NaNoWriMo 2016: Leyes de maletin – Parte 02

—¿Eloy Guzmán? —preguntó una voz áspera.

Guzmán se giró hacia la puerta y se encontró de frente con un hombre de aproximadamente metro noventa de altura, poco más de 30 años y de una gran corpulencia, vestido con un traje negro.

Bajo la ajustada chaqueta, Guzmán podía adivinar el bulto que dibujaba una pistolera. El porte del desconocido era serio y, por las facciones de su rostro, parecía provenir de algún país de Europa del Este, lo que quedó confirmado por su acento.

—Si no le importa, señor Guzmán, mi jefe estaría muy interesado en mantener una conversación privada con usted—dijo educadamente mientras señalaba la puerta abierta del vehículo aparcado en la calle.

Guzmán retrocedió un paso mientras observaba el oscuro interior del coche, intentando adivinar si había alguien en su interior.

—Pues, lamentándolo mucho, voy a tener que declinar su oferta—contestó este—. Dígale a su jefe que llame a mi oficina y concierte una cita.

El desconocido desabrochó la chaqueta de su traje y entró por completo en la cafetería. Guzmán comprobó que de cerca era mucho más imponente y que, posiblemente, estuviese cerca de los dos metros de altura. Instintivamente agarró con fuerza la empuñadura de su bastón, por si fuese necesario defenderse. Aunque contra una mole así, poco iba a poder hacer.

—Aunque no lo crea, entiendo perfectamente su postura, detective. Pero tengo ordenes concisas de llevarle ante la presencia de mi jefe. Y, sinceramente, preferiría que fuese de manera voluntaria.

Guzmán sopesó por unos instantes la situación. En un combate cuerpo a cuerpo, quizás, por velocidad, pudiera vencerlo. Pero estaba el intenso dolor de rodilla y la cuestión del posible compañero en el vehículo esperando. En caso de que no le dejara sacar el arma, los daños en el local iban a ser considerables y no quería hacerle pasar ese mal momento a Rosa.

—Está bien. Accederé a ver a su jefe. Pero quiero saber quién es y porque quiere reunirse conmigo antes de subir al coche.

El supuesto guardaespaldas negó con la cabeza.

—Lo lamento mucho, pero no puede revelarle esa información. Solo puedo decirle que tras la reunión le llevaremos donde usted pida.

Tranquilamente, Guzmán se dirigió hacia el exterior de la cafetería acompañado del guardaespaldas.

—Eloy… —le llamó Rosa desde la barra.

Este se giró hacia ella.

—No te preocupes. Esta todo controlado. Es solo una reunión. Nos vemos esta tarde.

Cerró la puerta tras de sí y se dirigió al coche cojeando, apoyado en su bastón. Era un arma poderosa si sabía usarse, pero echaba de menos llevar pistola como cuando seguía en activo. En estas situaciones siempre venía bien.

Guzmán se apoyó en la puerta abierta del coche y se asomó al oscuro interior. Cuál fue su sorpresa al ver que no había nadie en la parte trasera.

—Creía que su jefe quería mantener una charla conmigo —dijo encarándose con el guardaespaldas que le seguía—. Aquí no hay nadie.

Este asintió.

—Así es. Mi jefe, por motivos personales no se encuentra en disposición de viajar, aun así, la reunión se efectuará en breve. Por favor, no le hagamos esperar.

Guzmán asintió y accedió al interior del vehículo, intentando hacerse el menor daño posible en su lastimada rodilla. Una vez hubo tomado asiento, la puerta se cerró y oyó al guardaespaldas de fuera hablar por teléfono. Pocos segundos después otro portazo y el coche comenzó a moverse.

A Guzmán le sorprendió el interior del vehículo. Pese a tratarse de un todo terreno de gama media, el interior era lujoso sin llegar a ostentar demasiado. Y había sido modificado para ampliar el interior.

La zona de maletero había sido eliminada y los asientos habían sido desplazados hacia atrás, haciendo el espacio más amplio y permitiendo colocar dos asientos mas enfrente, mirando hacia los de atrás donde él se encontraba. Ambas filas de asientos eran de cuero blanco, muy bien cuidados y bastante cómodos. Habían sido instalados unos reposabrazos, también en cuero blanco, a ambos lados de los asientos, permitiendo sentarse cómodamente, como si se tratase de un sillón.

La parte donde él iba se encontraba separada de la parte delantera por una mampara ahumada, claramente insonorizada, ya que el conductor y el guardaespaldas que le había “invitado” a aquella reunión mantenían una animada conversación de la cual Guzmán no escuchaba nada. Ni siquiera murmullos.

El conductor era mucho más pequeño que su compañero. A pesar de no poder verlo bien, se notaba que era más delgado y bajito, ya que apenas asomaba por el asiento. Guzmán no pudo saber si también era de Europa del Este, porque a través del espejo solo le veía parte de la cara. Unos ojos claros, posiblemente azules pero que la mampara distorsionaba con su tintado. Se fijó en una pequeña cicatriz entre ambos ojos, vertical, desde la altura de las cejas hasta media nariz. Parecía reciente, pero no podía asegurarlo.

Sonó un leve pitido seguido de un zumbido y una pantalla instalada en el techo del habitáculo trasero comenzó a desplegarse. Cuando alcanzó su posición vertical se detuvo y se iluminó en azul durante unos instantes. Luego, un rostro apareció en ella.

Se encontraba oscurecido por la falta de luz, claramente intencionada, por lo que resultaba imposible poder apreciar algún rasgo característico o reconocible.

—Me alegro ver que ha aceptado mi invitación, Eloy—exclamó la voz a través de los altavoces del vehículo.

Por el sonido de esa voz, Guzmán dedujo que se trataba de un hombre español, o al menos sin ningún tipo de acento, y anciano, bastante anciano.

—Creo que no me quedaban muchas más opciones, dada la insistencia de su mensajero. Y si no le importa, prefiero que me trate de usted.

Algo parecido a una sonrisa se perfiló entre las sombras de la pantalla.

—Personalmente creo que no son necesarios tantos formalismos pero, si así lo desea, así lo haremos, Guzmán.

—Me gustaría saber a qué se debe esta situación y porque ha tenido a sus lacayos siguiéndome estos tres días.

La voz del otro lado le contesto tras aclararse la garganta carraspeando.

—Perdone, pero ando bastante pachucho últimamente. Mi estado de salud es bastante débil últimamente por lo que no puedo abandonar mi domicilio ni mis tratamientos. Por eso mismo la reunión se está efectuando de esta manera. Y en cuanto a “mis lacayos” como usted los llama, son de total confianza, y no llevan tres días siguiéndole, sino toda la semana.

Guzmán se sorprendió ante el comentario. Si era cierto que llevaban toda la semana observándole, tendrían mucha información sobre él y, lo que era peor, estaba perdiendo facultades, pues no los había visto antes.

—No se preocupe —dijo el desconocido—. No estábamos recopilando datos sobre usted. Solamente buscábamos saber si se trataba de un hombre de confianza.

—¿Y bien? Supongo que si esta reunión se celebra es porque le parezco lo bastante legal.

El misterioso interlocutor soltó una leve carcajada.

—En realidad sus anteriores problemas, el accidente de su esposa, sus devenires con esa médico forense del trabajo. Su posterior detención y esa acusación de secuestro…

—Aquella acusación era infundada —interrumpió Guzmán reclinándose sobre el asiento—. Me tendieron una trampa para cargarme los crímenes. Todo quedó claro cuando se cogió a Riera.

—Lo sé. No se preocupe, tengo clara su inocencia. Estoy al tanto de todo lo que pasó, al igual que sus posteriores casos. Soy una persona muy metódica, algunos me llaman maniático, pero me gusta saber con quién trabajo. O con quien quiero trabajar.

Guzmán cambió la postura en el asiento. Ya empezaba a sentirse incómodo de tanta charla y, hacía ya un rato, que el paisaje que veía por la ventana no le sonaba.

—Lo siento mucho, pero si no vamos al grano de la cuestión en breve, vamos a tener que posponer la charla. Soy un hombre muy ocupado y tengo trabajo pendiente en mi oficina.

—No se preocupe —dijo el desconocido—. Le he hecho venir porque necesito un hombre de confianza para destapar ciertos “asuntos” que se están llevando a cabo en la provincia de manera poco lícita.

—Verá —le interrumpió Guzmán—. Yo no me dedico a destapar “asuntos” como usted dice. Yo asesoro al cuerpo de policía y hago cuatro investigaciones por ahí.

— Lo sé Eloy. Infidelidades, personas desaparecidas. ¿Niños robados era lo último que andaba investigando?

—Veo que está al tanto.

—Ya le he dicho que me gusta saber con quién trabajo. Respeto sus investigaciones, pero le hablo de algo serio. Corrupción de altos cargos, desfalco, expropiaciones ilegales, desapariciones y asesinatos.

Guzmán se tensó en su asiento. Eso eran casos de verdad, no lo que él hacía. Ciertamente estaba cansado de ir detrás de maridos puteros y tener que investigar la infancia de un cuarentón aburrido que piensa que sus padres lo compraron al nacer.

—Y si es algo tan importante, ¿porqué no acude a la policía?

El hombre de la pantalla negó con la cabeza.

—No me estas escuchando Eloy. Hay gente muy influyente involucrada. Harán lo que haga falta por mantener todo esto tapado. Y cuando digo lo que haga falta, me refiero a cualquier cosa. Soy viejo y estoy enfermo, pero quiero morir por causas naturales.

—¿Y por qué hace todo esto? ¿Se ha arrepentido de lo que haya hecho con esa gente? ¿O es que no quiere morir sintiéndose culpable?

La luz se hizo en la pantalla, la habitación de su interlocutor se había iluminado. Lo que Guzmán vio a través de la tele lo dejó sin palabras.

Un rostro completamente abrasado, con la piel deshecha por las quemaduras se encontraba al otro lado y lo miraba fijamente.

—Ya han atentado contra mi vida. Me opuse a uno de esos “chanchullos” que querían llevar a cabo. Se iba a atentar contra ciertos alcaldes de la zona y no me pareció correcto. Nunca habíamos hecho daño físico a nadie, pero esta vez querían llegar más allá.

—¿Quiénes querían? ¿Y contra quien iban a atentar?

—Contra quien atentaron, mejor dicho. Yo me opuse e intentaron eliminarme. Mi coche ardió por un supuesto fallo eléctrico. Pero el objetivo principal no corrió la misma suerte. Lo eliminaron mientras yo estaba en la UCI sin poder avisarle.

—Por lo que dice, deduzco que lo conocía.

—Así es. El caso es que se ha llegado demasiado lejos y hay que pararlo. Yo soy igual de culpable que ellos y asumiré el castigo correspondiente. Pero no pueden quedar impunes.

Guzmán comenzó a pellizcarse el labio inferior, lo que dejaba claro que estaba pensando detenidamente en la situación.

—¿Qué le hace pensar que yo soy el indicado para llevar a cabo este trabajo?

La luz al otro lado de la pantalla volvió a apagarse, dejando de nuevo únicamente la sombra del interlocutor.

—Eres una persona con sentido de la justicia. He averiguado que no eres sobornable y que crees en la ley imparcial por encima de todo. Creo que eres capaz de llevar a toda este gente frente a un juez.

—Necesitaría mas información para estudiar el caso y saber si lo voy a aceptar o no. Además debemos de hablar de mis honorarios.

—Eso está todo previsto. Cuando mis hombres le dejen en su oficina, o donde vaya a bajarse, le darán un maletín con toda la documentación que he podido reunir. Dentro tendrá también un sobre con sus honorarios. He calculado una cantidad aproximada, pero si lo ve insuficiente, se puede recalcular. Eso no supone un problema.

Guzmán asintió. No sabía a qué atenerse ante un hombre así. Si su historia era cierta, parecía que había una gran trama de corrupción en la zona. Lo bastante grande como para matar a alguien e intentar matar a uno de los componentes de dicha trama.

—Por lo que a mí respecta —dijo la voz a través de los altavoces—, esta reunión ha concluido. Como ya le he dicho, en el maletín encontrará todo lo que necesita para empezar. Ha sido un placer.

—Lo mismo digo—contestó Guzmán pero la pantalla se apagó antes de darle tiempo a terminar la frase. El zumbido volvió a sonar mientras el monitor se replegaba y volvía a su sitio inicial.

Durante unos minutos permaneció en su asiento, mirando a través de las ventanas el paisaje de gente, locales comerciales y edificios del centro de Benidorm, pero sin prestar atención a ellos. Su cabeza se encontraba ocupada, trabajando frenéticamente en asimilar toda la información que acababa de recibir. Cuando se dio cuenta que no había preguntado el nombre a su supuesto cliente, maldijo en voz baja.

Se incorporó sobre el asiento y, con el mango del bastón, golpeó suavemente la mampara ahumada. Esta se bajó casi inmediatamente.

—Llévenme a mi oficina, por favor.

—Enseguida señor.

La mampara volvió a cerrarse y Guzmán se concentró de nuevo en sus pensamientos mientras observaba el paisaje pasar a través de la ventana.

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