Cap. 04: Un despacho con vistas

El hombre que le había llamado era el inspector Riera. Un hombre de más de un metro ochenta de estatura, de aproximadamente unos cuarenta años de edad, con más de cien kilos de puro músculo en su cuerpo. Había sido Boina Verde del Ejército Español, pero una lesión en la espalda y unos informes que le acusaban indirectamente de varias muertes civiles en la guerra del golfo le había obligado a dejar el ejército, viéndose degradado de tal magnitud que ya sólo podía optar a Policía Nacional, para estar todo el día metido en una oficina de la comisaría encargándose del papeleo y algún que otro caso de calle. Llevaba tres años de inspector en la comisaría central de Benidorm y se encargaba de la coordinación del trabajo en equipo con el resto de fuerzas del Estado. Nunca habían tenido ningún percance con ningún otro cuerpo militar o policial perteneciente al gobierno español. A pesar de su consejo de guerra y la consecuente degradación, seguía siendo un gran soldado, mantenía sus contactos y era un enlace perfecto a la hora de solicitar algún tipo de servicio militar.

Guzmán podía recordar claramente el primer año que Riera pasó en la comisaría de Benidorm. Acababa de salir del ejército y en vez de sentirse deprimido, todo en él era rabia. Se odiaba a sí mismo, odiaba a la gente de su alrededor, a sus superiores e incluso odiaba al sistema. Según él, todo era una puta mierda que solo beneficiaba a los que estaban arriba. El caso es que tenía razón, pero así eran las cosas en este país. Empezó a visitar a un psicoanalista, que más tarde me recomendó a mí, y al poco tiempo ya se comportaba como una persona casi normal. Civilizado y dentro de sus cabales. Incluso se llegó a murmurar que mantenía una relación con alguien del cuerpo. Ahora se dice que nada más se jubile el comisario, él será ascendido a ese puesto vacante.

Tras un fuerte apretón de manos, le condujo hacia uno de los parkings situados cerca de la entrada. Ambos policías se detuvieron pocos metros antes del coche y se miraron durante unos segundos. El inspector fue el primero en hablar.

—Me alegro de volver a tenerte en activo entre mis hombres. Hacía tiempo que tenía ganas de trabajar con un buen detective. La verdad es que este tiempo se te ha echado bastante en falta. ¿Cómo está tu esposa? ¿Hay alguna mejoría?

El detective Guzmán negó con la cabeza lentamente.

—Los médicos dicen que es irreversible. Es prácticamente imposible que salga del coma. Además se le ha comenzado a desarrollar un cáncer, y los especialistas me han explicado que no pueden hacer nada por ella. En una semana me han dicho que, en caso de no encontrar en los informes alguna mejoría, la desconectaran. Yo allí ya no hago nada así que volví al despacho y desempolvé la placa.

La cabeza del inspector se giró hacia el interior del parking, evitando la dolorosa mirada del detective.

—La verdad es que lo siento mucho. Era una buena mujer —exclamó apenas en un inaudible susurro. Después recuperó la confianza en sí mismo y volvió a hablar más enérgicamente—. Se que no tengo porque decírtelo, pero espero que esto no afecte de ninguna manera negativa a tu trabajo. Últimamente la cosa se está poniendo bastante cruda. Resulta que somos la tercera ciudad de España con más delitos de media por ciudadano. Los jefazos están que echan chispas.

—Puede usted estar tranquilo, inspector. Mi trabajo siempre ha estado por delante de todo, y lo seguirá estando. Me gusta ser policía. No sabía que la cosa estuviese tan mal, pero estoy dispuesto a trabajar a pleno rendimiento.

—Perfecto, la verdad no esperaba menos de ti. Sígueme.

El inspector comenzó a caminar de nuevo hacia el interior, donde varios agentes trabajaban al lado de un vehículo, haciendo que Guzmán le siguiese. Cuando se acercaron a éste, Guzmán observó que se trataba de un Mercedes CLK color borgoña, con unos dos o tres años de antigüedad. Debido al modelo, lo mas seguro es que se tratase de uno de esos coches importados que suelen traerlos alemanes y los rumanos. Se encontraba con las luces encendidas y el motor en marcha. El aire estaba bastante enrarecido, lo que denotaba que llevaba varias horas encendido. La puerta del conductor se encontraba abierta pero en su interior no había nadie.

—¡Inspector Riera! —uno de los agentes de investigación que se encontraba trabajando en el vehículo se acercó a ellos con varias bolsas de pruebas en la mano.

—Agente García, le presento al detective Guzmán –ambos agentes se saludaron estrechándose las manos—.¿Que han encontrado en el coche? Espero que tenga algo que ver con el cadáver que tenemos allí fuera.

—Tenemos buenas y malas noticias. En el asiento trasero del vehículo hemos encontrado un bolso de plástico con documentación y varios artículos más.

—¿Pertenecían a la joven? —preguntó el detective Guzmán incorporándose a la conversación.

—Parece ser que si. Dentro llevaba un monedero, un teléfono móvil, varios condones, un paquete de toallitas húmedas y unas tarjetas de contacto de las más baratas. Si el bolso finalmente era de ella, su nombre era Nadiuska Khowioskaya. O algo así. Pero sin algún documento identificativo no podemos asegurarlo.

—Una puta —exclamó el inspector—. Era de esperar, y por lo visto ilegal ya que no se llevaba encima papeles ni documentación de ningún tipo.

—Pero hay otra cosa, señor inspector –exclamó el agente.

—¿De que se trata? –preguntó Riera con la mirada clavada en el vehículo.

—Hemos encontrado signos evidentes de forcejeo y de que el hombre fue sacado del coche en contra de su voluntad.

—¿Han encontrado huellas? –quiso saber el detective Guzmán.

—Esas son las malas noticias, señor. No hay ningún tipo de huellas, ni pelos ni nada por el estilo, pero el cristal fue roto de un golpe, creemos que de un puñetazo, pues hemos encontrado algunos de los fragmentos de vidrio manchados de sangre. Los hemos mandado analizar y esperamos tener los resultados para esta noche.

—De acuerdo –respondió Riera al cabo de unos momentos—, pueden continuar con su trabajo. Y avísenme con lo que averigüe.

—A sus órdenes inspector.

Cuando el agente se alejaba Guzmán, que había estado meditando en silencio, lo volvió a llamar.

—García, quiero que me hagan un listado con los nombres de los propietarios de las llamadas de ese móvil en el último mes, tanto entrantes como salientes.

—De acuerdo señor.

Guzmán se quedó mirando fijamente los cristales que había en el suelo, manchados de sangre y su mente se trasladó a otro tiempo.

“Era pleno verano, pero llevaba toda la mañana lloviendo fuertemente. Él se encontraba en su despacho, terminando el papeleo de un caso de un pervertido que iba por los colegios, secuestrando niños, los violaba y luego los abandonaba en centros comerciales de gran tamaño. Lo acababa de cerrar y se preparaba para ir a comer con Claudia cuando lo llamaron al teléfono móvil. 

—Guzmán, ¿dígame? 

—Detective Guzmán, soy Sánchez de tráfico. Ha habido un accidente en el cruce de Beniardá con Jaime I, creo que debería de pasar un momento por aquí. 

—No me encargo de esas cosas. Contacte con el comisario y que él les mande a alguien especializado para hacerse cargo – contestó Guzmán mientras cogía su abrigo del perchero de la entrada del despacho. 

—Se trata de su esposa, señor –informó la voz a través de la línea telefónica. 

Al detective se le heló la sangre en las venas cuando al cabo de unos instantes estas palabras fueron asimiladas por su cerebro. 

—Voy de camino –fue lo único que logró articular antes de salir del despacho corriendo. 

Bajó las escaleras que comunicaban la comisaría con la calle de tres en tres, y en menos de diez segundos estaba montado en su Opel Astra, con la sirena puesta y haciéndole quemar rueda para salir del aparcamiento. 

Era mediodía y a esas horas Benidorm estaba que daba asco. Pese a tener la sirena conectada tardó casi diez minutos en recorrer el escaso kilómetro que separaba la comisaría del cruce donde había ocurrido el accidente. 

Cuando llegó, unos policías que habían dirigiendo el tráfico se apartaron para que él pudiese entrar con su coche. 

Sin parar el motor del vehículo, se bajó de éste y lo que vio le dejó estupefacto. 

Un coche que tenia todo el morro desecho se encontraba cruzado en la entrada de la intersección, donde se veían unas marcas de frenada de varios metros. Justo enfrente, donde se encontraba un equipo de bomberos trabajando, encima de la mediana, había otro coche, boca abajo, y completamente destrozado. Guzmán lo reconoció el vehículo enseguida . 

Corriendo bajo la lluvia se dirigió hasta allí, pero uno de los bomberos lo sujetó y le dijo que se apartara y que los dejase trabajar. 

—Es el coche de mi esposa –murmuró Guzmán. 

La cara del bombero se volvió blanca como la nieve bajo el casco de seguridad. 

—Por favor, no es aconsejable que usted esté aquí en estos momentos. Estamos haciendo un trabajo extremadamente delicado. 

—¿Cómo ha sido? –quiso saber. 

El bombero hizo una seña a uno de los agentes de la Guardia Civil que había por allí. 

—Este agente se lo explicará. Vaya con él y espere a que terminemos de trabajar. 

Guzmán se alejó con el Guardia Civil sin apartar la vista de los bomberos que se encontraban con radiales neumáticas y sopletes para cortar los hierros del coche. En ese momento llegaron dos ambulancias. 

El agente sentó a Guzmán en uno de los coches patrulla y le puso una manta por encima ya que se había puesto empapado. La lluvia cada vez golpeaba más fuerte en el suelo y no tenía pinta de que fuese a amainar. Las gotas resbalaban por su cara y por los cristales de sus gafas, nublándole la vista en ayuda de las lágrimas que intentaban salir. 

—El bombero me dijo que usted me podría explicar como fue el accidente. —su lengua parecía dormida a causa de los nervios y le costaba hablar correctamente—. ¿Qué diablos ha pasado? 

—Yo me encontraba regulando el tráfico en la otra avenida por otro accidente y vi poco de lo que ocurrió. Estaba lloviendo a mares y me encontraba de espaldas al cruce cuando oí una frenada muy brusca. Me giré y vi al coche que bajaba derrapando, colisionar contra el que circulaba por la transversal. Este recibió el golpe en el lateral del acompañante y, como iba a poca velocidad, fue impulsado hacia la izquierda. Los neumáticos impactaron contra el borde de la mediana y el coche se inclinó hasta volcar y quedarse donde usted lo acaba de ver. Miré los semáforos y comprobé que el vehículo que había frenado tenía el semáforo indicándole que continuase. El otro coche, el de su esposa, se saltó el semáforo en rojo, señor. Llamé a la policía pidiendo efectivos y a los bomberos. Poco después de que estos llegasen llegó usted. 

El detective bajó la cabeza y se quedó mirando el oscuro café que giraba por efecto de la cucharilla en el vaso de cartón, al igual que los neumáticos del coche de su esposa seguían girando después del accidente. Nadie había podido detener el motor todavía. De fondo y como si se encontrase a mucha distancia de allí, se podía oír el trabajo de los bomberos y el escalofriante sonido de las radiales cortando el hierro del coche.”

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