Relato: Sangre en las sábanas

Relato enviado a El taller de la Factoría para su concurso de relatos libres propuesto en Marzo del 2017

La sangre cubría las sabanas y goteaba hasta el suelo. Fue ese goteo el que la despertó. Abrió los ojos y, por unos segundos, se quedó inmóvil, intentando adivinar de dónde procedía ese sonido rítmico. Plop, plop, plop…

Quizás un grifo mal cerrado en el baño contiguo, pensó, aunque sonaba demasiado cercano. Se incorporó de la cama y, a tientas, buscó el interruptor de la luz. El repentino destello la hizo parpadear. Había un olor intenso en la habitación que no sabía reconocer y que resultaba nauseabundo. El balcón estaba abierto y a pesar de eso, tenía la espalda empapada en sudor. Se levantó para cerrarlo, por si el olor provenía de afuera y, mientras hacía correr el ventanal sobre los rieles, observó cómo la ciudad dormía, vigilada por la luna llena. Se giró para dirigirse al baño y entonces lo vio.

En el otro lado de la cama, yacía el cuerpo de un muchacho joven, sin vida. La sangre corría desde su cuello hasta el colchón y, de este, al suelo. Ese era el hipnótico sonido que la había despertado. Reprimió un grito llevándose las manos a la boca. La impresión de ver el cadáver la hizo retroceder, chocando contra el ventanal recién cerrado. Durante unos segundos su mente se quedó en blanco, con la vista clavada en el cuerpo del joven. Intentó recordar qué había pasado, cómo había llegado aquel joven a su cama y por qué estaba muerto.

Recordaba la cena con los miembros del consejo de la empresa que quería comprar. Recordaba las copas de después y como había logrado convencerles llevándolos a un buen club. Era la única mujer de la reunión y, al fin y al cabo, ellos eran hombres. Había notado las miradas lascivas, las indirectas machistas y los mensajes sexualizados en la reunión. Algunas copas de más y la compañía de buenas y sugerentes “profesionales” se encargaron de cerrar el acuerdo. Recordaba incluso como más de uno le había agradecido la reunión. Pero no recordaba a aquel joven. Todos los miembros del consejo eran cuarentones y el cuerpo que había sobre la cama no llegaría a los veinticinco.

El frio contacto del cristal sobre su espalda desnuda le dieron el valor necesario para acercarse a la cama y examinar al joven. Se encontraba boca arriba, con los ojos y la boca abiertos de par en par. Una mosca salió de ella, caminando por los hilos de sangre a medio secar. La expresión del muchacho era de horror puro, sensación que se mantenía aún después de muerto. El cuello tenía varias heridas profundas de lo que parecían mordiscos y arañazos. En uno de los lados, bajo la oreja izquierda, faltaba un trozo de carne que había sido arrancado salvajemente. Cuando miró la moqueta, encontró el pedazo allí tirado y tuvo que reprimir una arcada.

—Oh dios mío… —dijo intentando no vomitar.

El joven estaba completamente desnudo y la ropa se encontraba desperdigada por la habitación del hotel. Por lo visto se habían acostado juntos, pero no lo recordaba. Ni siquiera recordaba haber bebido más que un par de copas de vino en la cena. Se agachó y recogió los pantalones vaqueros del suelo. Los palpó en busca de una cartera o algún tipo de documentación, pero solo encontró una tarjeta de visita. Era de las que ella usaba con sus clientes y tenía garabateado el número de habitación. Reconoció su propia letra.

Observó la habitación en busca de algo que pudiera explicarle qué había pasado y vio el ventanal manchado de sangre. No estaba así cuando se había levantado a cerrarlo. Cayó en la cuenta que se había apoyado en él al ver el cadáver. Se llevó la mano a la espalda y comprobó que lo que había pensado que era sudor, se trataba de sangre. Corrió hasta el baño y vomitó en el inodoro. Cuando se incorporó, vio en el espejo que tenía la boca manchada de sangre. Solo de pensar cómo podía haberse manchado, volvió a vomitar.

Tras expulsar lo poco que tenía en el cuerpo abrió los grifos de la ducha y se metió en ella. Necesitaba limpiarse aquello. Lloraba mientras frotaba su cuerpo y la sangre iba desapareciendo, mezclada con el agua, por el sumidero. Tardó casi un cuarto de hora en limpiarse y, aun así, la sensación de estar sucia seguía con ella.

Salió de la ducha llorando y comenzó a secarse cuando llamaron a la puerta de la habitación. Se quedó sin respiración y el corazón empezó a palpitarle a una velocidad exagerada mientras en su cabeza empezaba a formarse distintas ideas de quién había llamado.

Quizás había gritado el muchacho al morir y habían avisado a la policía, quizás la sangre había empezado a filtrarse a la habitación de abajo. Quizás la habían visto a través del ventanal o había cámaras de seguridad en el  dormitorio. Volvieron a llamar a la puerta y le fallaron las piernas, cayendo de rodillas al suelo. Comenzó a respirar de manera acelerada e intentó centrar sus ideas. Podría entreabrir la puerta lo justo para que no se viera la cama y aprovechar que estaba recién duchada para echar al que fuera que estuviese llamando.

Se levantó apoyándose en la bañera y envolvió su cuerpo desnudo con la toalla. Aún con las piernas temblándole, se dirigió a la entrada de la habitación y cogió el pomo para abrir. Se giró para comprobar que no se viera nada y abrió.

—Joder Elena, ya era hora —exclamó una de las mujeres que habían fuera.

— ¿Belinda? —preguntó extrañada de ver a su secretaria personal allí.

Iba acompañada de dos mujeres más a las que no conocía, pero que sí recordaba haber visto antes en la empresa. Llevaban uniforme de limpiadoras y una de ellas iba cogida a un carrito de los de llevar la ropa sucia. Belinda intentó entrar en la habitación, pero ella tenía puesto el pie detrás de la puerta y le impidió el paso.

—Ahora no es buen momento —dijo Elena. Notó su propia voz temblorosa al hablar.

—Ya lo sé, por eso venimos. A limpiar.

La respuesta de Belinda la dejó confusa, momento en que esta aprovechó y abrió la puerta, entrando junto con las otras dos chicas. La que empujaba el carro cerró al entrar y Elena se quedó allí parada, sin saber cómo reaccionar.

— ¿Vas a quedarte ahí parada? —preguntó Belinda—. ¿Cómo acabó la reunión?

Su secretaria había cogido el cuerpo del muchacho con la ayuda de otra de las chicas y lo metieron en el carro de la ropa sucia. Mientras, la otra mujer limpiaba la sangre de la cristalera donde ella se había apoyado.

— ¿Qué estáis haciendo? —preguntó Elena—. ¿Qué hacéis aquí?

Belinda se acercó a ella y la cogió de la mano, acompañándola al baño. Elena miraba como las otras dos mujeres cambiaban las sábanas ensangrentadas y limpiaban la moqueta. Su secretaria cerró la puerta y las separó del dormitorio.

—Elena, mírame —dijo cogiéndole la cara—. ¿Cómo fue la reunión anoche?

Sus ojos se veían tranquilos, serenos, y eso la calmaba, pero seguía sin entender qué había pasado.

— ¿Por qué estáis aquí? —preguntó, confusa—. No sé qué ha pasado… yo me he despertado y…

—Elena, céntrate —le cortó Belinda mientras le cogía las manos—. Por un momento olvida lo de ahí afuera. Necesito que recuerdes la reunión de anoche y me digas como fue. Por favor.

Las imágenes iban y venían en su cabeza, seguía sin comprender que había ocurrido esa noche, pero la reunión la recordaba con claridad. Cerró los ojos para relajarse y empezó a relatarle la cena y los comentarios, mientras los recuerdos del cadáver pasaban a un segundo plano. Cuando comenzó a detallarle como un miembro del consejo le había estrechado la mano, agradecido, al salir del club, notó un pinchazo en uno de sus brazos.

Abrió los ojos y vio como Belinda extraía una aguja de su brazo.

— ¿Qué me has pinchado? —preguntó confusa mientras un gran cansancio la invadía.

Su secretaria hizo que se sentase sobre la taza del inodoro y le cogió la cabeza, apoyándola en su pecho.

—Tranquila, solo seguimos tus órdenes. No recordarás nada de lo que ha pasado, así que no debes volver a preocuparte. Todo está bien.

Pocos segundos después, Elena se durmió. Estuvo apoyada en Belinda unos minutos, hasta que entraron las otras dos mujeres que habían estado limpiando la habitación. Entre las tres la cogieron en brazos y la llevaron hasta la cama recién hecha con sábanas nuevas. La habitación estaba impecable, nada indicaba que hubiese muerto alguien en ella.

— ¿Lo tenéis todo? —preguntó Belinda a sus ayudantes, las cuales asintieron.

— ¿Recordará algo? —Quiso saber una de ellas.

—Solo la reunión. Su último recuerdo será el que me ha contado.

Abrieron la puerta y salieron al pasillo con el carrito del servicio de limpieza.

— ¿Cuándo volverá a pasarle?

—Es una depredadora —dijo Belinda—. Habrá que tener otra dosis lista para la próxima luna llena.

Unas horas después, Elena se despertó en su habitación de hotel. Se levantó y caminó perezosa hasta el ventanal, contemplando como el sol comenzaba a aparecer detrás de los rascacielos.

La noche anterior había cerrado un gran trato, comprando el mayor laboratorio de investigación genética del mundo. Ahora poseía el monopolio para combatir y estudiar a los mutantes, se sentía satisfecha.

Se fue a la ducha contenta de ser la mejor en su campo, contenta de ser una depredadora empresarial.

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