Reto literario LiterUp Nº 11: Benny & Bunny

Reto 11 de LiterUp:

Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.

Erase una vez, una niña llamada Amanda, que volvía a su casa caminando, después de terminar el colegio. Vivía en una de las casas de madera a las afueras de la superpoblada ciudad, al igual que muchos de sus compañeros.

Al llegar al porche de su casa, apoyados en la puerta, encontró dos conejos de peluche. Uno de ellos de color marrón con una etiqueta que decía Benny y el otro, de color blanco con una etiqueta que ponía Bunny. Ilusionada como cualquier niña de su edad ante juguetes nuevos, los cogió y se quedó observándolos unos instantes antes de guardarlos en su mochila.

Entró en casa donde la esperaba su madre con la merienda y, tras dar buena cuenta de ella, subió a su habitación a jugar.

—¿Le sirvo más té, señor Benny? —le preguntó a uno de los peluches que había sentado frente a una mesa de juguete.

—Por supuesto —contestó este con una sonrisa—. Y la señora Bunny también tomará otra, por favor.

Amanda sirvió el imaginario té a sus invitados y siguió jugando toda la tarde con ellos. Cuando empezó a anochecer su madre la avisó para bajar a cenar. La niña, obediente, recogió todos los juguetes y puso a Benny y Bunny sobre la cama.

—Voy a cenar con mis papás —dijo a sus nuevos amigos—. Cuando termine y me lave los dientes, seguimos jugando, ¿vale?

—Aquí te esperamos —contestó la señora Bunny con su dulce voz—. Estamos deseando de volver a jugar contigo.

Amanda besó a los dos conejos de peluche en la frente y bajó a cenar. Tras un par de horas invertidas en la cena, ayudar a quitar la mesa, repasar algunos deberes del colegio y asearse para dormir, la pequeña volvió a su habitación.

—¡Ya estas aquí! —exclamó Benny feliz—. Volvamos a jugar. Quiero saltar en la cama.

Amanda apartó el cobertor de la cama y comenzó a saltar con sus nuevos amigos, entre carcajadas y algún pequeño grito de sorpresa cuando alguno de ellos se caía de la cama.

—¡Amanda! —gritó su padre desde la planta inferior—. ¡Es hora de dormir, así que no quiero escuchar jaleo!

—¡Perdón, papá! —contestó la pequeña mientras dejaba de saltar.

Ambos conejos de peluche se quedaron mirándola extrañados.

—¿Porqué paramos? ¿Ya no quieres jugar más?

Amanda se sentó en la cama y cruzó las piernas. Cogió a los dos peluches y los puso en su regazo.

—Si que quiero, pero es hora de dormir. No quiero que papá se enfade…

—No te preocupes, jugaremos sin hacer ruido ¿vale? Podemos seguir saltando en silencio y no nos oirán.

Al principio Amanda no estaba muy convencida. Su padre era muy severo y, si se enfadaba, acabaría castigándola. Pero Benny y Bunny comenzaron a saltar en la cama sin hacer apenas ruido. Sus saltos eran tan altos que casi tocaban el techo con sus orejas. Entonces se animó a acompañarles y siguieron saltando.

De vez en cuando, los conejos daban alguna voltereta o se chocaban entre ellos, haciendo que Amanda comenzara a reírse. Tras unos minutos, las carcajadas eran tan intensas que llegaron hasta la planta baja. Poco después, la puerta se abrió con brusquedad y su padre entró en la habitación. La niña dejó de saltar en el acto y, los dos conejos cayeron sobre el colchón.

—¡¿No te he dicho que era hora de dormir?! – dijo su padre furioso.

Amanda se sentó sobre el colchón, atemorizada.

—Perdón, papá. Estaba jugando con Benny y Bunny.

Su padre entró en la habitación y cogió los dos conejos de peluche. Los observó unos instantes y se dirigió de nuevo al exterior del dormitorio, con ambos bajo el brazo.

—Pues estas castigada sin ellos. Ahora a dormir.

Amanda agachó la cabeza resignada y se tumbó en la cama, tapándose con el cobertor. Antes de que su padre apagase la luz, ella dirigió una mirada de despedida a los conejos y vio como Benny le sonreía y le guiñaba un ojo.

—Buenas noches —dijo su padre antes de dejar la habitación a oscuras y cerrar la puerta, sin esperar una respuesta de su hija.

Cuando la noche era mas profunda, un cosquilleo en la cara despertó a Amanda. Con la suave luz de la luna que entraba por la ventana, la pequeña vio a sus conejitos de peluche frente a ella.

—¡Benny! ¡Bunny! —exclamó abrazándolos—. ¿Cómo habéis llegado?

—Queríamos seguir jugando contigo, así que hemos salido del cajón donde nos encerró tu papá y hemos venido.

—Pero no podemos jugar ahora, se despertarán mis papas y volverán a encerraros.

Los conejos la cogieron uno de cada mano y estiraron para que se incorporase en la cama.

—Ya lo hemos pensado, bajaremos a jugar al patio trasero, así no nos escucharán.

Amanda sonrió al sopesar la idea. Era una buena manera de poder jugar y no ser castigados. Se levantó de la cama y se puso sus zapatillas de estar en casa. Los tres juntos, sin hacer ruido, bajaron a la planta principal y salieron al patio trasero.

Jugaron durante un rato con una pelota y poco después, Benny propuso jugar al escondite.

—¡Si! ¡Me encanta! —exclamó Amanda—. La quedo yo primero y os busco, ¿vale?

Los conejos asintieron y, mientras Amanda se apoyaba en el árbol a contar, entraron sigilosos en la casa. Cuando terminó la cuenta atrás, la pequeña empezó a buscar por el patio a sus amigos de juegos. No estaban alrededor del árbol, ni en el cobertizo de las herramientas. Tampoco los encontró en la casita de juegos ni entre los muebles del pequeño porche trasero.

Entonces vio una luz que salía de las ventanas superiores de la casa. Preocupada de que sus padres se hubiesen despertado, se escondió detrás del árbol, mirando las ventanas, esperando ver a alguno de sus padres asomarse. Pero en lugar de eso, observó como unas llamas trepaban por las cortinas y prendían todo a su paso. Se había incendiado la casa.

En pocos minutos, en los cuales Amanda siguió escondida tras el árbol sin saber reaccionar, toda la planta superior estaba ardiendo. Las columnas de humo salían por las rendijas de las maderas y ascendían iluminadas por el resplandor rojizo del fuego.

No tardaron mucho en oirse las sirenas y fue entonces cuando uno de los vecinos encontró a Amanda escondida detrás del árbol. El hombre saltó la pequeña valla de madera y la cogió en brazos. La pequeña estaba tan hipnotizada ante el danzar de las llamas que no escuchó al hombre llegar y, cuando este la agarró, gritó presa del pánico.

—Tranquila Amanda —dijo—. Soy Jamie, tu vecino, el del perro que tanto te gusta.

Amanda dejó de gritar al reconocerlo y sonrió un poco al recordar el perro que tenía, lleno de arrugas.

—¿Y tus padres?

—Creo que estaban durmiendo —contestó ella—. Yo bajé a jugar con Benny y Bunny y ahora no los encuentro.

El hombro soltó a la niña al otro lado de la valla y luego la saltó para reunirse con ella. Volvió a cogerla en brazos y se dirigió a la calle principal.

—¿Quiénes son Benny y Bunny? —preguntó alzando la voz e intentando hacerse oir entre el barullo de sirenas.

—Mis conejitos de peluche, estábamos jugando al escondite.

Jamie se detuvo junto a uno de los coches patrulla que acababan de llegar para organizar la situación.

—¡Agente! —gritó a uno de ellos, el cual empezaba a acordonar la zona—. ¡Agente, por favor! Esta niña vive ahí, la he sacado del patio trasero.

Llegaron el camión de bomberos y un par de ambulancias. Jamie y el agente llevaron a la niña a una de ellas para que la examinaran y ver si se encontraba bien. Mientras los sanitarios la exploraban, el agente le hizo varias preguntas a Jamie para conocer la situación del incendio y si había gente dentro.

Una explosión retumbó en el barrio y restos de madera y cristales comenzaron a llover por todas partes. Los bomberos gritaban ordenes entre ellos, intentado mantener el control y apagar el incendio antes de que lograse propagarse. Un par de coches patrulla más llegaron y los agentes comenzaron a evacuar a los vecinos más cercanos a la vivienda afectada por el fuego. Poco después la estructura se derrumbó.

Empezaba a amanecer cuando los bomberos apagaron el último rescoldo. Amanda llevaba un buen rato sentada en uno de los coches patrulla, esperando, sin saber muy bien el qué. Tenía las ventanas traseras a medio bajar, pero no podía abrir las puertas para salir. Un bombero señaló hacia el coche mientras hablaba con uno de los policías y este asintió. Amanda los miraba fijamente, intentando adivinar de que estaban hablando. Aunque ambos tenían mala cara.

—Hemos ganado, no has logrado encontrarnos.

La pequeña se giró y vio a Benny y a Bunny en el asiento, a su lado. Estaban sucios, como ennegrecidos.

—La casa se ha quemado —dijo Amanda intentando no llorar delante de sus nuevos amigos.

—Ya lo sabemos —dijo Benny—. Lo bueno, es que ahora podremos jugar siempre que queramos.

La niña cogió los dos muñecos y los abrazó mientras miraba los restos humeantes de lo que había sido su hogar, esperando ver aparecer a sus padres.

FIN

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4 comentarios sobre “Reto literario LiterUp Nº 11: Benny & Bunny

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  1. Me estaba temiendo que los peluches la liarían desde que empezaron a insistir tanto con seguir jugando. Qué mal rollito dan estas historias donde los inofensivos peluches acaban siendo unos diabólicos asesinos. Desde luego esa esencia la has captado a la perfección, buen relato. xD No volveré a dormir con mis peluches…

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