NaNoWriMo 2016: Leyes de maletín – Parte 04

Habría pasado cerca de media hora cuando el motor de un coche empezó a sonar en el silencio de la madrugada. El asesino se levantó de su sitio y se parapetó junto al coche que quería tirar al mar, esperando, buscando algún indicio de luces que le indicara por donde venía el otro vehículo. Si se trataba de algún mirón, iba a tener un serio problema.

El sonido del motor terminó bruscamente y el silencio volvió a llenar el aire, solo roto por el suave romper de las olas contra las paredes del muelle. Tras un par de minutos, unos pasos cercanos llegaron hasta los oídos del asesino. Una leve luz surgió de detrás de las vigas alumbrando al suelo.

—¿Simón? ¿Estás aquí? —preguntó una voz de hombre joven—. Soy Mikel.

El asesino encendió la linterna del teléfono y alumbró al caminante que había salido de entre las vigas. Se trataba de un joven de unos veinte años, delgadito y de poca estatura. Lucia una larga melena morena llena de rastas que le llegaban hasta la cintura. No era gran cosa, pero sus problemas de juego siempre hacían que estuviera dispuesto a ganarse unos euros.

—Has tardado demasiado —dijo el asesino—. Ponte los guantes y échame una mano.

Mikel levanto las manos con gesto triunfante, para mostrarle que ya llevaba los guantes puestos. Aprovechó para guardarse la pequeña linterna en el bolsillo y se dirigió junto a Simón.

—¿Que es lo que necesitas? —preguntó cuando se puso a su lado.

Simón, el asesino, señaló hacia el coche atascado.

—Necesito que me ayudes a empujar. Se me ha atascado y no puedo tirarlo al agua.

Mikel se quedó mirando la sombra del coche. La luz de la luna iluminaba poco, pero lo suficiente para ver la matrícula y saber que era un coche con solo un par de años.

—¿En serio quieres tirar un coche nuevo al agua? ¿Por qué?

—Cuanto menos sepas mejor. ¿Quieres ganarte doscientos euros o no?

Mikel asintió felizmente al oír la cantidad.

—Por supuesto que sí. Nada de preguntas. Vamos a ver qué podemos hacer.

Ambos hombre se pusieron en la parte trasera del vehículo y comenzaron a empujar con todas sus fuerzas. Este no se movió.

—Antes he podido moverlo un poco empujando con la espalda —dijo el asesino.

—Probemos —contestó Mikel mientras se ponía en posición.

Contaron hasta tres y ambos empujaron el coche haciendo fuerza con las piernas flexionadas. El vehículo avanzó más de medio metro con el empujón, y volvió a quedar atascado.

—Joder —dijo el asesino—. Otra vez igual.

Mikel sacó la linterna del bolsillo y se arrodilló, asomándose a los bajos del coche.

—Está enganchado en el tubo de escape. Por mucho que empujemos no va a soltarse.

—Joder —renegó Simón—. ¿Y cómo lo hacemos?

Mikel se levantó y le dio un par de vueltas al coche.

—Ayúdame a ver si podemos levantarlo —dijo Mikel mientras volvía a la parte trasera del coche—. Coge del paragolpes y tira hacia arriba. A ver si lo podemos levantar y vence por el peso.

Ambos hombre se pusieron a hacer fuerza intentando levantar el coche. Cuando por fin cedió un poco, el propio peso de la parte delantera, donde estaba el motor, hizo el resto del trabajo. La parte trasera del coche se levantó rápidamente, acompañado de un gran estruendo y el peso arrastró el coche hasta el agua, no sin antes rebotar con las ruedas traseras en el borde del muelle.

Mikel y Simón se asomaron al borde, pateando los restos de plástico que se habían quedado en el suelo y lanzándolos al agua. El coche se sumergía lentamente. La luz de la linterna de Mikel alumbro uno de los laterales donde se veía el nivel del agua llegando a la puerta del conductor. Las ruedas traseras estaban apoyadas en la pared del muelle e iban girando despacio mientras se hundía. Cuando el nivel del agua llegó a las puertas traseras, cuyas ventanas había dejado Simón abiertas, el agua entró en tromba dentro y, entonces, el coche se hundió mucho más rápido. En menos de un minuto el coche había sido tragado por el mar y solo quedaban los cuatro plásticos que ellos habían lanzado, movidos por el oleaje.

Mikel apagó la linterna y se separó del borde. Se encontraba nervioso. Sabía que si ese coche había ido al fondo del mar era por algún motivo, seguramente por algo ilegal, pero no quería saberlo. Aunque la curiosidad lo devoraba por dentro.

Simón le puso la mano en el hombro y le extendió la otra con un fajo de billetes en ella.

—Aquí tienes lo tuyo —dijo—. Gracias por tu ayuda. Ya sabes que esto no ha pasado y, tu y yo, no hemos estado aquí.

Mikel asintió con la cabeza, cogió el dinero y se lo guardó mientras estrechaba la mano de Simón.

—No sé de qué me hablas —contestó—. Me marcho, si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.

El asesino se dio la vuelta y se fue caminando hacía la otra parte del muelle. Mikel volvió a su coche. Abrió la puerta y se sentó en el lado del acompañante. Sacó la pasta y la sacudió al aire triunfalmente.

—¿Cuanto has sacado? —preguntó una voz de chica desde el asiento del conductor.

—Doscientos euros. Arranca que nos vamos.

El motor del coche arrancó rompiendo el silencio de la noche y se dirigió hacia la salida principal del puerto de carga. Cuando llegaron a la reja de salida e iban a incorporarse a la carretera, un coche les bloqueó el paso. El susto y la frenada hicieron que el coche se calase. Mikel lo reconoció en seguida y bajó la ventanilla lentamente.

—Hola Simón, ¿Qué ocurre?

Simón había estado esperando a que el coche saliera del puerto para interceptarlo. A la luz de las farolas, las pintas del asesino asustaban más. Era fornido, aunque la chaqueta larga que llevaba lo ocultaba un poco. No era muy alto, quizás metro setenta y poco, pero se le veía grande. Su cara estaba siempre oculta por una barba desaliñada, sin arreglar, pero que dejaba ver una cicatriz encima del labio superior. Entre eso y la media melena que tenía, casi nunca se le veía la cara completa. Sus ojos eran oscuros, pero siempre los tenía entrecerrados, por lo que no se le adivinaba el color. Mikel se había visto cara a cara un par de veces con él y nunca pudo ver el color de sus ojos.

El asesino se apoyó en el marco de la ventana y asomó la cabeza dentro, mirando de manera morbosa a la conductora del coche.

—¿Quién es tu amiga, Mikel?

Este se revolvió incómodo en el asiento.

—Ah, no es nadie no te preocupes.

—¿Debería preocuparme? —preguntó volviendo la mirada hacia Mikel—. Porque traerte a alguien a hacer un trabajo es algo de lo que preocuparse.

—No, no, de verdad, puedes estar tranquilo —contestó Mikel con voz temblorosa—. Solo necesitaba a alguien que me trajese para llegar antes. Solo eso. No ha visto nada ni dirá nada a nadie.

Simón dio un par de palmadas sobre el techo del coche mientras se alejaba de la ventanilla.

—Eso espero Mikel. Sería una pena que a una preciosidad como esa le pasara algo.

—De verdad —dijo Mikel—, no hace falta. No dirá nada. Ni siquiera sabe a que hemos venido.

La joven tenía la cabeza agachada y unas pequeñas lagrimas rodaban por sus mejillas.

—Iros de aquí, que no os vea más.

La chica arrancó el coche y se incorporaron a la carretera. Se alejaron por la misma mientras a través del espejo veían a Simón encenderse un cigarro sin moverse de donde había quedado al terminar la conversación.

Poco después el coche entró en la autovía dirección Benidorm.

—Ese tío me da miedo —dijo la conductora casi en un susurro.

Mikel suspiró.

—A mi también Laura, pero paga bien.

Ella movió la cabeza con aire desaprobador.

—Deberías de buscarte un trabajo como dios manda. El día menos pensado vas a hacer algo y van a volver a detenerte.

Mikel cerró la ventanilla del coche. Estaba a punto de amanecer y el aire helado le estaba congelando.

—¿Te crees que no lo intento? Nadie quiere contratar a un tío que ha estado en la cárcel.

Ella suspiró.

—Has estado tres meses encerrado por atraco. No es tan grave. No mataste a nadie.

—Pero sigue siendo prisión al fin y al cabo…

Laura bajó un poco su ventana al ver que empezaban a empañarse los cristales.

—Haz lo que quieras, pero no puedes seguir haciendo sufrir a mamá.

Mikel echó el respaldo del asiento para atrás y cerró los ojos.

—Ya lo sé tata, ya lo sé.

El silencio volvió al interior del coche. Ni siquiera la radio había sido encendida y, ahora que Mikel iba a dormir un rato, no era conveniente ponerla.

Laura nunca se había metido en los asuntos de su hermano, ya que era mayor que ella y, se suponía, que era el responsable de los dos. Pero cuando llegó la Guardia Civil a casa y se lo llevaron detenido, se dio cuenta que estaba equivocada.

Siempre se había rodeado de mala gente. No era una excusa para defenderlo, o eso quería pensar ella, pero eran esas amistades las que lo habían puesto en aprietos. No consumía nada ni tenía vicios caros, pero en casa la economía era débil y no siempre había dinero para salir con los amigos. Quizás, las promesas de dinero fácil le habían llevado a cometer esas locuras.

Ahora ella no le quitaba la vista de encima. Desde que salió de prisión había sido su sombra. Cuando lo condenaron en el juicio, su madre sufrió una crisis de ansiedad por la que tuvo que estar casi un mes ingresada en el hospital. No iba a permitir que volviera a sufrir otro ataque, por eso, cuando llamaron a Mikel para salir a esas horas, Laura decidió acompañarlo. Ahora no sabía si había sido una buena idea.

No tenía ni idea de lo que habían estado haciendo los dos en el muelle. No había tardado más de quince minutos en volver y le habían pagado doscientos euros. No llevaba nada que no trajese antes y los bolsillos no se veían abultados. Solo había escuchado un golpe metálico y algo de agua. Tampoco quería saber más. Intentaba ayudarlo y evitar que la volviese a cagar, pero él no parecía poner interés en lograrlo.

Giró la cabeza y miro a su hermano mientras dormía. Las lágrimas volvieron a sus ojos al pensar en lo perdido que estaba. Se secó las mejillas con la manga de la camisa y continuó conduciendo hacia casa.

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