Reto literario LiterUp Nº 09: El cuerno de la abundancia

Reto 09 de LiterUp: Escribe un relato que integre las palabras “luz” y “cuadro” como elementos relevantes del argumento.

Estaba segura que debía ser aquel el lugar. Aunque toda aquella historia estaba basada en una leyenda antigua, solo en aquel sitio podría ser cierta.

Un mundo de riquezas, de magia y poder. Un lugar desconocido que le ayudaría a conseguir todos los recursos necesarios para comenzar una nueva vida. Solo debía de encontrar el portal.

Durante años había estado recopilando información, leyendas, rumores, que hablaban sobre aquel portal, sobre su localización. Ahora se encontraba en el único punto que concordaba con toda aquella información, la biblioteca de al-Qarawiyyin, en Fez. Se trataba de la biblioteca más antigua que seguía abierta y con la colección de libros más grande del mundo.

—¿Estás segura que estamos en el sitio correcto? Una biblioteca no me parece el lugar adecuado para buscar un portal.

Sonia se giró y sonrió a su hermana.

—Estás equivocada, es el lugar perfecto. Metafóricamente, los libros son portales a otros mundos que nos llenan de riqueza y poder.

—Eso lo entiendo —dijo Mailen asintiendo con la cabeza—. Pero los escritos hablan de un portal literal, que podamos atravesar, no de un libro…

—Ya lo se —le interrumpió Sonia—, tengo claro que no se trata de una metáfora. El problema va a ser encontrarlo entre tantas salas y tanto libro.

Siguieron caminando, recorriendo una a una las habitaciones del gran edificio, alumbrando con las linternas cada rincón de las estancias. Habían aprovechado la noche para colarse de manera furtiva y explorar con tranquilidad. Aparte de tratarse de una biblioteca exclusiva para investigadores, al estar en Marruecos, iba a resultar imposible acceder a ella siendo mujeres. Era una sociedad machista y ellas eran el “sexo débil”.

—¿Qué dicen exactamente los textos que has traducido?

—A ver, no es una traducción exacta, pero es lo más aproximado que se puede hacer con los estudios que tenemos de esa lengua.

Sonia abrió su bandolera y sacó algunos manuscritos que dejó sobre una de las mesas de la sala. Mailen alumbró con la linterna los documentos mientras su hermana rebuscaba entre ellos.

—Aquí está —dijo Sonia cogiendo uno que estaba enrollado—. Este es el que indica como encontrar el portal, pero no dice que hay que hacer. Al menos no de manera directa…

—¿Qué quieres decir?

Sonia alumbró el pergamino. Era un trozo de cuero viejo, clareado y desgastado por el tiempo. Empezó a recitar lo que decía.

—Enmarcado por la vida, bajo la luz eterna, se halla el camino para la riqueza. Solo aquel que traspase el fin y ciegue sus sonidos logrará llegar.

—¿Qué significa “que ciegue sus sonidos”? —preguntó Mailen.

Sonia volvió a enrollar el pergamino y lo guardó en su bandolera, junto con los demás documentos.

—La verdad que no lo se. Es una traducción literal, por lo que es posible que algo varíe, pero el contexto está claro.

—…enmarcado por la vida —repitió Mailen.

—Enmarcado nos deja claro que es un cuadro, pero no entiendo lo de la vida, puede ser un millón de cosas…

Mailen cogió su linterna y empezó a recorrer las estanterías. Fue pasando de una sala a otra, en busca de algo en concreto.

—¿Qué estás buscando? —preguntó Sonia.

—Algo sobre las deidades marroquíes, sus creencias o religiones.

—Su mitología es la Bereber, es una variante de la fenicia, junto con la ibérica y la egipcia.

Mailen se detuvo por un momento.

—La vida en Egipto estaba representada por Isis ¿no?

Sonia asintió complacida.

—Veo que las clases extra te han servido de algo.

—¿Cuáles eran los dioses de la vida en las otras culturas?

—La cultura fenicia tenía a Ashtart, o Astarté que era versión de la diosa Ishtar de Babilonia. Y los ibéricos también la adoraban. Se representaba con una mujer sentada sobre un león.

—Isis era representada con un cuervo en la cabeza ¿no?

Sonia rompió a reír.

—Un buitre. Se le representaba llevando un tocado con un buitre.

—Creo que ya se que buscamos…

Mailen echó a correr por los pasillos de la biblioteca. Sonia salió detrás de ella sin saber que pasaba. Vio como su hermana y ayudante se paraba ante una puerta la abría e iluminaba el interior con la linterna.

—¿Qué buscamos? —preguntó Sonia sin resuello.

—Esta habitación no es —contestó su hermana cerrando la puerta.

Salió corriendo hasta otra de las puertas situadas al final del pasillo. Sonia la siguió.

—Mailen, ¿qué buscas?

Esta abrió la puerta e iluminó el interior de la sala. Al no encontrar lo que quería cerró de nuevo. Sonia la cogió del brazo.

—¿Vas a explicarme que pasa?

Su hermana la miró sonriente. Sus ojos brillaban bajo las luces de la linterna.

—Antes he visto un dibujo en una de las salas. Estaba entre unos tallados en la pared. Uno era una mujer sobre un león. El otro era de Isis y su tocado. Lo recuerdo porque al principio pensé que se trataba de la diosa Tefnut, que siempre acompañaba de Isis en los grabados. Pero en la talla, estaba desnuda.

Sonia se quedó unos segundos en silencio, sopesando la idea.

—Hay que encontrar esa sala —dijo finalmente.

Durante un par de horas siguieron registrando habitación por habitación, buscando las tallas que había visto Mailen.

—Hemos recorrido todas las salas y no las hemos encontrado. ¿Estás segura de haberlas visto?

Mailen asintió con la cabeza mientras intentaba recordar. Tenía claro que había sido al principio de empezar a buscar porque todavía entraba algo de luz de la calle.

—Joder, que idiota —dijo antes de echar a correr de nuevo.

Sonia la siguió por los pasillos y bajaron juntas las escaleras que llevaban a la entrada principal. Dicha entrada consistía en un gran salón con un enorme escritorio en el centro, donde se atendía a los visitantes. Las escaleras se encontraban en la parte trasera de él y ascendían por ambos lados de la pared, dejando una zona central donde había un gran tapiz y algunos cuadros.

Mailen se detuvo ante la tela bordada y alumbró a ambos lados de la misma con la linterna. En uno, una mujer desnuda sentada sobre un león, en el otro, una estatuilla femenina que lucía una corona con un buitre en su parte superior.

Ambas tallas emergían de la pared, dando a entender que habían sido labradas sobre la roca que formaba la estructura principal del edificio.

Mailen cogió su linterna y alumbró la parte superior del tapiz. La figura de un arquero lanzando flechas en todas direcciones coronaba la pared donde ambas escaleras se unían.

—Vali, hijo de Odín… —susurró Sonia.

—¿Odín? ¿El padre de los dioses nórdicos?

—El mismo… Dios de la luz eterna. Sus flechas representan los rayos de dicha luz.

Ambas iluminaron el tapiz. En él  se veían tres mujeres, vestidas de negro, hilando con una rueca en una especie de cueva.

—La parca —dijo Sonia.

Mailen la deslumbró al enfocarle con la linterna.

—¡Uy! Perdona. —Se disculpó—. ¿Has dicho la parca? ¿Eso no es la muerte?

Sonia asintió mientras se frotaba los doloridos ojos.

—Según los griegos, la parca eran tres hermanas, Cloto, Laquesis y Atropos. Ellas tejían el destino de cada ser humano y decidían cuando moría.

—¿Esto será el “fin” del que habla el pergamino?

—Imagino que si —dijo Sonia—. La traducción habla de traspasarlo.

Ambas iluminaron el cordón de terciopelo que les cortaba el paso.

—Podemos saltarlo sin problemas, pero me preocupa tocar ese tapiz. Tiene pinta de ser muy antiguo…

Mailen asintió. Avanzó y sobrepasó el cordón rojo. Se acercó despacio a la pared y alumbró con la linterna a los lados, sin tocar la tela. Esta se encontraba suspendida a unos veinte centímetros de la roca, pero aún así, no podía ver si había algo detrás.

—Échame una mano a apartarlo.

Sonia se acercó.

—¿Estás segura? No quisiera romperlo.

—Iremos con cuidado. Tu sepáralo de este lado y yo meto la cabeza.

Mailen se ajustó los guantes y cogió el lateral del tapiz con miedo. Intentó separarlo pero no se movió.

—No se mueve —dijo.

Alumbraron el tapiz y descubrieron que estaba cogido con un cable de acero al suelo. Seguramente para evitar que se moviese con el aire.

—¿No tendrás unas cizallas? – preguntó a su hermana defraudada por el descubrimiento.

Sonia sonrió mientras se descolgaba la mochila de la espalda.

—¿En serio…? —preguntó Mailen cuando vio sacar a su hermana unas pequeñas cizallas de ella.

—Esperaba encontrarme algún candado… —bromeó esta.

Se agachó y, con un poco de esfuerzo, cortó el cable de acero haciendo que el chasquido retumbase en la biblioteca. Las dos contuvieron la respiración al oírlo. Fue un acto reflejo pues, al fin y al cabo, eran las únicas en el edificio.

Con el cable fuera de juego, Sonia pudo apartar sin problemas uno de los laterales del tapiz para que Mailen alumbrase detrás. Según iba moviéndolo este crujía debido a la rigidez de estar tanto tiempo colgado. Tenía los ojos cerrados por si se le deshacía en las manos.

—Sonia…

Esta abrió los ojos, esperándose ver algún trozo de tela desgarrado. Mailen alumbraba la pared de roca que había tras el tapiz. En ella se veía un agujero y en su interior, el busto de un niño.

—¿Quién es? —preguntó Mailen.

Sonia se encogió de hombros.

—La verdad, no lo se. El único niño que conozco de la mitología es Somtus, que es un dios egipcio, pero nunca lo he visto así representado. Parece un querubín…

Ambas exploraron el busto del niño.

—¿Qué representaba Somtus? —quiso saber Mailen tras unos minutos examinando la roca.

—En realidad nada. Era adorado por ser hijo de los dioses Herishef y Hathor, pero no tiene una mitología propia.

Durante un buen rato se quedaron explorando la representación pero no sacaron conclusión alguna.

—…aquel que ciegue sus sonidos…

—¿El qué? —preguntó Mailen.

Sonia sacudió la cabeza.

—El pergamino decía que aquel que ciegue sus sonidos hallará el camino. Tiene que ser la pista que nos falta.

—Esa frase es un sinsentido. Dudo que pueda ayudarnos —dijo Mailen.

Se levantó y volvió a examinar el busto de cerca.

—Tiene los oídos huecos —dijo.

—Eso es imposible —contestó Sonia acercándose y examinando el busto desde el otro lado—. ¡Es verdad!

Metió el dedo meñique por el oído, aunque el agujero era tan estrecho que no pudo pasar de la primera falange.

—Parece profundo —dijo.

Iluminó el interior para ver si podía ver algo y el grito de Mailen la hizo saltar del susto.

—¿Porqué gritas? —preguntó.

Su hermana señaló hacia la pared de la escalera que tenía a sus espaldas.

—Vuelve a alumbrarle el oído…

Sonia obedeció y siguió con la vista el dedo de Mailen.

En la pared a su espalda, había un cuadro donde se plasmaba una cabra entre dos astros amamantando a un bebé custodiado por dos jóvenes. La cabra solo poseía uno de sus cuernos y el otro estaba en manos de una de las jóvenes. Un haz de luz iluminaba el cuerno de la mano.

—El cuerno de la abundancia… —susurró Mailen—. Por eso habla de riquezas. Otorga a su poseedor lo que desee…

Mientras su hermana seguía iluminando, ella se acerco al cuadro y examinó el cuerno.

—No se ve nada raro —dijo.

—Presiónalo —contestó Sonia.

Mailen obedeció. El cuerno cedió y escuchó una especie de clic detrás de la pintura.

—Algo se ha movido aquí —dijo.

—Pues no veo que pase nada.

Sonia seguía iluminando el oído del busto.

—Pásame tu linterna, he tenido una idea.

Mailen le acercó la luz y esta la colocó en el otro lado de la estatua iluminando la otra protuberancia.

Miraron el cuadro pero nada había cambiado.

Sonia se giró y miró la pared de enfrente. Otra haz de luz iluminaba uno de los cuadros de ese lado. Cogió de nuevo su linterna y lo alumbró. En ese cuadro se veía a Heracles sobre un toro con un solo cuerno y a unas ninfas con otro cuerno lleno de flores y frutos.

—Otro cuerno de la abundancia…

Volvió a colocar la linterna en el oído y el cuerno que sujetaban las náyades se iluminó. Mailen se acercó y lo presionó. Al igual que con el otro cuadro, un sonido se escuchó detrás de la pintura, pero nada ocurrió.

—¿Y si presionamos los dos a la vez? —preguntó Mailen.

—Vamos.

Dejó las linternas en el suelo y se acercó al primer cuadro.

—¿Preparada? —preguntó—. Una, dos…

—… y tres —dijo Mailen presionando de nuevo el dibujo.

Ambos clics sonaron y durante unos segundos no pasó nada. Mailen abrió la boca para proponer que lo intentaran de nuevo cuando el suelo comenzó a temblar bajo sus pies.

Un estruendo llenó la biblioteca mientras el suelo seguía temblando y ambas se miraron asustadas. Unos segundos después todo cesó. El tapiz comenzó a moverse como si el viento lo hiciera bailar. Juntas se acercaron a él.

Una corriente de aire les golpeó la cara, envolviéndolas en olor a jazmín y uvas. Se miraron sin entender y se cogieron la mano instintivamente.

Mailen se agachó a recoger las linternas y le pasó a Sonia una de ellas. Juntas, alumbraron la pared donde estaba, momentos antes, el busto del querubín. Ahora un gran agujero negro se abría hacia el interior de la roca.

Se acercaron y al alumbrar el suelo vieron unas escaleras talladas en la piedra, que bajaban hacia la oscuridad.

—¿No estarás pensando entrar ahí? —preguntó Sonia.

Mailen la miró fijamente.

—Después de lo lejos que hemos llegado, ¿vas a dejarlo aquí?

Su hermana tenía razón. Ambas habían dedicado años de estudios y una gran cantidad de recursos para quedarse a las puertas de lo que fuese aquello. Sonia miró fijamente a Mailen y asintió con la cabeza. Comenzaron a bajar las escaleras.

Tras varios peldaños llegaron a una sala excavada en la roca, en forma de bóveda. Tenia las paredes desnudas, pero en su centro, había un pedestal de lo que parecía ser mármol. Sobre él, se veían unas flores y un racimo de uvas, sin duda, los causantes de aquel olor a jardín.

Sonia se adelantó e iluminó las uvas. Tocó una de ellas con uno de sus dedos enguantados.

—Son de verdad, y están frescas.

—Es imposible… —contestó Mailen mientras se acercaba a el pedestal. Comenzó a rodearlo iluminándolo de arriba abajo—. ¡Dios mío!

Sonia caminó hasta su hermana y miró lo que esta iluminaba. Cubierto por las flores y uvas, se veía la punta de un cuerno.

—¿Crees que…? —dijo Sonia sin poder terminar la frase.

Mailen acercó la mano y apartó las flores y los frutos. Sin duda era un cuerno de cabrito, pero casi del tamaño de una trompeta. Lo cogió y lo examinó. De pronto, de su interior comenzó a brotar un nuevo racimo de uvas.

—No puede ser…

Los frutos se escurrieron fuera del cuerno y cayeron al suelo, creando una gran mancha al romperse. De nuevo brotaba algo, esta vez eran monedas. Cuando el cuerno se llenó comenzaron a caer al suelo, sobre los restos de uvas.

Sonia se agachó y recogió una de esas monedas. Era de dos euros y parecía de curso legal. Metió la mano en el bolsillo y sacó el cambio que llevaba encima. Eligió una de ellas y la comparó con la que había cogido del suelo.

—Son idénticas… Mailen… ¡Hemos encontrado el cuerno de la abundancia! —grito Sonia—. ¡Somos ricas!

Esta tardó unos segundos en reaccionar. Una sonrisa comenzó  a dibujarse en su rostro. Abrazó a su hermana y comenzó a saltar de alegría.

 

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