Relato: El reinado de Blancanieves

Re-telling del clásico Blancanieves y los 7 enanitos para la convocatoria de Ediciones Pulpture en su web.

—Espejo mágico, dime, ¿quién es la más bella del reino? —preguntó la reina a su reflejo.

La imagen comenzó a distorsionarse y apareció un rostro blanco como la nieve, con los labios y pómuloss sonrosados y un cabello negro como el azabache. Se trataba de Blancanieves, su hijastra.

—A medida que crece, esta joven se hace más preciosa y pronto eclipsará vuestra belleza, majestad —respondió el espejo encantado.

Furiosa y llena de envidia, la reina ordenó llamar al mejor de sus cazadores y le encomendó la misión de llevarse a Blancanieves al bosque y allí, acabar con ella. Si le traía un mechón de su cabello, lo convertiría en el hombre más rico del reino.

Algunos días después, el cazador partió con Blancanieves al bosque, bajo la mentira de enseñarle algunas plantas especiales de aquella época del año. Cuando el hombre comprobó que estaban lo bastante lejos para que nadie pudiera oír los gritos de la joven, sacó la daga de su cinturón y se acercó a ella por la espalda.

Blancanieves se giró para preguntarle por las plantas que quería enseñarle y se sorprendió a ver el cazador armado contra ella.

—Lo lamento mucho, princesa, pero son ordenes de su majestad la reina —dijo este antes de lanzarse contra la joven.

Pero Blancanieves no era tan frágil como podía parecer. Con un rápido movimiento esquivó el ataque del cazador y se colocó a su espalda. Mientras este recobraba el equilibrio tras el ataque fallido, la princesa recogió una rama del suelo, lo bastante larga como para poder defenderse.

—¿Te ordenó asesinarme por la espalda? ¿O es que eres tan cobarde que no puedes enfrentarte a una joven cara a cara? —preguntó Blancanieves furiosa.

El cazador midió su siguiente ataque. No esperaba complicaciones a la hora del encargo, pero la princesa sabía moverse y, por como cogía la rama rota, sabía manejar una espada. Lentamente se fue acercando a ella, con la daga en ristre, preparado para el ataque. Lanzó cuatro estocadas que Blancanieves desvió con su rama, pero que le obligaron a retroceder. Ella poseía un arma más débil, pero el tamaño obligaba al cazador a mantenerse alejado. Siguió lanzando pequeños ataques, haciendo retroceder a la princesa con cada uno de ellos.

En uno de esos movimientos, Blancanieves tropezó con una raíz y cayó de espaldas al suelo, perdiendo su arma improvisada. El cazador aprovechó la situación y se lanzó sobre ella, pero la princesa reaccionó rápido y lanzo un puñado de tierra a la cara de su atacante. Este dejó de ver y cayó de bruces al tropezar con la misma raíz que hizo caer a la princesa, quien se había apartado rodando.

Aprovechando la confusión de la caída, Blancanieves arrebató la daga al cazador y lo cogió del pelo, obligándole a levantar la cabeza. Un profundo corte de lado a lado del cuello hizo que la sangre brotara a borbotones antes de que pudiera defenderse. Soltó la cabeza del cazador y observó como este temblaba mientras se desangraba. Un charco de rojizo fue cubriendo la tierra y las plantas bajo él. Cuando dejó de moverse, Blancanieves le registró y cogió las pocas pertenencias que llevaba encima: la funda de la daga con la que había intentado asesinarla, un pequeño pedernal con eslabón y un odre con agua. Luego huyó bosque a través.

Unas horas después, agotada de correr entre la maleza, se sentó en un tocón a descansar y reponer energías. Mientras bebía algo de agua escuchó unos silbidos lejanos, rítmicos, como si alguien tararease una canción. Se levantó y ocultándose entre las plantas, se acercó a la zona de donde parecía provenir la melodía. Más allá de los árboles, había un camino que atravesaba el bosque y por el cual, siete enanos cargados con picos y distintas herramientas de minería, cantaban y silbaban mientras caminaban.

—¡Hi ho! ¡Hi ho! La hora ya llegó —cantaban mientras recorrían el sendero—. ¡Hi ho! ¡Hi ho! A casa vuelvo yo. ¡Hi ho ho!

Blancanieves los observaba oculta entre el follaje, asombrada de ver a unas criaturas como esas, pues al haber salido poco de castillo, muchos de los habitantes del reino le eran desconocidos. Según iban avanzando por aquel camino, ella los seguía, curiosa.

Poco después llegaron hasta un claro donde había una cabaña de madera, bien cuidada y de gran tamaño. Los enanos entraron en ella y Blancanieves se quedó fuera, oculta, observando a ver qué ocurría. Le hubiese encantado acercarse y llamar a la puerta, sobre todo por el hambre que tenía en aquellos momentos, pero no sabía si aquellos seres eran de fiar. Además, tenía las manos llenas de sangre y manchas en su vestido al haberse limpiado en él.

No le quedó más remedio que esperar a que anocheciese y poder acercarse a la casa a hurtadillas para conseguir algo de comer. Lo más seguro sería esperar a que se marchasen de nuevo, pero no sabía si aguantaría tanto tiempo sin desfallecer por el apetito.

La noche tardó mucho en llegar, al menos la espera le pareció eterna. Aprovechando las sombras, se acercó a inspeccionar la casa. No había querido hacerlo durante el día oculta en el bosque, por si algún ruido delataba su presencia. Ahora, con la oscuridad a su favor, podría salir al claro y rodear toda la casa, buscando alguna forma de entrar, o algo que comer.

En la parte delantera, donde acababa el sendero, se encontraba la puerta y una pequeña ventana. Además, en la parte superior de esta, había dos ventanas más, donde momentos antes había visto luz en movimiento. Supuso que se trataba de las habitaciones, por lo que los enanos ya estarían acostados.

Comenzó a explorar los alrededores de la cabaña. En uno de los lados había un pequeño almacén de leña, donde encontró un hacha y varios troncos aún por cortar. En la parte de atrás había un pequeño vallado de madera que delimitaba un jardín. En este crecían varios tipos de flores, pero predominaban unas rosas que, a la luz de la luna, parecían blancas. En el centro del mismo, un gran y frondoso manzano presidía el jardín.

El estomago le recordó que llevaba tiempo sin comer y las manzanas que colgaban del árbol parecían llamarle, apetitosas. Observó los alrededores comprobando que no hubiese nadie y, con mucho cuidado, se encaramó a la valla y la pasó por encima. Unas nubes taparon la luna y por unos instantes la oscuridad absoluta la envolvió. Se obligó a resistir la tentación de avanzar a por el suculento bocado que le esperaba en aquel árbol, pero el sentido común le decía que caminar a oscuras por allí podría ser peligroso. Unos minutos después la luna volvió a iluminar y Blancanieves se acercó cautelosa al manzano.

Cuando alargó la mano para coger el rojizo fruto, unos sonidos metálicos se escucharon detrás de ella.

—Ni se te ocurra hacerlo —dijo una voz mientras el jardín se iluminaba.

Blancanieves bajó la mano y se giró despacio hacia aquella voz. Frente a ella, seis enanos armados con ballestas y picos de minería la observaban. Algunos llevaban un candil para iluminar la noche. Todos parecían más amenazantes de lo que en un principio había pensado ella.

—¿Quién eres y qué haces en nuestro jardín? —preguntó uno de ellos.

Blancanieves alzó las manos, en señal de rendición, antes de hablar.

—Lamento muchísimo haberos molestado. Me perdí en el bosque y encontré esta casa por casualidad. Llevo todo el día sin comer y al ver el árbol no pude resistirme.

—Está llena de sangre —comentó uno de los enanos.

—Me atacó un animal en el bosque. —Tuvo que improvisar, pues si comentaba algo del cazador, no la dejarían viva.— De verdad que no quería molestar. Solo necesito algo de comer y, si me dan indicaciones, seguiré mi camino.

Los enanos no confiaban en ella, Blancanieves lo notaba en sus miradas. De pronto, sintió un pinchazo en la nuca y empezó a ver borroso.

—Buen trabajo Mudito —escuchó decir a uno de los enanos antes de desmayarse.

Cuando despertó, Blancanieves no se sorprendió de verse encerrada en uno de los carros reales que servían como prisión móvil. Por algún motivo aquellos enanos la habían devuelto a la reina. Se levantó del suelo y se asomó a la pequeña rendija en forma de luna creciente, que servía de mirilla en la puerta. El carro había sido detenido frente a la casa de los enanos y estos, estaban junto a uno de los soldados de su majestad, iluminados por varios candiles. Una bolsa de monedas pasó de una mano a otra, explicando a Blancanieves porque se encontraba allí.

—Parece que te estás en un problema.

Blancanieves se giró, asustada ante el comentario. Había jurado que se encontraba sola en aquella celda, pero alguien acababa de hablarle. Escrudiñó los rincones del oscuro carro buscando al dueño de esa voz pero no encontró a nadie. Se sentó de nuevo llevándose la mano a la nuca.

—Ese pinchazo debe de haberme afectado demasiado. Escucho cosas como los locos.

—Me gustan los locos, normalmente están menos locos que los cuerdos…

De nuevo esa voz. Blancanieves levantó la cabeza, pues ahora parecía provenir de la mirilla de la puerta. Algo empezó a moverse y una especie de humo morado comenzó a rodear la mirilla. En pocos segundos tomó la forma de un gato regordete, morado con rallas negras.

—¿Quién eres tú? —pregunto Blancanieves.

—No soy más que un gato risón —comentó sonriente el animal mientras paseaba por el interior de la celda —. ¿Acaso esperabas a alguien?

—No, en realidad no —contestó Blancanieves algo confusa—. ¿Cómo has entrado aquí?

El gato se subió al banco que había frente al que ocupaba la princesa mientras tarareaba una melodía.

—Pues… depende… —contestó de manera entrecortada. Se recostó y dejó caer la cabeza por el lado del banco—. Absurda pregunta cuando ya estas dentro… Quizás debieras preguntar cómo voy a salir…

—Entonces dime como puedo salir —dijo ella. Aquella conversación empezaba a desesperarle.

El gato comenzó a evaporarse, de la misma manera que apareció, como si estuviese hecho de humo. Solo se veía ya su blanca sonrisa cuando contestó.

—Tú no lo sé, pero yo saldré igual que entré… Es sencillo…

De nuevo, Blancanieves se quedó sola en el carruaje. Estaba confundida y furiosa. Furiosa consigo misma y con aquella extraña aparición, la cual aún no sabía si era real o fruto del sedante que le habían dado.

Dos ojos amarillos aparecieron ante ella, en la oscura pared del carruaje. La miraron fijamente y parpadearon. Una sonrisa reluciente volvió a aparecer.

—Querida, se me olvidó decirte que… la mejor forma de salir de un sitio… es por la puerta…

Comenzó a reírse y volvió a desaparecer.

Respuestas sin lógica de un gato risón que aparece y desaparece. Sin duda, estaba volviéndose loca. Blancanieves se quedó mirando unos segundos la puerta. Aunque era absurdo, pensó que por probar no perdía nada. Se acercó a la puerta y se asomó a la rejilla. Comprobó que ni los enanos ni el guardia real se encontraban allí fuera. Se apoyó un poco sobre la puerta y esta cedió. Aunque pareciese increíble, se habían olvidado cerrarla…

El carruaje se tambaleó unos momentos y comenzó a moverse. Tenía que ser rápida si quería salir de aquella trampa, aunque debía de esperar a alejarse de la cabaña de los enanos. No quería que la vieran y volvieran a atraparla.

Cuando ya habían recorrido algunos cientos de metros, Blancanieves empujó la puerta con cuidado y esta terminó de abrirse. Salió al exterior del carruaje y se apoyó en los escalones que este tenía. Sujetándose con una mano y haciendo equilibrismos para no caerse, logró cerrar la puerta de nuevo. Esperó a una de las curvas del camino para saltar del carro y rodar hasta unos matorrales. Oculta entre ellos, esperó por si el conductor de aquella prisión móvil detenía la marcha. Pero este prosiguió su camino sin saber que su presa había escapado.

—Se de alguien que va a perder su cabeza esta mañana —murmuró Blancanieves mientras se levantaba y sacudía sus ropajes.

Comenzaba a amanecer cuando se internó en el bosque y se puso a desandar el camino que había recorrido la carreta. Volvería a la casa de aquellos enanos y les haría pagar por su traición.

Cuando llegó a la altura del prado se detuvo oculta entre los arbustos y esperó. No tenía prisa. Seguía con un hambre atroz pero aquello ya no era una prioridad en aquel momento. Poco tiempo después de su llegada, los enanos salieron de la cabaña, equipados con sus herramientas y cantando. Sin duda se dirigían a la mina a comenzar su jornada de trabajo. Bien alejada de ellos, Blancanieves empezó a seguirlos.

Cuando llegó a la mina se sorprendió, pues no era para nada como ella hubiese imaginado. Se trataba de un agujero en la montaña, a modo de cueva, por donde entraba una vía. A la entrada de esta había un pequeño almacén y poco más.

Los enanos abrieron la caseta y entraron en ella. Poco después salieron equipados con unos cascos y un puñado de explosivos, se subieron a unas vagonetas dispuestas sobre las vías y entraron en la cueva mediante estas. Solo uno se quedó fuera.

Blancanieves pensó que debía de tratarse de Mudito, pues era el único que no recordaba del enfrentamiento que habían tenido la noche anterior junto al manzano del jardín. Desenfundó su daga y se acercó sigilosamente a él. Este había empezado a trabajar junto a la puerta de la caseta en algo que la princesa no podía distinguir, pues estaba de espaldas a ella.

Cuando estuvo a solo dos pasos de él, empuño la daga y se acercó silenciosamente. Había aprendido muchas cosas de cuando iba de caza con su padre siendo niña y, una de ellas, había sido acercarse lo máximo posible a la presa sin que esta lo notase. Una vez junto al enano, acercó su boca al oído de este y susurró:

—Solo quería una manzana y me hubiese ido…

La daga entró en el cuerpo del enano con suavidad, pero rápidamente. Este no tuvo tiempo a reaccionar. Blancanieves empujó con fuerza hasta que la empuñadura del arma golpeó la piel. La sacó y lo volvió a repetir. Una puñalada por cada enanito, una por cada traidor a su legítima reina.

El cuerpo de Mudito cayó sin vida en el suelo pocos segundos después. Blancanieves seguía allí de pie, observando, mientras la sangre resbalaba por la afilada hoja de la daga y caía goteando en el suelo. Se agachó, limpió el arma en las viejas ropas del enano y volvió a enfundarla. Luego observó a que se dedicaba el traidor antes de morir. Al parecer estaba uniendo distintas mechas para hacer una más larga que estaba enganchada a un manojo de explosivos.

Blancanieves miró a su alrededor y vio que, al inicio de las vías, aun quedaba una vagoneta. Entró en el almacén y cargó cuantos explosivos pudo. Los llevó hasta aquel medio de transporte y los depositó en su interior. Repitió la operación hasta que llenó más de la mitad de la vagoneta. Luego cogió el racimo que había estado preparando Mudito y lo colocó con el resto. Sacó la mecha especial hasta donde pudo y empujó la vagoneta hasta la entrada de la mina, donde la frenó. Rebuscó en sus bolsillos y sacó el pedernal que había quitado al cazador. Tras varios intentos, logró encender la mecha. Desbloqueó los frenos que mantenía el transporte quieto y lo empujó dentro de la mina. Salió corriendo a ocultarse mientras la pendiente de la vía hacía que la vagoneta descendiese hacia su interior.

La mecha, a pesar de su longitud, resultó más corta de lo que Blancanieves había calculado y la explosión llegó antes de que pudiera alejarse lo suficiente. La onda expansiva la empujó, lanzándola por los aires, haciendo  que se golpease contra un árbol y quedase inconsciente.

Comenzó a despertar cuando la humedad del anochecer empezaba a mojarle la ropa. Se incorporó a duras penas, mareada y con un fuerte dolor de cabeza. Se llevó la mano a la frente y comprobó que estaba sangrando. Se giró y caminó en dirección a la entrada de la mina para comprobar el resultado de la explosión. A pesar de la creciente oscuridad, pudo ver que la grieta por donde se accedía a la mina había sido completamente cubierto por las rocas desprendidas a causa de la explosión. Si hubiese sobrevivido alguien a aquello, ahora estaría atrapado allí dentro.

Caminando despacio se alejó de aquel lugar en dirección a la cabaña de los enanos, para poder descansar y comprobar las heridas de su cabeza. Tardó más de lo que le hubiese gustado. Se encontraba agotada y mareada, además estaba perdiendo mucha sangre. Cuando llegó, la puerta principal estaba cerrada, así que tuvo que rodear la casa, para intentar entrar por la puerta del jardín. Esta sí que se encontraba abierta. Entró y cerró. Se apoyó con la espalda en la puerta y, resbalando por ella, se dejó caer hasta el suelo, donde se desmayó de nuevo.

Las pesadillas la atormentaron en su reposo. Veía a su madrastra buscándola y cortándole la cabeza a todo el que le hubiese ayudado, también aparecía el gato risón con su sonrisa burlona. En una de esas pesadillas veía a su madre con un pequeño hombrecillo de color verde, ella le daba un pergamino y él le entregaba un espejo. Todas esas imágenes se entremezclaban en un sinsentido de pensamientos.

Cuando abrió los ojos, el sol iluminaba la habitación y los pájaros cantaban fuera de la cabaña. Se encontraba mejor, aunque la cabeza le seguía doliendo una barbaridad. Se llevó la mano a la herida y le sorprendió ver que se encontraba curada y vendada. Se levantó de la cama y se quedó sentada, preguntándose como había llegado hasta allí. No recordaba nada después de haber entrado en la casa. Salió de la habitación y bajó las escaleras que comunicaban con la planta principal. No había nadie en la cabaña, pero en la mesa de la cocina una tarta de manzana aún humeaba.

Se encontraba hambrienta, pero no sabía quien había preparado aquella tarta, ni con qué intenciones. Con su madrastra queriendo verla muerta, no era de extrañar que hubiese mandado a alguien a envenenarla. Decidió no probarla, así que salió de la cabaña y cogió una manzana del imponente árbol que reinaba en el jardín.

—Es de mala educación ignorar la comida que te han preparado, ji, ji, ji, ji…

Blancanieves se giró sorprendida por la voz que había hablado. Apoyado en la puerta de la cocina por donde ella acababa de salir, se encontraba un hombrecillo verde. Lo reconoció enseguida de su sueño.

—Yo a ti te conozco, te he visto con la reina en mis sueños —dijo.

El hombrecillo se llevó las manos a la espalda y comenzó a balancearse sobre la punta de los pies.

—Todos me conocen querida, pero nadie sabe quien soy realmente. Ji, ji, ji, ji. He venido porque parecías necesitar algo de ayuda…

Blancanieves se acercó amenazante a él.

—¿Te envía mi madrastra a matarme? Si es así tendrás que luchar para conseguirlo.

El hombrecillo soltó una imponente carcajada.

—No querida, yo vengo a ayudar —dijo mientras la señalaba—. Estás en apuros y soy el mejor en ayudar a la gente a conseguir lo que desea.

Blancanieves lo observó detenidamente. Era algo más bajo que los enanitos que habitaban la cabaña, con una fina barba trenzada, la piel de color verde y  unas ropas de cuero.

—¿Cómo puedes ayudarme? ¿Qué tienes que me sirva para mis planes? —preguntó, curiosa.

El hombrecillo comenzó a caminar a su alrededor, sonriente y moviendo las manos sin parar.

—Puedo ofrecerte un trato, el que tú quieras.

—No necesito un trato —dijo ella—. Necesito llegar a castillo y matar a la reina.

—Ji. ji, ji. Los tratos son mi especialidad, querida. Yo puedo llevarte a los aposentos de la reina para que cumplas tus deseos.

—¿Y cómo lo vas a hacer?

Un gesto de manos del hombrecillo hizo que apareciese un espejo enorme frente a ella. Era algo más grande que el hombrecillo y se parecía muchísimo al que había visto en sus sueños.

—Con magia, todo se puede conseguir con magia. Pero, por supuesto, toda magia conlleva un precio, y tu y yo hemos de negociar el nuestro.

Blancanieves se miró en el espejo, esperando encontrar su reflejo, pero lo que vio la dejó sin palabras. Era como si se hubiese asomado a una ventana que comunicaba directamente con los aposentos de la reina regente. Conocía de sobra aquella habitación, pues había pasado cientos de horas en ella, cuando su madre aún vivía.

—¿Que quieres a cambio de llevarme allí? —preguntó, consumida por la ira.

El hombrecillo se frotó las manos sonriente y extrajo de uno de los bolsillos de su chaleco una aguja de hilar y se la ofreció a Blancanieves.

—Tienes que pinchar a la reina con esta aguja de rueca. Solo pido eso. Como ves, es un trato justo, ji, ji, ji.

—No me fio de ti, hombrecillo. ¿Dónde está el truco?

—No hay truco, querida. Yo te llevo a la habitación de su majestad y tú, a cambio, le pinchas con la aguja.

Blancanieves cogió la aguja de manos del hombrecillo y comenzó a sopesar la idea. No sabía cuáles eran los planes de aquel personaje tan extravagante, pero tenía claro que llegar hasta el castillo mediante magia, iba a ahorrarle muchos quebraderos de cabeza.

—Está bien, acepto el trato —contestó—. Llévame allí.

El hombrecillo señaló con ambas manos el espejo, como invitándole a entrar. Blancanieves se acercó y este, comenzó a vibrar, distorsionando la imagen de su interior. Asombrada extendió la mano para tocar la superficie resplandeciente y vio como el espejo empezaba a cobrar vida y subirle por la mano. Dio un paso y se lanzó a su interior.

No notó nada extraño, pero supo que había funcionado pues se encontraba en la habitación de su madre, la cual ahora pertenecía a su madrastra. Se giró hacia el espejo y vio a aquel hombrecillo en él, aún estaba en el jardín de la cabaña y la miraba sonriente. Hizo una reverencia y la imagen desapareció. Ahora solo podía ver su propio reflejo.

Unos pasos comenzaron a sonar cada vez más cercanos fuera de la habitación. Blancanieves reaccionó y se ocultó tras unas enormes cortinas que decoraban una de las paredes. Las puertas se abrieron con estruendo y una voz que ella reconoció enseguida gritó.

—¡Dejadme sola! —dijo la reina—. ¡No quiero ver a nadie hasta que me traigáis su cabeza!

Las puertas volvieron a retumbar al cerrarse. Una leve corriente de aire hizo moverse las cortinas, haciendo saber a Blancanieves que su madrastra acababa de pasar por delante de ella.

—Maldita cría —decía la reina para sí misma—. Debí de haberla matado junto a su padre en aquel asalto al carruaje.

El sonido de los pasos indicaba que la reina caminaba de un lado a otro de la estancia. De pronto se detuvieron.

—Dime espejo mágico, ¿que ha sido de Blancanieves?—preguntó la reina.

Blancanieves supo que era su oportunidad. Si aquel espejo le indicaba que se encontraba allí, el factor sorpresa desaparecería y no podría hacer justicia. Apartó las cortinas silenciosamente y se acercó a hurtadillas mientras la reina miraba el espejo, a pocos pasos de ella.

—Sigue viva, majestad. Ahora es poderosa y la rabia guía sus pasos. Pronto se hará con el trono que le corresponde.

Blancanieves desenfundó lentamente la daga que había robado del cazador mientras sujetaba la aguja del hombrecillo con la otra mano. Estaba casi detrás de su madrastra, un paso más y sería suya.

—¿Que quieres decir con que se hará con el trono? —preguntó furiosa la reina— El trono es mío, para quitármelo primero tendrá que matarme.

El frio y afilado filo de una daga se puso en su cuello mientras una voz más que de sobra conocida, le susurró al oído.

—Ten cuidado con lo que deseas…

Sin tiempo a reaccionar, la reina notó un pinchazo en uno de sus costados. En ese momento, una nube de humo verde apareció tras ellos y una risa sonó de fondo.

—ji, ji, ji, ji. Me encanta que la gente cumpla los tratos —dijo el hombrecillo verde—. Aunque me gustan más cuando no los cumplen.

Con un chasquido de dedos, la reina desapareció en otra nube de humo, dejando a Blancanieves sin victima. Su corona cayó al suelo, repiqueteando contra el frío mármol.

—¿Que has hecho? —preguntó furiosa Blancanieves— ¿Donde está la reina? Tengo que matarla.

—No, no, no, querida. La reina ha incumplido su trato, por lo que ahora, ella me pertenece. La corona también es mía.

—Tú has incumplido el nuestro —contestó ella—. Tenía que acabar con su vida.

El hombrecillo se sentó en la cama de un salto y cruzó las piernas mientras la miraba sonriente.

—Nuestro trato está cumplido y pagado. Yo te traje aquí a cambio de que la pincharas con esa aguja. Nuestro acuerdo no incluía matarla. Pero el suyo, tiene que pagarlo…

Blancanieves estaba furiosa, había estado a punto de lograr su objetivo pero aquel hombrecillo había jugado con ella.

—¿Que trato hiciste con ella? Puedo mejorarlo —dijo Blancanieves.

El hombrecillo bajó de la cama de un salto y comenzó a caminar alrededor de ella.

—Tu querida madrastra me prometió su reino a cambio de mi ayuda. La magia del espejo de esa pared y el reino serían suyos hasta el día que se pinchase con la aguja de una rueca. Y ese día es hoy, ji, ji, ji, ji.

—Pero este reino no le pertenece, es mío. Yo soy la legítima reina.

El hombrecillo recogió la corona del suelo y se la ciñó a la cabeza mientras se miraba en el espejo mágico.

—Lo sé, querida. Pero un trato es un trato. ¿Qué puedes darme tú para mejorarlo?

Blancanieves no sabía que podía ofrecer a alguien como él.

—Eres un mago poderoso —dijo ella—, poco puedo ofrecerte que no puedas conseguir por ti mismo. ¿Que deseas?

—Como ya te dije, querida, toda magia conlleva un precio. No es tan fácil conseguir todo en este mundo sin pagar por ello. Lo bueno, es que vosotros los humanos, no soléis calcular bien esos costes.

—¿Que quieres? —insistió Blancanieves.

El hombrecillo se acercó a ella, se quitó la corona y se la ofreció.

—Digamos, que yo te entrego tu reino, a tu madrastra y te hago reina sin que nadie sospeche. ¿Cuánto estarías dispuesta a pagar?

Blancanieves contestó sin pensar.

—Lo que sea.

—Ji, ji, ji, ji. —Rió el hombrecillo mientras daba vueltas sobre sí mismo, como una bailarina—. Me encanta lo temperamentales que sois. Está bien, tendrás tu deseo a cambio de un favor.

Blancanieves arrebató la corona de manos del hombrecillo mientras este seguía riendo.

—¿Que favor? ¿Qué es lo que quieres?

—No, no, no, mi reina —contestó con una reverencia—. El favor ya os lo pediré cuando lo necesite. Pero tendréis que pagarlo o os arrebataré lo que más queráis.

Blancanieves aceptó de buen grado. Unos movimientos de las manos del hombrecillo hicieron que apareciera su madrastra, atada de pies y manos y amordazada. Otro movimiento hizo que la ropa y aspecto de Blancanieves cambiasen. Ahora lucía un hermoso vestido de gala y la corona se encontraba ajustada en su cabeza.

—Majestad, aquí tenéis vuestro premio —dijo el hombrecillo, reverenciándose ante ella de nuevo—. Recordad que la celebración de vuestra coronación empieza en unas horas. Volveremos a vernos, ji, ji, ji, ji…

Y con una nube de humo verde, aquel extraño personaje desapareció de la habitación.

Mientras Blancanieves aún trataba de asimilar lo que había ocurrido, unos guardas armados irrumpieron en la habitación.

—Majestad… —dijeron al arrodillarse ante ella—. Venimos a por la prisionera. ¿Qué debemos hacer con ella?

Blancanieves miró a su madrastra, que estaba sentada en el suelo y con cara de pánico.

—Llevadla a los calabozos, luego me encargaré de ella.

Los guardas se la llevaron a rastras mientras esta pataleaba e intentaba gritar algo que no lograba entenderse a causa de la mordaza.

Blancanieves se acercó al espejo y observó su reflejo en él. Había conseguido ser reina.

—Me alegra ver que lograste salir…

La nueva reina se giró y vio a el gato risón recostado en su cama. Empezó a desperezarse, estirándose y dando vueltas sobre sí mismo.

—¿Gato risón? Me sorprende verte aquí. ¿A qué has venido?

—No es venir si siempre estuviste aquí…

—¿Significa que siempre has estado observándome? —preguntó Blancanieves.

—Que tú no me vieras no significa que yo a ti tampoco…

Blancanieves se acercó a la cama y se sentó en ella, junto a él. Comenzó a acariciarlo y este empezó a ronronear, agradecido.

—Fuiste muy amable conmigo, de no ser por ti, no hubiese salido de aquella jaula ni ahora sería reina.

—Tus decisiones son tuyas… no culpes a los demás de ellas —contestó el gato.

—¿Que quieres decir? —preguntó Blancanieves.

—Digamos… que yo te mostré la puerta, pero tu elegiste el camino… Quizás el destino no es el que tenías pensado… pero es tu elección.

La forma del gato comenzó a desaparecer y Blancanieves se vio acariciando humo morado.

—No entiendo que quieres decir… —dijo Blancanieves a la humareda.

El cuerpo del gato desapareció por completo, dejando solo su sonrisa flotando en el aire.

—El tiempo te mostrará que… quizás, el mejor camino… es quedarse donde uno está…

La sonrisa se desvaneció y Blancanieves se quedó sola en la habitación sin entender el significado de aquella frase. Sin darle más importancia, se levantó de la cama y alisó los pliegues de su vestido. Se dirigió a las puertas de la habitación y las abrió de par en par.

Un nuevo reinado comenzaba, el reinado de Blancanieves.

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2 comentarios sobre “Relato: El reinado de Blancanieves

Agrega el tuyo

  1. Voy a empezar a asociar tus relatos con sangre y masacres XD

    Pues me ha gustado mucho el cuento, ¡menuda competición nos vas a hacer a todos con Pulpture! Aunque me has dejado con ganas de saber más sobre el trato del mago. Nada bueno, supongo, que ya nos ha enseñado que no sabe jugar limpio.

    Y como el gato risón, yo también regreso por donde he venido.

    Le gusta a 1 persona

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En el Jardín Inglés

• donde lo que nunca ha sido, puede ser •

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Libros. Esos que te hacen soñar, vivir increibles aventuras, viajar a lugares desconocidos. Los que consiguen hacerte reír y llorar en unas pocas páginas. Los que llenan de vida a sus personajes, alimentan tu imaginación, te emocionan, te interrogan, te excitan, te hacen preguntarte qué pasaría sí... Los que junto a una buena taza de café hacen que una tarde de lluvia se convierta en la mayor aventura de tu vida. Solo tienes que dejarte llevar. Pasa, lee, disfruta.

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