Reto 04 de LiterUp: Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.

En el autobús éramos cerca de cincuenta personas, contando el conductor. Se trataba del típico recorrido de línea nacional, que nos había cogido en Algeciras y nos llevaba hasta Barcelona. Era un camino largo y pesado, sobre todo viajando de pasajero en un autobús.

Por suerte, estoy acostumbrada a estos viajes y, quizá, esa costumbre fue la que me indicó que algo no iba bien. Uno de los pasajeros, un adolescente de raza árabe, de no más de dieciocho años, llevaba desde Valencia muy nervioso. Estaba sentado en la butaca situada delante mía y como no paraba quieto, empezaba a ponerme nerviosa a mí también.

La primera hora la puede aguantar pero cuando quedaba poco para llegar hasta la estación de Barcelona, se hizo insoportable. Entre los movimientos en el asiento, el tic nervioso que había desarrollado golpeando con un anillo, que llevaba puesto, el reposabrazos de su asiento y el inagotable pitido del móvil al enviar o recibir mensajes, empezaba a sacarme de quicio. No entiendo como la gente puede aguantar ese sonido.

Saqué mi teléfono y me puse a escuchar algo de música con los auriculares, intentando no prestar atención al joven. Lo que sí que me di cuenta, es que no era la única que se había percatado del comportamiento extraño del pasajero.

Estábamos llegando a la última estación, y el autobús iba a entrar en la dársena para apearnos cuando el joven se levantó de su asiento apresurado, y se dirigió a la parte delantera donde se puso a hablar con el conductor. Me asomé al pasillo del vehículo, preocupada, y lo que vi me heló la sangre.

El joven, que había estado sentado delante mía apuntaba con una pistola al conductor del autobús. Tenía puesta una camiseta con un logo árabe que había ocultado con la camisa, la cual ahora llevaba abierta. En la otra mano pude ver un aparato, que no logré distinguir.

El chaval empezó a gritar en su idioma y yo, tengo que reconocerlo, me oriné encima. Sabía que suponía aquello. Se trataba de un atentado, sin duda, En plena estación, rodeados de gente y vehículos y en el mismo centro de Barcelona, el daño iba a ser catastrófico. Mientras comenzaba a llorar logré enviar un mensaje a Alfredo.

«Hay un moro con una pistola en el bus. Te quiero»

—¡Alá es grande! ¡Alá es el único dios y Mahoma su profeta! -gritaba en castellano mientras yo escribía.

La histeria se había desatado en el autobús y, por lo que veía a través de las ventanas, en el exterior también. Unas sirenas empezaron a oírse a lo lejos, difíciles de distinguir entre los gritos del terrorista y los llantos de los que estábamos en el vehículo.

—¡Al-lahu-àkbar! —comenzó a gritar de nuevo, repitiendo la misma frase una y otra vez.

Pero por un momento me pareció que empezaba a tartamudear. Los gritos empezaban a bajar de potencia y, con los ojos anegados en lágrimas, decidí asomarme de nuevo al pasillo. Justo en ese momento un golpe metálico hizo que el silencio en el autobús fuera palpable.

Lo que pasó a continuación fue como si lo hubiese visto a cámara lenta, imagino que por la tensión. Recuerdo que la pistola cayó al suelo y el terrorista se llevó las manos al pecho. Boqueaba, como si se ahogase. Entonces se le cayó el otro aparato que tenía en la mano y un grito de pánico recorrió el autobús. El joven cayó de rodillas mientras se aferraba el pecho con las manos y le cambiaba el rostro. Le vi decir algo antes de desplomarse, pero no lo escuché.

Durante unos momentos que parecieron una eternidad, nadie se movió ni dijo nada. Yo creo que dejé hasta de respirar. Cuando vimos que el terrorista no se levantaba, el caos nos empujó fuera del vehículo. El resto ya es borroso hasta que llegó mi marido a la ambulancia donde me estaban atendiendo.

Una de las maletas que había en el autobús llevaba más de 50 kilos de explosivo listo para accionarse por control remoto, según indicaron las autoridades poco después. Por suerte, el terrorista sufrió un infarto al corazón antes de hacerlo estallar.

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