walkie en la mano.

El soldado tardó unos segundos en responder.

–Eh… no lo sé señor. Me había parecido escuchar algo…

La estática sonó de nuevo.

–El sensor ya no da fallo, pero necesito que salgáis cuanto antes de ahí, me estáis volviendo locas las mediciones.

–Recibido –contestó Jimmy. Dejó el walkie en el suelo y comenzó a montar de nuevo la tapa.

Desde la sala de control tanto Mason como el coronel Sanders observaban a los tres hombres desde distintos ángulos. Las pantallas se iluminaban y luces e indicadores parpadeaban sin cesar.

–Como estén mucho más tiempo ahí nos va a tocar hacer un recalibrado de todos los sistemas.

Una nueva alarma comenzó a sonar en la sala y tanto el Mason como el coronel saltaron de sus asientos.

–Sensor de temperatura activado en sala Tango y sala Hotel.

–No puede ser una casualidad, saque al operativo de Juliette ahora mismo.

El técnico cogió el walkie.

–Adelante Jimmy, ¿me recibes?

La estática sonó al soltar el pulsador, pero no hubo respuesta. A través de las cámaras los podían ver terminando de montar el sensor.

–Jimmy, aquí Mason, ¿me recibes? –volvió a insistir el científico. De nuevo, no hubo respuesta.

Varias luces comenzaron a parpadear en el tablero principal.

–Oh dios mío… –exclamó Mason.

–¿Qué ocurre? –preguntó el coronel–. ¿Que son todos esos indicadores?

–Las ondas Beta y Theta del paciente… se han disparado –dijo Mason sin saber cómo reaccionar.

–Imposible, eso no debería de ocurrir hasta dentro de unos meses –contestó Sanders.

El coronel se dirigió a un panel de control aparte e introdujo una llave de seguridad. Una tapa metálica se desplazó dejando a la vista un botón rojo. Lo pulsó y una alarma resonó por toda la base, iluminando distintos dispositivos de aviso rojo por todas las instalaciones. Activó el micrófono que había al lado.

–Al habla el coronel Sanders. Protocolo de emergencia 3-8-7. No es un simulacro, repito, no es un simulacro. Sala Juliette expuesta.

El técnico que estaba en la sala reparando el sensor levantó la cabeza al escuchar la alarma y palideció al escuchar el mensaje.

–¿Esos somos nosotros? –preguntó uno de los soldados–. ¿Qué cojones pasa Jimmy?

–Que estamos jodidos… –contestó el técnico clavando la mirada a la cámara de vigilancia que tenía delante.

Desde la sala de control Mason seguía intentando contactar mediante el walkie con el técnico, de manera ineficaz.

–Señor, debemos sacar a Jimmy y los chicos de allí –dijo girándose hacia el coronel.

–Negativo. El protocolo es muy específico y no podemos arriesgarnos a cualquier tipo de infección. No sabemos qué puede pasar.

–Pero señor… –reclamó el científico, aún sabiendo que sus ruegos eran en balde–. Son nuestros hombres.

–Ahora ya no, ahora son de ellos.

En la sala Juliette ambos soldados se miraban sin saber que hacer.

–¿Que va a pasar? –preguntó uno de ellos.

–Protocolo de emergencia 3-8-7, esterilización total del área afectada –dijo Jimmy con la mirada fija en el cajón acristalado del centro de la sala.

–¿Y eso significa…? –volvió a preguntar el mismo soldado.

Su compañero le golpeó levemente en las costillas con la culata de su rifle.

–Significa que ya has terminado tu jornada, para siempre.

El técnico comenzó a caminar en dirección al cajón.

–Jimmy, no debemos acercarnos a eso, ya lo sabes.

–¿Y qué más da? Ya estamos muertos, al menos sepamos qué es tan importante como para cobrarse tres vidas.

–Jimmy, de verdad, déjalo.

El técnico llegó hasta la altura del cajón y se asomó a la cúpula de cristal que lo protegía.

En la sala de control varios operarios trabajaban como locos mientras el coronel Sanders observaba los monitores de la sala Juliette.

–¡Señor! –exclamó uno de los científicos–. Salas India, Bravo, Yankee y Foxtrot comprometidas. Ondas cerebrales Beta y Theta disparadas en todas ellas.

Mason iba de aquí para allá, saltando entre panel y panel, pulsando teclas, rectificando parámetros e intentando devolver todo a su sitio. La alarma seguía sonando y retumbaba en todos los lados, hiriendo los oídos.

–¡Tenemos que controlarlo! –gritó Mason– ¡Hay que devolver los parámetros a su origen!

El coronel Sanders negó con la cabeza y sacó su teléfono móvil. Marcó un numero y se lo llevó al oído.

–Soy el coronel Sanders, póngame con el presidente –dijo tras unos segundos de espera–. Código en clave Groom Lake.

Mason dejó de recorrer la sala y se quedó mirando al coronel con ojos suplicantes.

–No lo haga, aun podemos contenerlo –le dijo.

–Ya no hay nada que contener –contestó Sanders.

Jimmy llevaba mirando la cúpula algunos minutos, mientras los soldados lo miraban a él, sin saber como reaccionar.

–¿Jimmy? ¿Estás bien?

El rostro del técnico mostraba perplejidad ante lo que veía a través del cristal. En la caja, cubierto por la cúpula, el cuerpo de un niño de no más de seis años yacía sobre la superficie metálica. Completamente desnudo, a excepción de un vendaje que tapaba sus intimidades, parecía muerto, pues no respiraba.

–Es imposible… –murmuró.

Los soldados no entendieron lo que había dicho.

–¿Que dices Jimmy? –dijo uno de ellos mientras se acercaba lentamente, con el arma apuntando a la cúpula.

Las luces rojas parpadeaban en la sala, y la alarma seguía sonando, estridente, pero Jimmy no era consciente de todo aquello. El rostro de aquel niño era exacto al de su hijo. Sabía que era imposible, pero estaba allí.

Hacía dos años que su hijo falleció en un accidente de coche. Una silleta de seguridad mal colocada y su vida cambió para siempre. Tenía la misma edad que aparentaba en aquella urna.

Una mano se apoyó en su hombro. Jimmy se giró con lágrimas en los ojos para ver a uno de los soldados junto a él.

–¿Estás bien? –le preguntó–. ¿Qué ocurre?

Jimmy volvió la vista hacia la urna, sabiendo que no hacían falta más explicaciones. El soldado levantó la mirada para observar el interior de lo que fuese aquello. Su cara se desencajó al ver su contenido.

–No puede ser…

Un anciano estaba postrado en la urna, al igual que el niño que viera Jimmy, no respiraba y el soldado sabía porque. Aquél hombre hacía años que murió, aunque el tiempo no había pasado en su rostro. Se trataba de su abuelo, alguien que había significado mucho para él. Las lágrimas brotaron de sus ojos.

El segundo soldado no quiso acercarse, atemorizado de ver a sus dos compañeros allí paralizados, sin hablar. Se agachó para recoger el walkie del suelo, donde lo había dejado Jimmy, e intentó comunicarse con la sala de control.

–Al habla el soldado Lewis, ¿me recibe alguien?

El sonido de la estática fue la única respuesta que recibió. Volvió a intentarlo.

–Soldado Lewis al habla, ¿me recibe alguien? Contesten por favor.

Estática de nuevo.

–Joder, joder, joder –exclamo enganchándose el walkie al cinturón – Jimmy, Louis, tenemos que salir de aquí, vamos.

Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo al ver que no había pulsador para activarla. Solamente se podía abrir desde la sala de control.

–¡Mierda!

Sanders seguía al teléfono.

–Si señor presidente. Ha ocurrido –esperó en silencio mientras le contestaban desde el otro lado de la línea–. No sabemos cómo ha sido pero se han despertado todos ellos. Los 17.

De nuevo, esperó, con cara de resignación mientras le hablaban.

–Sí señor, hay que activar el protocolo de emergencia. Clave Groom Lake. Ha de ser ya, no tenemos el control de la situación. Ha sido un honor, señor –tras unos segundos a la escucha, se apartó el teléfono de la mejilla y colgó.

Mason se derrumbó al escuchar las palabras del sargento. Todo había acabado.

–¿Cuánto tiempo nos queda? –preguntó el científico.

–Diez minutos, como mucho –contestó Sanders.

Los científicos dejaron de ir de lado a lado de la sala, ya no había nada que pudieran hacer.

–Mi obligación es mantener el proyecto a salvo –dijo el coronel a modo de excusa–. No puedo permitir que esas cosas salgan al exterior. Sería el fin de todo.

En la sala Juliette, el soldado Lewis hacía aspavientos frente a una de las cámaras, intentando llamar la atención de la sala de control para que los dejaran salir. Pero no parecía funcionar.

Sus compañeros seguían inmóviles frente a la cúpula aquella. Lo que fuera que hubiese en su interior los tenía absortos. Prefería no averiguar que era. De repente, todo se apagó. La sala quedó a oscuras y en silencio, excepto por el zumbido que emitía la extraña urna y la iluminación que salía de su interior, proyectada hacia el techo.

La tentación fue más fuerte que su sentido común y acabó asomándose al interior de lo que fuese aquello.

Dentro de aquella especie de ataúd, había algo que parecía una cabeza humana, con sus facciones, pero con una especie de herida en uno de los laterales que dejaba ver piezas mecánicas y cables. De la base del cráneo salía un ramal de cables que iban conectados a una especie de caja metálica acoplada a la superficie del ataúd.

De repente los ojos del androide se abrieron y miraron fijamente a Lewis. El soldado se sobresalto al notar lo humanos que parecían.

–No te afectan las visiones que te envío. Interesante anomalía –exclamó la cabeza. Los movimientos de esta eran tan reales que Lewis aun dudaba que no fuese humana.

El soldado tardó unos segundos en reaccionar, pero enseguida levantó su arma y apuntó al androide a través de la cúpula transparente.

–¿Que cojones eres? –preguntó–. ¿Qué le has hecho a mis compañeros?

La cabeza parpadeó y puso cara de comprensión. A través del agujero del cráneo unos destellos iluminaron levemente el interior del ataúd.

–Mi existencia escapa a tu conocimiento. Digamos, para que puedas procesarlo, que soy un androide.

Lewis quitó el seguro a su rifle, sin dejar de apuntar a la extraña cabeza parlante.

–¿Un androide de qué? ¿Quién te ha creado?

Una vibración comenzó a inundar el ambiente. Lewis miró asustado a su alrededor. Sus compañeros seguían congelados mirando la cabeza de la vitrina, o lo que esta proyectase en sus mentes.

En la sala de control reinaba el caos. Las alarmas no dejaban de sonar mientras que los científicos habían desistido en hacer nada por evitarlo. Mas del ochenta por ciento de las salas habían sido comprometidas de una manera u otra. Actualmente todos los sensores de ondas estaban disparados, al igual que los de temperatura. Sanders se había encerrado en su despacho, a la espera de lo inevitable.

Lewis volvió a centrar su atención en el extraño androide mientras la vibración seguía martilleándole el cuerpo entero.

–¡Contesta a mi pregunta!

El androide cerró los ojos e hizo un gesto parecido a un suspiro de resignación.

–Vuestra mente no contiene toda la información que debería, por lo que ciertos datos relevantes escapan a vuestro conocimiento. Por eso estamos aquí. Nos enviaron para erradicar todas esas fábulas que tenéis llamadas religiones.

Lewis no salía de su asombro, no terminaba de entender que estaba sucediendo y la vibración le estaba poniendo nervioso. El dedo le temblaba en el gatillo.

–Nuestra función es mostrar la realidad de vuestra creación. Por eso estamos aquí. No sois libres, vuestro destino está prefijado por nuestro creadores y debéis de conocer la realidad de vuestra existencia.

–¿Y porque estás aquí? ¿Y sin cuerpo?

–Vuestras transmisiones WiFi afectan a nuestra interfaz de camuflaje y algunos hemos sido capturados por vuestros actuales líderes. Nuestra cabeza es el centro de procesado y almacenaje de datos, por eso la mantienen intacta.

Las vibraciones aumentaron de potencia y Lewis se vio obligado a soltar el arma y llevarse las manos a los oídos para calmar la presión.

–¡¿Cuántos sois?! –preguntó a gritos. No terminaba de entender como sus compañeros no se veían afectados por aquellas vibraciones.

–Tenemos activas cientos de miles de unidades repartidas por el planeta. Ahora mismo en este complejo –cerró los ojos unos segundos, como si conectará con el resto de androides–, somos diecisiete unidades.

Lewis cayó al suelo por el dolor. No podía seguir soportándolo y la nariz había empezado a sangrarle. Se desmayó enseguida. Las vibraciones cesaron y una especie de sonrisa apareció en el rostro del androide. Este movió los labios susurrando unas palabras.

En la sala de control una frase comenzó a retumbar, como salida de unos altavoces.

–No podéis escapar a vuestro destino.

Pocos segundos después, un  bombardero sobrevoló la base militar situada en el centro del desierto de Nevada, soltando una ojiva nuclear sobre ella. La versión oficial del incidente fue un fallo de coordenadas en una prueba rutinaria.

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