Cap. 03: Un despacho con vistas

—¿Qué es lo que tenemos aquí? –preguntó el detective Guzmán traspasando el cordón policial.

Mientras abría su pitillera de plata y se llevaba un cigarrillo rubio a la boca, recelosamente, observaba los alrededores donde una decena de agentes de policía se encargaban de mantener a los curiosos alejados de la escena. Guardó su pitillera en el bolsillo interior de su chaqueta mientras sacaba de su pantalón un Zippo negro con un anagrama inscrito con el nombre de su academia de policía, un triste y absurdo recuerdo de graduación. Dentro del cordón policial había seis agentes de la sección de investigación recogiendo muestras para los análisis.

Se encontraban en la playa de la Cala de Finestrat, a las afueras de Benidorm. Era un sitio bastante concurrido en verano, tanto por su playa tranquila, sus restaurantes y un par de pubs de ambiente, pero ahora se encontraban en una época en que todo debería de encontrarse desierto dado que el clima, pese a ser agradable, no invitaba lo más mínimo a tomar un baño en la playa, pero por el contrario, la zona se encontraba llena de espectadores que intentaban sacar algo en claro de lo que pasaba. Algunos de ellos habían llegado incluso en coche, dando a entender que no se encontraban precisamente cerca del lugar. Efectivos de la Policía Nacional y de la Guardia Civil llenaban la playa y alrededores mientras impedían que los periodistas y curiosos pudiesen acceder a ella.

—No está muy claro —contestó la médico forense—. Tenemos el cadáver de una mujer que ha sido atropellado por una de las máquinas limpiadoras de la playa a primera hora de la mañana. El conductor dice que no la vio. Es comprensible, ya que el cuerpo estaba completamente enterrada en la arena. La mujer estaba desnuda al cien por cien, sin ningún tipo de objeto en su poder, enterrada por completo y con signos evidentes de estrangulamiento, pero estos se encuentran bastante maquillados. No hay muestras de forcejeo con su agresor. Además, resulta que Diciembre no es día como para estar tumbado en la arena tomando el sol. Por lo demás, todo está normal.

La doctora forense sonrió mientras se arrodillaba y le señaló al detective las manchas moradas alrededor del cuello.

A pesar de sus cuarenta y tantos años, la forense lucía un cuerpo todavía atractivo a la vista de muchos hombres, incluido Guzmán, el cual había mantenido una relación extramatrimonial con ella, antes de que su esposa sufriera el trágico accidente.

Se habían conocido en la comisaría, en el trabajo, y poco a poco habían comenzado una relación que iba más allá de lo meramente laboral. Solían quedar para comer, si salían temprano iban a tomar algo juntos, hasta que una cosa llevó a la otra. Pocas semanas después de conocerse comenzaron a acostarse juntos, y Guzmán comprobó que esta mujer era mejor que su esposa en muchos aspectos. Poco a poco su relación matrimonial fue empeorando llegando incluso a no verse en varios días. Hasta el momento del accidente.

El detective se arrodilló junto a ella y examinó minuciosamente las marcas de la asfixia.

—No parecen las marcas que suelen producir unas manos —puntualizó Guzmán—. Se ven uniformes y alrededor de todo el cuello. Normalmente las manos no presionan todo el cuello ¿verdad?

—Es cierto —la forense se acercó al vehículo y de este extrajo una bolsita transparente y se la tendió.— Hemos encontrado restos de algodón y tinte de color rojo, pero no sabemos si la estrangularon con su propia ropa o con algún material especial, como algún tipo de cuerda o similar.

—¿No tenemos nada más donde agarrarnos? —pregunto Guzmán mientras volvía a dejar la bolsa de pruebas en la bandeja del coche policial y se quedaba mirando más allá de la playa donde otro grupo de agentes se mantenían en perpetuo movimiento.

—Tenemos una testigo, o al menos eso dice ella. Su declaración está todavía un poco borrosa, no se si me entiendes –comentó ella mientras le guiñaba un ojo.

—¿No ha hablado nadie con ella? Creía que Riera estaba por aquí.

—Y así es, pero dice que ya se encargará el que lleve el caso. Últimamente no se le ve muy capaz.

—¿Y eso? –preguntó Guzmán.

—La verdad es que no tenemos ni idea. En la comisaría tenemos algunas conjeturas pero nada donde picar.

—La testigo que me has dicho, ¿sigue aquí o se la han llevado a comisaría?

Claudia movió la cabeza en dirección a uno de los coches patrulla que habían aparcados alrededor del cordón para ocultar la escena de miradas indiscretas.

—Vale, voy a hacerle unas cuantas preguntas. ¿Te vas ya?

—No, aún no. Estoy esperando a que venga el juez y levante el cadáver para poder llevármelo al depósito. Hasta entonces no podré hacer nada más. Por cierto, ¿Cómo se encuentra tu mujer?

Guzmán se quedó mirándola fijamente durante unos segundos.

—No está bien –comentó y le recitó la conversación que había tenido con el doctor que la atendía—. Es muy difícil que se salve.

—Lo siento, de verdad –exclamó Claudia—. Si necesitas algo, ya sabes donde encontrarme.

—Gracias.

Guzmán volvió a arrodillarse al lado del cadáver y se quedó examinándolo detenidamente. Aparte de las marcas del cuello, no parecía tener ningún otro signo evidente de contusiones, forcejeos o cualquier cosa por el estilo. Iba muy maquillada y parecía que en algún momento había tenido el pelo sujeto, ya que aún tenía algún nudo natural en una de las mechas que le caían a un lado de la cara. La posición del cuerpo no les indicaba nada, pues la máquina la había movido del sitio original, además de haberla destrozado casi por completo.

El brazo derecho había sido completamente arrollado, dejando al descubierto el hueso en la parte donde la máquina le había pasado por encima. El pecho estaba exactamente igual, excepto una zona que, al encontrarse libre de marcas, parecía haber estado cubierta por el brazo herido. Uno de los pechos había sido completamente arrancado, mientras que del otro solo quedaba una parte.

Guzmán recordaba que al haber llegado, al fondo, uno de los agentes se encontraba vomitando. Novatos, es lo que suele pasar cuando les das el trabajo fuerte. Lentamente y sin apartar la vista del cuerpo mutilado, se levantó. No le apetecía seguir mirando aquello, así que se dirigió hacía el coche patrulla donde le habían dicho que esperaba la testigo.

Mientras se acercaba al vehículo, sacó un pañuelo blanco de su bolsillo y comenzó a limpiar los cristales de las gafas. El humo del tabaco hacía que estos se empañasen cada dos por tres, aunque ya lo había cogido como costumbre.

Cuando volvió a colocarse la montura, levantó la cabeza hacia el coche patrulla al que se dirigía, en ese momento la testigo se giró y sus miradas se encontraron. Ella le sonrió. Guzmán recordaba aquella cara, no sabía de qué pero la había visto antes, estaba seguro de ello.

Llegó hasta el coche y abrió la portezuela invitando a la joven a salir.

—Buenos días, soy el detective Guzmán. Me gustaría hacerle unas breves preguntas en referencia a lo que ha sucedido aquí esta noche, si es usted tan amable señorita…

La joven sonrió de nuevo mostrando una dentadura perfectamente aseada y blanca como la nieve.

—Sanchís, Noemí Sanchís.

—Usted y yo ya nos conocemos ¿verdad señorita Sanchís?

—Lo cierto es que si, y es normal que no se acuerde. Fue hace dos años, yo me presentaba a las oposiciones para entrar en el cuerpo de policía, en homicidios, pero me suspendieron el examen psicológico.

A Guzmán le bastaron esos detalles para terminar de recordar.

Estaba terminando Septiembre y se habían presentado oposiciones para una vacante en homicidios, en investigación. Se presentaron varios agentes y Noemí era la única mujer.

Lo cierto es que no destacaba solo por eso en el grupo de aspirantes. Además de haber pasado las pruebas escritas y las físicas se trataba de una divinidad. Era pelirroja, con el pelo como el fuego, tenía unos preciosos ojos marrones y en su mirada se podía encontrar a la vez miedo y descaro. Su rostro, a pesar de los típicos granos de final de la adolescencia, era terso y daba la impresión de ser muy suave. Sus labios eran pálidos, casi se podían confundir con el color de su piel ya que apenas coloreaban y se podían ver unas arrugas que le daban un aspecto morboso. Era bajita referente a la media, Guzmán recordaba que había pasado la estatura mínima por un centímetro. Delgada, estrechita de cintura pero con unos marcados atributos.

Durante la entrevista que Guzmán tuvo con ella, pudo comprobar que era extrovertida y muy amable. No se sentía acomplejada por ser la única mujer que se presentaba a la vacante ni tampoco por ser en centro de todas las miradas, tanto masculinas como femeninas. Soltera, de 20 años, cosa que sorprendió enormemente a Guzmán ya que, o había sido muy rápida estudiando para sacarse las oposiciones, o tenía bien claro lo que quería ser desde bien jovencita. También recordaba porque le habían negado el acceso al puesto. El test psicológico denotó una fuerte aversión hacía el hombre de temprana edad y de buen ver. Vamos, hacia los de su edad más o menos y que estuvieran medianamente bien. Según sus respuestas eran ‘unos seres despreciables que se aprovechaban de cualquier situación para pasarlo bien independientemente de cómo fuese y que deberían de desaparecer de la faz del planeta’. Esto denotaba a grandes rasgos, un fuerte desequilibrio emocional y afectivo que podría resultar negativo a la hora de ejercitar su cargo.”

—Si, la verdad es que si que me acuerdo de usted. ¿Podría decirme si tiene alguna idea sobre lo que esta noche ha pasado en esta playa? –Guzmán sacó un bloc de notas y se preparó para anotar las respuestas.

—Lo cierto es que no se si tendrá algo que ver, pero todo sea por ayudar. Serían las seis de la mañana aproximadamente. Yo había salido a pasear a mi perro porque venía de trabajar.

—¿Podría indicarme si es tan amable donde trabaja, por favor?

—Si claro, trabajo en una lavandería industrial, en La Nucía, esta semana estoy con el turno de noche.

—De acuerdo, prosiga por favor.

—Pues eso, estaba paseando a mi perro cuando de aquel garaje –Noemí señaló hacía un parking cubierto donde se encontraba otro grupo de policías—, escuché como ruido a cristales rotos, luego a dos hombres discutir y un par de minutos después pude escuchar el chillido de unos neumáticos y vi salir un coche.

—¿Pudo ver de qué coche se trataba? ¿Marca, color, matricula, algo?

Noemí negó con la cabeza.

—Lo siento, allí no hay luz por las noches y el coche salió con los faros apagados.

—De acuerdo, ¿vio usted algo más?

—No nada más. Luego vi desde el balcón de mi casa todo este barullo y bajé a ver qué ocurría.

—Está bien. Le ruego que sea tan amable de esperar aquí mientras localizo un agente que la puede llevar a comisaría para que le tomen declaración. Entiendo que le estamos robando horas de sueño, pero es necesario.

—Tranquilo detective, se como funciona todo esto. Si me molestara, directamente no hubiese dicho nada de esto y me hubiera mantenido en silencio.

—Muy bien, espere un momento y la acercarán a comisaría. Muchas gracias por su colaboración.

—A usted, detective.

Guzmán se dirigió hacia uno de los agentes que había por allí alrededor y le dio las órdenes pertinentes. Este se dirigió a la joven la montó en el coche, y salieron dirección a la comisaría.

La verdad, que había sido una suerte encontrar a esa chica. Tenía formación académica para poder redactar una declaración como Dios manda.Además, habían pasado un par de años desde la última vez que la vio y, si la memoria no le fallaba, se había vuelto más bonita todavía.

Lentamente y con la cabeza en sus recuerdos, sacó de nuevo la pitillera y se encendió un cigarrillo. Tras darle un par de caladas, se dirigió hacía el parking cubierto.

—¡Guzmán! Acércate por aquí un momento. Quiero que veas una cosa.

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