Relato: Sombras en la tormenta

–Gina, creo que esto no está bien –dijo Reneé con voz temblorosa.

El haz de luz de la linterna barrió la habitación y se posó en ella, cegándola.

–No seas gallina, anda. Si además es de día aún.

En el exterior comenzaba a atardecer, pero las nubes iban comenzando a poblar el cielo, oscureciéndolo más deprisa de lo debido. Además, ellas estaban bastante alejadas del exterior en ese momento.

A las afueras del pueblo, las ruinas de una antigua iglesia se alzaban rodeadas por la frondosa vegetación de la comarca. Durante décadas, tras el derrumbe en la Segunda Guerra Mundial, nadie había entrado en ella, bien por respeto religioso o por temor a las leyendas que se contaban sobre ella, pues se decía que la noche del bombardeo, se celebraba en su interior algún tipo de ritual satánico. Se rumoreó durante años que, cuando los servicios médicos llegaron a la zona, el interior estaba lleno de cadáveres de mujeres, junto con animales de distinto tipo. Además, se encontraron distintas pintadas en los suelos con signos extraños que hicieron creer que se trataba de algún aquelarre de brujas.

Según archivos del ayuntamiento, junto con leyendas urbanas, durante siglos, aquello había sido zona de brujería y satanismo. Eso era uno de los mayores motivos de que recibieran tantas visitas de jóvenes a lo largo del año, aunque la brujería hacía mucho que había desaparecido.

Antes que Gina y Reneé, multitud de jóvenes habían explorado aquella iglesia, al igual que sus alrededores, llamados por el misterio y la emoción de lo desconocido. Pero ellas pensaron que sería divertido hacerlo en la víspera de Halloween. Al menos Gina lo había creído así.

–No deberíamos haber bajado aquí, este sitio se puede venir abajo en cualquier momento.

Estaban en los sótanos de la construcción, lugar que en su origen se destinaba a enterrar a los cristianos más creyentes y a almacenar los tesoros de la iglesia para protegerlos de los bandidos. A ambos lados, las paredes de piedra estaban repletas de huecos tallados para postrar los cuerpos sin vida, por los cuales la luz de la linterna paseaba sin cesar.

–Lleva sesenta años derruido –contestó Gina–. ¿Porqué iba a hundirse precisamente hoy?

Sin hacer mucho más caso de su amiga, continuó avanzando por los pasadizos, guiada por el haz de la linterna. Reneé la siguió a regañadientes. No pensaba volverse sola y a oscuras.

Un crujido sonó sobre sus cabezas, haciendo que Gina enfocará el techo.

–¿Qué ha sido eso? –preguntó Reneé agarrándose al brazo de su amiga.

–No lo sé, quizás el viento. O ratas.

Un escalofrió recorrió a Reneé de arriba a abajo.

–Lo que me faltaba, ratas…

Gina siguió caminando sin prestar mucha atención a su amiga. Sabía que esta era algo cobarde, pero no esperaba que estuviese tan acojonada por estar allí abajo. Ella sin embargo se sentía cómoda. Tenía una sensación extraña que le incitaba a pasear por allí. Una especie de presentimiento.

Al final del túnel, la linterna mostró una escaleras talladas en la roca viva que descendían por esta hasta un nivel inferior. Se dirigió hacia ellas y alumbró el fondo. Reneé observó por encima de su hombro.

–Ni se te ocurra bajar ahí, ya hemos visto bastante –le susurro a Gina al oído.

Esta, como hipnotizada, comenzó a bajar. Reneé decidió que no iba a seguir explorando aquel sitio y se apoyó en la pared, furiosa. Poco después, un sonido atronador invadió los túneles, proveniente del exterior. Al parecer se había desatado una tormenta. Reneé se incorporó y se adentró en el agujero de la pared, a tientas, en busca de su amiga.

El haz de luz que emitía la linterna había desaparecido y Reneé bajaba las escaleras palpando las paredes. Cuando llegó al último escalón, todo seguía a oscuras.

–¿Gina? ¿Dónde estás? –sus palabras retumbaron por los corredores. Estos volvieron a crujir y a quejarse por el paso de los años.

Reneé apoyó la mano en la pared y comenzó a avanzar con cuidado. La oscuridad era total y el sonido de la tormenta le impedía escuchar los pasos de su amiga.

–¿Gina? –volvió a llamar, esta vez susurrando. No hubo respuesta.

Siguió avanzando mientras se golpeaba los dedos dolorosamente con las imperfecciones de la rocosa pared. El aire se había vuelto frio de repente, quizás por la tormenta. Un fuerte olor a humedad inundaba el ambiente, produciéndole alguna que otra arcada.

–Gina, no tiene ninguna gracia, me estás asustando…

El golpe en la mano le hizo soltar un leve grito que retumbó en la oscuridad. Más que por el dolor, había gritado de miedo al no esperarse el golpe. Frente a ella se levantaba otro muro que le cortaba el paso. Parecía tratarse de una esquina del corredor. Giró la cabeza a la izquierda y le pareció distinguir una leve claridad al fondo del corredor. Comenzó a caminar en esa dirección, sin dejar de apoyarse en la pared, para evitar más sustos.

No se lo había imaginado, según avanzaba la claridad iba en aumento y comenzaba a perfilarse las sombras del corredor. Unos pasos después ya podía distinguir la esquina desde donde provenía la iluminación. Guiándose por las sombras, dejó la pared de su derecha y busco la del otro lado, para poder asomarse a la claridad desde la esquina sin ser vista.

Respiró hondo y sacó lentamente la cabeza por la esquina de la pared. La luz provenía de una linterna que había en el suelo, caída.

–¿Gina? ¿Estás aquí? –preguntó Reneé mientras se acercaba a la linterna y la recogía. Con el haz de luz iluminó el pasillo en busca de su amiga. Solo vio más roca y un pasillo que seguía adentrándose en la oscuridad. Continuó caminando hacia delante, algo más tranquila gracias a la reconfortante luz de la linterna.

Se paró de repente. Le había parecido escuchar su nombre entre el sonido de la tormenta que inundaba el ambiente. Se giró con la linterna alumbrando el camino por donde había venido y esperó.

Su respiración estaba tan acelerada que le costaba hasta escuchar con atención. Intentó serenarse, pero la situación la tenía de los nervios. De nuevo escuchó su nombre. Provenía del fondo del pasillo por el que acababa de venir. Deshizo el camino andado, con su atención puesta en el sonido ambiente, esperando volver a oír su nombre.

–¿Gina, eres tú? –dijo en voz alta. Las paredes se quejaron de su voz, crujiendo alrededor de ella. Otra vez escuchó su nombre, ahora más alto. Era la voz de Gina sin duda.

Acobardada como no lo había estado nunca, echó a correr por el pasillo con la linterna en la mano. La luz saltaba de lado a lado del túnel y formando sombras extrañas en la pared. Llegó a los pies de la escalera y se detuvo. Alumbró hacía arriba, a el comienzo de la misma y allí estaba Gina. Suspiró aliviada de ver a su amiga.

–¡Gina, por dios! –dijo mientras comenzaba a subir las escaleras–. ¡No vuelvas a hacerme esto en tu vida!

–¿De qué estás hablando? –dijo esta–. Eres tú la que ha desaparecido de repente.

Reneé llegó junto a su amiga sin aliento.

–¿De qué coño hablas? –Reneé señaló a las escaleras–. Has bajado ahí dejándome sola y cuando he ido a buscarte ya no estabas.

Gina frunció el ceño, enfadada.

–Pero si eres tú la que se ha perdido… He bajado y me tropecé, rompiendo la linterna. He vuelto a tientas y ya no estabas. Llevo casi una hora buscándote.

–¿¡Pero qué dices!? Si no he tardado ni diez minutos en salir de ahí abajo. Además, la linterna funciona perfectamente, estaba tirada en el suelo.

Reneé levantó el brazo mostrándole la linterna a Gina. Esta tenía el cristal roto, al igual que la bombilla, y le faltaba parte de la carcasa superior, que se veía partida.

–Pero… –murmuró Reneé. Comenzó a agitarla pulsando el botón, pero no se encendía–. Si he venido con ella encendida ahora mismo…

–No importa –dijo Gina–. Vámonos antes de que empiece a llover otra vez.

Las amigas se cogieron de la mano y comenzaron a caminar por el pasillo. Estaban en la primera planta del sótano y la poca luz que entraba por las grietas del suelo y los boquetes del derrumbe les bastaba para encontrar la salida.

Un poco antes de llegar a las escaleras, Gina se agachó y recogió un gran libro que había apoyado en la pared.

–¿Y eso?  –preguntó Reneé.

Gina se lo mostró triunfante.

–Es con lo que me tropecé allí abajo. En enorme ¿verdad?

Si que era grande. Recordaba a uno de esos libros antiguos que salen en las películas, con las tapas duras cubiertas de moho y las páginas amarillentas por los años.

–¿Qué pone?

Gina se encogió de hombros mientras se ponía el libro bajo el brazo.

–No lo sé, la linterna se rompió antes de poder abrirlo. Ahora cuando salgamos al exterior lo miraremos.

Subieron las escaleras y llegaron a la planta principal de la iglesia. Se acercaron hasta los restos del altar y Gina dejó el libro sobre ellos.

Reneé miró hacia arriba y vio las nubes de tormenta que poblaban el cielo. El derrumbe del techo con el bombardeo había dejado el interior de la iglesia a la intemperie. Se acercó al altar para observar el hallazgo de su amiga.

–Vamos allá –dijo Gina mientras abría el libro por una página al azar.

Reneé miró por encima del hombro de su amiga para ver una página amarillenta vacía.

–¿No hay nada? –preguntó.

Gina se había quedado paralizada unos segundos. Se hubiese esperado ver cualquier cosa menos hojas en blanco. Comenzó a pasar las páginas en busca de algo escrito, pero estaban todas igual de vacías. Furiosa cerró el libro con rabia.

Un trueno retumbó sobre sus cabezas y las hizo saltar de la impresión.

–¡Joder, que susto! –dijo Reneé. Se puso frente su amiga, en el otro lado del altar derruido–. Déjame verlo, algo tiene que haber.

Reneé acercó las manos al libro y cuando lo tocó un relámpago iluminó el cielo, asustándolas de nuevo.

Abrió el libro con cuidado y comenzó a revisar las hojas, según iba avanzado pareció que cada página pesase más que la anterior. Un trueno retumbó sobre sus cabezas y unos cascotes cayeron de una de las paredes. Se giraron hacia ella, asustadas, por si la pared se fuese a venir abajo.

Tras unos segundos preocupantes volvieron la vista al libro y ambas gritaron de emoción.

–¡Te lo dije! –exclamo Reneé.

En las dos páginas abiertas encontraron unos dibujos acompañados de un texto en latín, con una rúbrica en su final. La imagen mostraba una superficie con un recipiente en ella, una especie de vasija rectangular. A ambos lados se habían dibujado varios cuerpos de mujeres con las manos alrededor del recipiente y unos trazos salían de lo que parecían sus bocas en dirección a él.

–¿Qué pone? –preguntó Gina, más interesada en el texto que en el dibujo medio emborronado.

Reneé comenzó a acariciar la hoja, siguiendo las líneas, como si leyese para ella.

–Es una especie de latín, no es el vulgar que dábamos en la facultad, creo que será el medieval que evolucionó de él.

Gina se desesperaba. La tormenta estaba desatada y no tardarían en calarse hasta los huesos como empezara a llover.

Cui libera animam meam accipere locum et in vínculis meis, et ego corporis ad tua vitae –murmuró Reneé–. Quien libere mi alma, que toma mi lugar en esta prisión, para que yo tome su cuerpo.

Un relámpago iluminó el altar, y de las hojas del libro comenzó a brotar una espesa niebla negra.

–¡Pero qué cojones…! –exclamó Gina apartándose de un salto del altar.

Reneé se encontraba inmóvil desde que había leído el libro, y la niebla comenzó a trepar por sus brazos. No reaccionaba ante ella, es como si se hubiera congelado en vida. Gina rodeó el altar y empujó a Reneé apartándole del mismo. Un trueno retumbó en sus oídos, como quejándose por lo que acababa de hacer.

Tropezó con uno de los cascotes del derrumbe y cayó al suelo, lastimándose un tobillo. Entonces empezó a llover de manera violenta, empapándole en segundos y haciéndola resbalar al intentar incorporarse. Asustada giró la cabeza hacia el altar y vio como la niebla crecía y empezaba a adoptar forma humana.

–¡Reneé! –gritó presa del pánico–. ¡Ayúdame, por favor!

Su amiga seguía inmóvil a pocos pasos de ella, en la misma posición que tenía cuando leía el libro.

–¡Reneé! –volvió a gritar, pero esta vez otro trueno ensordeció su voz.

Intentó incorporarse de nuevo, pero el tobillo dañado le falló y la hizo perder el equilibrio. Cayó de rodillas y cuando levantó la mirada hacia su amiga un relámpago iluminó la estancia, parando el tiempo ante sus ojos.

Varias figuras oscuras se agrupaban alrededor de Reneé, creando un circulo. Eran sombras sin rostro, como si estuviesen hechas de oscuridad, o de la niebla que había salido del libro. Durante esas décimas de segundo que duró la luz del relámpago, Gina vio como ese círculo se estrechaba y aprisionaba a su amiga, hasta que dejó de verla y solo quedó oscuridad.

Una única figura se alzaba ahora donde antes estaba su amiga. Se trataba de una mujer joven, pelirroja, con unos llamativos ojos verdes. Vestía una larga túnica de color negro que le llegaba hasta los pies. Una sonrisa que a Gina le heló la sangre apareció en su rostro.

–Libre de nuevo –exclamó con una voz suave y aterciopelada.

Un nuevo trueno estalló sobre ellas, acompañado de otro relámpago. La misteriosa figura había desaparecido, y con ella, el libro del altar.

–¡Reneé! –comenzó a decir Gina mientras sollozaba–. Reneé ¿dónde estás?

Cuando logró incorporarse y apoyarse en el altar para calmar el dolor de su tobillo, un fuerte crujido sonó tras ella. Asustada se giró en el momento justo de ver como uno de los restos de pared de la iglesia que aun se mantenía en pie, se desplomaba sobre ella.

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2 comentarios sobre “Relato: Sombras en la tormenta

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  1. ¡Ha estado muy bien! El lugar está muy bien descrito y me ha gustado la escena final con Reneé “congelada”. Aunque me he quedado con las ganas de saber que le pasaba a la linterna.
    Creo que podrías hacer otra visita a esa iglesia aún más ruinosa con más muchachas. 😀

    Le gusta a 1 persona

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