Reto literario LiterUp Nº 12: Más que un duende

Reto 12 de LiterUp: Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.

Las dos lunas emergían por el horizonte, reflejándose sobre el Océano Infinito. En la orilla de este, la arena daba paso al bosque cuyas flores comenzaban a abrirse para recibir la mágica luz de los satélites.

Sentado sobre una roca, contemplando el inicio de la noche, un pequeño duende fumaba tranquilamente de una pipa. Al acabar el día, su arcoíris había desaparecido del cielo, por lo que tendría que esperar al amanecer para que este volviera y poder seguir su camino con seguridad.

—Tenía que haber calculado mejor —murmuró tras exhalar una bocanada de humo azul.

La magia de las lunas era poderosa y su luz iluminaba allá donde llegaba, pero sin duda no era tan potente como la magia del sol, o al menos no en el mismo sentido. Por la noche florecían las flores, el mar se desbocaba en olas gigantescas y distintos seres mágicos surgían de sus escondites, como el dragón que sobrevolaba la costa en aquel momento.

A pesar de las leyendas, el duende sabía que los dragones, pese a su fiero aspecto, eran criaturas dóciles y bondadosas. En realidad, cualquier ser nocturno lo sabía, pues habitaban con ellos. Sin embargo, las criaturas diurnas como los humanos o los ogros, desconocían ese dato. El duende se alegraba de poder permanecer en los dos momentos del ciclo orbital, así podía conocer ambos mundos.

El duende dio otra calada a su pipa, hipnotizado por el sonido del fiero oleaje. Había estado cerca de caer al mar cuando el arcoíris desapareció. Suerte que su paraguas había salvado la situación meciéndolo en la caída hasta la costa. Se mesó la rojiza barba mientras seguía observando al dragón. Quizás pudiera usarlo para seguir su viaje, al menos hasta que volviera a salir el sol y su arcoíris.

Como si aquel animal hubiese escuchado sus pensamientos, giró su largo cuello y, con su cabeza, apuntó hacia el duende. Plegó sus escamosas alas y comenzó el descenso hacia la playa, donde se posó levantando una nube de arena y salitre.

—Parecías ocupado buscando algo —dijo el duende mientras golpeaba suavemente su pipa contra la roca, intentando vaciar las cenizas de su interior.

—Es cierto, ando buscando a mi amor. ¿No la habrás visto? —contestó el dragón con una voz gutural.

El duende lo miró por encima de sus gafas mientras encendía de nuevo la pipa y profería una profunda calada.

—No he visto ningún otro dragón por aquí —dijo y, a continuación, exhaló una bocanada de humo amarillo.

El dragón resopló y unos hilos de humo gris emergieron de los dos agujeros de su hocico. Se dejó caer sobre las patas delanteras y extendió sus alas de forma amenazadora.

—¿Qué te hace pensar que se trataba de otro dragón?

El duende sonrió y se encogió de hombros.

—Si no es un dragón lo que buscas, ¿entonces qué?

—Una joven humana. La vi cuando las lunas y el sol se cruzaron en el horizonte, pero al ocultarse este, las olas cubrieron el navío y le perdí la pista.

El duende empujó la montura de las gafas con uno de sus dedos y las colocó en su sitio.

—¿Iba navegando? Si es así, puedes olvidarte de ella —profirió otra calada a su pipa—. Este oleaje destruye cualquier barco que se atreva a surcar el Océano al caer el sol.

El dragón volvió a resoplar.

—No hay restos de un naufragio ni nada por el estilo. Quizás haya atracado en algún sitio cercano…

—Lo más cercano por aquí es la ensenada de los ogros. Si ha atracado ahí puede estar a salvo. Pero dudo que un humano navegue de noche. Son criaturas diurnas.

El dragón comenzó a caminar por la orilla del Océano, evitando el tacto con el agua que llegaba hasta la arena.

—No conozco ese lugar. Ya me encuentro bastante retirado de mis dominios y esta zona me resulta desconocida.

El duende sonrió, aquel animal, pese a su tamaño amenazador, era más simple que una roca y había mordido el anzuelo.

—Yo conozco la zona, podría guiarte, pero no se volar…

El dragón generó una mueca parecida a una sonrisa, dejando a la vista su tremenda y afilada dentadura.

—Eso no es problema. Puedes subir a mi lomo y yo te llevaré.

El duende asintió y apagó su pipa, la guardó en el interior de su chaleco y se acercó al dragón.

—Sube por mi ala —dijo este postrándose ante él y extendiendo la escamosa extremidad.

El duende dio un par de saltos por el ala del animal y se sentó a horcajadas en el lomo de este, en la zona donde las alas se unían al cuello.

Cuando el dragón notó que su jinete estaba bien colocado, batió las alas y alzó el vuelo. Dio un par de vueltas sobre la zona donde se había posado y empezó a bordear la costa en la dirección en la que el duende le indicaba.

El mar seguía embravecido y las olas luchaban entre ellas animadas por la magia de las dos lunas mientras salpicaban la arena con su agua. Tras casi media hora de aleteo, llegaron a una zona de barrancos donde el mar golpeaba furioso las rocas provocando estallidos de espuma blanca.

—¡Ya estamos cerca! —gritó el duende intentando hacerse oír entre el ruido del mar.

El dragón aminoró la velocidad y descendió un poco para poder observar la costa y las gotas de agua empezaron a salpicarles. Algunos minutos después, apareció una pequeña abertura en la roca a la cual señaló el duende.

—Aquella es la ensenada que te comentaba. Si les ha cogido la noche, estarán allí resguardados.

El dragón comenzó a planear y entró en la ensenada muy despacio. Desde la abertura en la roca podía ver el barco, resguardado en su interior, flotando sobre aguas calmadas. El pulso se le aceleró al pensar que por fin iba a encontrar a su amada.

De manera cuidadosa, se posó sobre la arena de la costa y se inclinó para que su pasajero pudiera bajar.

—Pues aquí está el barco, tal y como te dije —exclamó el duende mientras volvía a sacar la pipa de su bolsillo—. Tu amada no debería de andar lejos.

El dragón irguió el cuello y comenzó a explorar los alrededores del lugar. Se trataba de una pequeña playa donde no entrarían más de dos barcos de tamaño medio. La nave que el había visto se encontraba anclada en el centro de la ensenada, a pocos metros de la costa, pero no parecía haber nadie a bordo.

—¿Porqué se le llama la ensenada de los ogros? —preguntó.

El duende dio una profunda calada a la pipa y exhalo el humo a la vez que señalaba hacia el interior de la costa.

—Por eso.

El dragón siguió el dedo de su acompañante hacia los arboles que bordeaban la zona de arena y descubrió, oculto entre las sombras, un ser enorme. Sería casi de su estatura, con la piel de un color entre verde y marrón y vestido con una especie de taparrabos a conjunto con un chaleco que apenas le cubría el pecho. En una de sus manos llevaba una cachiporra de madera que apoyaba en el suelo a modo de bastón. El dragón pensó que era casi del tamaño de una de sus patas.

—¿Eso es un ogro?

El duende se giró y lo miró sorprendido.

—Tu sales poco de tu cueva ¿verdad?

El ogro salió de entre los árboles y se acercó a la costa. El dragón apoyó sus alas en el suelo y se preparó para el ataque, mientras se le erizaban las escamas del cuello. El duende, al ver que la cosa se ponía fea, retrocedió por la arena lentamente, intentando no llamar la atención.

—¡Tranquilo! —gritó el ogro dejando caer la cachiporra—. No quiero problemas.

A pesar de las palabras de la criatura, el dragón mantuvo su posición intimidante.

—He oído que buscáis a los tripulantes del barco —comentó el ogro—. Los he visto bajar y adentrarse en el bosque.

—¿Quiénes eran? —preguntó el dragón.

—Una muchacha y un Caballero del Sol.

El duende se adelantó y se colocó junto al dragón, el cual empezaba a relajarse.

—¿Un Caballero del Sol? ¿Estas seguro de eso?

El ogro se encogió de hombros.

—Son los únicos que visten armadura plateada…

Los Caballeros del Sol era un grupo de guerreros nombrados por los antiguos dioses cuya función era servir y proteger a los descendientes del poder verdadero. Se suponían extintos y el encontrar uno allí, significaba que aquella jovencita de la que el dragón se había enamorado era alguien importante y poderoso.

El enano se giró y miró fijamente al dragón.

—¿De que conoces a esa joven? —le preguntó.

—De nada. Solo la vi pasar con su barco cuando me despertaba y sentí como si la hubiese amado toda la vida. Por eso necesito encontrarla y que resuelva estas dudas.

Un sonido metálico se escucho a las espaldas del ogro y este se giró extrañado. Saliendo de la arboleda, una joven con el pelo del color del fuego y unos ojos azules como las dos lunas acompañada de un hombre de hojalata se les quedó observando.

—¿Quiénes sois? —preguntó con voz temblorosa el metálico acompañante mientras intentaba sin éxito desenvainar una espada.

La joven apoyó la mano sobre el hombro de su guardián.

—Tranquilo, no creo que sean enemigos.

Con un suspiro de alivio, el hombre de hojalata dejó de intentar sacar su espada de la funda y se quedó junto a la chica. Esta avanzó unos pasos hacia el extraño grupo que había en la orilla y su acompañante le siguió. Un ruido seco la hizo girarse para ver a su supuesto guardaespaldas agacharse de manera aparatosa para recoger la espada del suelo, la cual había decidido soltarse de sus ataduras.

—¿Y esto es un Caballero del Sol? —murmuró el duende mientras mordisqueaba la boquilla de su pipa.

El dragón no pudo evitar soltar una pequeña humareda por su hocico al intentar contener la risa. Esto provocó que la joven se quedase mirándolo.

—Me resultas familiar, hay algo en ti que me hace sentir extraña…

—Lo mismo me ocurre, oh mi señora. Creo que eso que los humanos llaman amor.

—Ella no es humana —dijo el hombre de hojalata, que enseguida bajó la cabeza ante la mirada reprobatoria de la joven.

—¿Qué quiere decir con que no eres humana? —preguntó el ogro.

El duende dio otra profunda calada a su pipa mientras consultaba un pequeño reloj de bolsillo que había sacado de uno de los bolsillos de su chaleco.

—Soy una primigenia, no tengo una forma ni raza concreta —dijo ella y señaló al dragón—, aunque nací con la misma forma que tú.

Las dos lunas empezaban a ocultarse por el horizonte y la luz del sol comenzó a teñir el Océano Infinito de rojo mientras su oleaje comenzaba a remitir.

—Eso explicaría que pudieras estar en el ciclo de las lunas sin caer en el Sueño —concretó el duende.

La joven asintió y se adelantó un poco, indicando al hombre de hojalata que esperase donde estaba. Una luz envolvió el cuerpo de la mujer y en unos segundos se convirtió en un dragón de escamas violetas.

—Somos iguales, de ahí que sintamos esa conexión —dijo la dragona.

El sol comenzaba a despuntar y en el cielo un leve arcoíris empezaba a dibujarse. El duende lo miró complacido y sonriente.

—Llegados a este punto —dijo—, yo debo retirarme. Mi viaje aún no ha terminado y espero poder llegar pronto a donde debo ir.

El duende sacó su paraguas y lo abrió. Lo colocó sobre su cabeza y lo hizo girar. Lentamente comenzó a elevarse.

—¡Espera! —dijo el dragón—. No he podido agradecerte que me hayas traído hasta aquí. Ni siquiera me has dicho tu nombre.

El duende sonrió mientras seguía ascendiendo.

—No tienes que agradecerme nada. Me basta con ver que todo ha salido bien. Y mi nombre, si de verdad quieres saberlo, es Destino.

El arcoíris termino de formarse y el duende aterrizó en él. Guardó su paraguas y volvió a encender su pipa. Dio una larga calada mientras miraba al grupo que dejaba en la ensenada, complacido por un buen trabajo. Comenzó a caminar en la misma dirección en la que el sol se movía. Tardó poco en perder de vista a sus recién conocidos.

—Veamos que nos depara el camino… —murmuró entre calada y calada.

 

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