Cap. 02: El poder del nigromante

Una inmensa llanura verde surcada por miles de pequeños riachuelos y afluentes. Enormes montañas grises con los picos cubiertos de radiante nieve. Preciosos bosques poblados por miles de especies distintas, tanto animales como vegetales. Un reino especial. Así era Elfhouse, el reino en el que gobernaban los elfos, conocedores de todas las cosas. Elfos sabios, que desde el principio de los días habían sido poderosos y conocedores del futuro y del pasado.

Cuenta la leyenda que el primer ser inteligente que habitó la tierra, un elfo llamado Tidimus, había derrotado él solo hordas de “no muertos” y que creó la raza élfica. Pero tras muchos eones de lucha fue renegando y volviéndose malvado. A partir de ahí, nació una nueva raza de seres: los Elfos Oscuros, quienes poseen la misma sabiduría e inteligencia que los elfos.

Tras siglos aterrorizando los reinos del planeta, desaparecieron súbitamente. Nadie sabe qué pasó, ni dónde se escondieron pero, desde entonces, circula un rumor que dice que crearon un nuevo reino poseído por la maldad y la oscuridad y en el cual nadie podía entrar, ni salir, sólo ellos.

Kobeer se encontraba encaramado en un árbol, recogiendo hojas.

Era un joven elfo, de algo más de 20 de los años humanos, rubio, con una larga melena que le llegaba hasta la cintura, unos ojos verdes muy profundos, y unas cejas muy estrechas y finas. Era más bien alto, delgado pero fuerte, y atlético. No le gustaba estarse quieto, cuando no estaba encaramado a un árbol, estaba haciendo carreras con los ciervos.

Era el mejor de su aldea en el manejo de la espada, pero el arco le era incompatible, sobretodo por falta de puntería.

Kobeer bajó del árbol con un gran puñado de hojas de distintos tamaños y colores y los metió en un gran saco de esparto, lleno hasta la mitad. Estaba sudando, así que dejó el saco y se fue al río que estaba a unos doscientos metros. Cuando llegó a él, se zambulló de cabeza y se dejó llevar por la corriente, río abajo.

Llegaba de sobra al suelo del río, valor que aprovechaba al llegar a la cascada para impulsarse y saltar por ella.

Un sonido ensordecedor comenzó a llenar los oídos de Kobeer. La gran cascada Faders se acercaba a media velocidad. Faders era una cascada de aproximadamente unos cincuenta metros de altura y su agua caía a una velocidad vertiginosa.

Kobeer veía acercarse el borde de la cascada. Tensó todos sus músculos y cerró los ojos. Por su mente notaba la proximidad con el borde, y cuando estuvo a medio metro de él, puso los pies en el suelo y se impulsó con ellos.

Su cuerpo  se elevó por encima del agua y, de manera grácil, estiró el cuerpo y extendió los brazos mientras su cuerpo se alejaba de la cascada y empezaba a caer en picado. En cuestión de segundos, su cuerpo se sumergió en el agua de forma elegante y apenas sin salpicar. Cuando su cabeza salió a la superficie, Kobeer comenzó a gritar de júbilo y emoción.

De pronto, notó una sensación extraña en el cogote. Se giró y algo se movió en un arbusto. Salió del agua y se dirigió cautelosamente hacia el arbusto, pero allí no había nada.

Kobeer volvió tranquilamente a su aldea.

La aldea se encontraba dentro de una gran burbuja transparente la cual, gracias a un hechizo, era imposible verla o entrar en ella si no se iba en compañía de un elfo. Dentro de la burbuja había una gran laguna en la que reposaban nenúfares gigantes que sostenían en su capullo unas grandes esferas doradas a modo de viviendas. Habría más de cincuenta esferas, y todas estaban sólidamente unidas entre sí por fuertes puentes creados a partir de troncos de secuoya.

Toda la laguna estaba regada por una luz blanquecina, que le daba al ambiente un toque mágico.

Kobeer llevaba un par de horas acostado cuando una enorme explosión acompañada de cientos de gritos y el entrechocar de espadas le hicieron despertarse. Cogió su espada y salió de su esfera. Afuera, reinaba el caos absoluto. Un ejército inmenso de “no muertos” había entrado en la burbuja e intentaba destruir la aldea.

Kobeer pudo observar cientos, quizá miles, de seres cadavéricos, esqueletos con trozos de carne colgando de sus huesos, hombres y mujeres decapitados, cuerpos sangrientos cubiertos íntegramente de gusanos y demás bichos, seres sin brazos, sin piernas, cuerpos despellejados. Todos estos seres esgrimían espadas, lanzas o arcos y luchaban y destruían lo que encontraban en su camino.

Un esqueleto se abalanzó contra Kobeer, el cual lo esquivó y le asestó un espadazo que hizo que se desarmase y cayera al suelo hecho un montón de huesos. Pero a los cinco segundos, los huesos empezaron a moverse y, al cabo de un instante, el esqueleto estaba reconstruido.

Kobeer vio una flecha pasar por entre las costillas del recién creado esqueleto, rozando su propio brazo y sentir como se clavaba en algo a pocos metros de su espalda. Se giró y vio un ser despellejado con una gran hacha levantada sobre su cabeza preparando un golpe mortal y con una flecha que le traspasaba la cabeza, entrando por el entrecejo y saliendo por el cerebelo. El zombi cayó de espaldas debido al peso del hacha y quedó desplomado en el suelo, completamente inerte.

Kobeer enfundó su espada y arrancó el hacha de manos del cadáver. Se puso a buscar por dónde entraban los “no muertos” y tras un rato, encontró un lugar en la circunferencia de la esfera en la que un elfo tenía medio cuerpo dentro y medio fuera, manteniendo así la esfera abierta.

Kobeer cogió su hacha y corrió hacia él abatiendo a todos los enemigos que se interponían en su camino. Según se iban acercando a él, Kobeer notaba una extraña sensación en su interior, una sensación que no podía ser descrita.

A escasos metros de él, descubrió que era más alto y mucho más corpulento que un elfo normal. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para poder asestarle un golpe con su hacha, un haz invisible de energía le golpeó todo el cuerpo y lo desplazó varios metros hacia atrás. Kobeer cayó al suelo y antes de poder levantarse fue rodeado por una multitud de “no muertos” bien armados.

Uno de los esqueletos, que sostenía una guadaña en una de sus huesudas manos, lo cogió por la garganta y lo levantó en el aire mientras murmuraba unos extraños sonidos. Kobeer pudo observar por el rabillo del ojo, como uno de los esqueletos se acercaba con una cimitarra dispuesto a partirlo por la mitad.

Kobeer tragó forzosamente y cerró los ojos.

La presión sobre su cuello desapareció y su cuerpo cayó al suelo. Cuando logró incorporarse y se situó, pudo comprobar que seguía en el mismo sitio donde fue rodeado por los esqueletos antes de desmayarse.

Miró a su alrededor y vio toda su aldea completamente destruida y despoblada. La mitad de los habitantes estaban muertos y el resto habían desaparecido. Kobeer comenzó a recorrer apesadumbrado su aldea, o lo que quedaba de ella. Caminaba entre guerreros elfos abatidos y entre armas de toda clase.

Un resplandor rojo surgió del suelo. Kobeer agachó la cabeza. Del mango de un arma extraña, surgía un fulgor rojo como el de las llamas. Kobeer se agachó y recogió el arma.

Pese a su aspecto tosco, era extremadamente ligera. La cabeza estaba compuesta por un hacha de doble filo modificada, pues uno de sus filos, en vez de ser una hoja afilada estaba compuesto por una gran maza de golpear. Estaba forjada en un hierro plateado y muy resistente. Su mango estaba tallado en madera de sandro, ligera, suave y casi imposible de romper. El arma en sí mediría 1,5 metros y no pesaba más de dos kilos. En su mango pudo leer en alfabeto élfico antiguo, un nombre: Scyndel

Kobeer soltó el hacha instintivamente y retrocedió invadido por el miedo, tropezó con una cimitarra y cayó al suelo.

-“Scyndel”-. No hacía más que repetirse en su mente cada vez más fuerte. Un agudo dolor de cabeza le hizo llevarse las manos a las sienes y comenzó a gritar de dolor.

Escenas de una guerra sangrienta en un lugar desconocido para él, se adueñaron de su mente. Hasta más allá del horizonte se divisaba un gran desierto de arena negra como la noche, cientos, tal vez miles de seres creados a partir de la imaginación poderosa de un mago, luchaban bajo las órdenes de un elfo, o mejor dicho, de un elfo oscuro, contra cientos de humanos armados con cualquier cosa que encontraban.

Aquel elfo oscuro, según cuenta la leyenda, fue el creador de los Altos Elfos, seres nobles y muy sabios. Pero lo desterraron a causa de sus pensamientos oscuros. Vagó por el mundo durante muchos eones, sublevando gente de su misma especie para que se unieran a él. Tras mucho tiempo, reunió un gran ejército que atacó el reino de los Altos Elfos destruyendo hasta el último de la especie.

Este elfo vendió su alma al diablo sólo por conseguir un ejército mayor, pues la gloria le había cegado; y así conquistar todos los reinos. Poco después de conseguir el poderoso ejército proporcionado por las fuerzas oscuras del mal, mató a sus soldados mientras dormían, pues intuía que alguno lo traicionaría.

Al poco tiempo, él y su ejército desaparecieron sin más. No se supo si fue para reaparecer por sorpresa, o era porque el diablo había cobrado su deuda y se lo había llevado al infierno. Un alto elfo, llamado Manlake, que pudo escapar de la sangrienta venganza ocasionada por Scyndel, contó a todos los reinos lo sucedido para prevenirlos.

Kobeer dejó de gritar, el fuerte dolor de cabeza había desaparecido. En escasos segundos había, pasado ante sus ojos una historia que duró más de cien eones.

Kobeer se incorporó. Había oído miles de veces esa leyenda de boca de los elfos más ancianos, pero aunque no lo dijera, creía que no era más que una historia para asustar niños. Pero al ver el nombre grabado en el hacha, Kobeer aceptó que la leyenda era cierta.

Había una parte de la leyenda que estaba grabada en piedra desde tiempo inmemorial y que decía así:

“Solamente un Alto Elfo podrá matarlo, Aquel ser que pueda tocar su nombre Grabado en las armas de su satánico Ejército sin que se le hiele la mano, será el Alto Elfo que le mate. Para Siempre.”

Kobeer corrió hacia donde estaba la piedra. Pero cuando llegó, vio la esfera cristalina destrozada y la piedra élfica destruida en mil pedazos.

Volvió al sitio en donde vio el hacha y muchísimos pensamientos empezaron a poblar su cabeza. No creía en la leyenda de quien podía matar a Scyndel fuera un alto elfo, pero aún así se inclinó para coger el hacha.

Otro pensamiento afloró en su mente y retiró la mano rápidamente. La leyenda decía que solamente un alto elfo podría coger el arma sin sufrir daño alguno. Y él no era precisamente un alto elfo. Pero aún así, pensó, no quedaba vivo ninguno de sus amigos ni familiares, por lo cual le daba lo mismo lo que sucediera.

Kobeer volvió a extender la mano hacia el arma y la fue acercando lentamente. Sus dedos estaban a escasos milímetros de tocar el mango y por fin, lo tomó. Una sensación de calor y frío a la vez, comenzó a invadir su cuerpo y notó como si el hacha se uniera a su mano como un miembro. Tras esto, el arma comenzó a irradiar un fulgor blanquecino y una explosión de luz inundó toda la aldea.

En ese momento Kobeer supo que él era el alto elfo que debía matar a Scyndel, “para siempre”. En cuestión de segundos aprendió a manejar perfectamente el hacha, tras lo cual, cogió una cimitarra y se la enfundó en la cintura, por sí acaso.

Enfurecido y bien armado, salió de su destruida aldea con un único propósito en mente: matar a Scyndel.

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