Cap. 7: Un despacho con vistas


—Comisaría central, ¿Dígame?

—Quiero que me pongan con el detective Guzmán.

Una voz de hombre, ruda y desagradable había llamado a la centralita de la comisaría preguntando por el detective, el cual aún se encontraba en su despacho, pese a ser las cuatro de la madrugada.

—Lo siento, pero tiene la línea abierta, debe de estar hablando con alguien. ¿Quiere que le ponga en espera?La joven que atendía la centralita miró extrañada como un indicador rojo parpadeaba, comunicándole que el detective seguía al teléfono, desde hacia mas de una hora.

“Se habrá quedado descolgado, o se le habrá caído.”

—Voy a decirle algo, y espero que se lo comunique al detective Guzmán lo antes posible.

—Espere un segundo mientras tomo nota por favor –exclamó cogiendo papel y lápiz.

La desconocida voz le comunicó el mensaje. La joven empezó a temblar y se le cayó el teléfono al suelo cuando lo escuchó y el desconocido colgó, haciendo que se apagasen unas luces en la centralita.

Unos fuertes golpes en la puerta lo despertaron de su letargo.

Las cuatro y media de la madrugada. Se había quedado dormido mientras hablaba con el hospital, pero no recordaba de qué había hablado ni con quien.

Los golpes se repitieron de nuevo, esta vez con más violencia y Guzmán comprobó que provenían de la puerta del despacho.

Medio mareado por todo el exceso de alcohol que llevaba en la sangre, y con un fuerte dolor de cabeza, se levantó de la silla, apartó la botella de whisky escondiéndola en la papelera, y tambaleándose se dirigió hacia la puerta.

Se tropezó en un sillón que había situado junto a la puerta y cayó estrepitosamente al suelo donde se quedó tumbado, mareado y medio inconsciente.

—Detective, ¿esta usted hay?

Una suave voz de mujer le habló desde la otra parte del panel de madera, haciendo que le desaparecieran las ganas de quedarse tumbado en el suelo echando un sueñecito y volviera a ponerse en pie, no sin un gran esfuerzo.

Se acercó a la puerta, y todavía mareado la abrió.

La potente luz que iluminaba los pasillos centrales de comisaría impactó salvajemente en sus ojos acostumbrados a la fría oscuridad de su despacho, provocándole unos fuertes agujazos en las sienes, aumentando así el ya insoportable dolor de cabeza.
Era una joven bastante alta, de unos 25 años, aproximadamente, rubia con unas largas mechas negras, delgadita, pero muy atractiva. A Guzmán le llamó la atención un lunar que tenia bajo el ojo derecho, unos ojos almendrados y de color verde como los prados de su Cantabria natal.

—¿Qué es lo que desea a estas horas? —preguntó intentando que no se le hiciera la lengua un nudo dentro de la reseca garganta.

Enseguida se dio cuenta de que debía comportarse como Dios manda, porque todavía se encontraba dentro de la comisaría y estaba bastante borracho. Lo había notado en la cara que había puesto la joven cuando el abrió la boca para hablar.

—Verá señor, he recibido una llamada urgente para usted.

—Bien, ¿y se puede saber de que se trata? No son horas como para ir llamando a los despachos –intentaba parecer serio, pero la lengua trabajaba a un ritmo completamente distinto al de su mente y estaba a punto de sobrevenirle un ataque de risa solo por escucharse hablar.

—Lo siento señor, pero es que es un mensaje muy importante, y su teléfono estaba descolgado. Me gustaría pasar, señor, si no esta usted ocupado. No me gustaría hablar de este tema aquí en los pasillos –Guzmán comprobó, pese a la borrachera, el nerviosismo que acontecía a la joven.

—Está bien, pase —gruñó mientras se apartaba torpemente de la puerta y tropezaba con el borde de la alfombra.

Al entrar en su despacho, le indicó a la joven que se sentase en el sillón que había cerca de la entrada con el cual acababa de tropezar y se dirigió hacia un mueble situado junto al escritorio.
—¿Quiere un café, señorita…? —preguntó el detective mientras habría torpemente un compartimiento del mueble en el que guardaba una cafetera que siempre estaba encendida.

—Fernández, Lucia Fernández. No gracias, ya estoy bastante nerviosa como para tomarme un café —respondió la joven mientras se intentaba acomodar torpemente en el sillón.

El detective terminó de servirse su taza de café, cerró el mueble y se dirigió hacia la butaca que tenia tras el escritorio, donde se quedó unos segundos sentado mirando a la muchacha sin decir palabra.

—Bueno, usted dirá —exclamó mientras sorbía un poco de su café, el cual no tenía azúcar y le provocó unos principios de nauseas que logró controlar a tiempo. Solo le faltaba echar la papilla delante de la chica.

—Verá, la llamada que he recibido hace unos minutos para usted dejó un mensaje.

—¿Y bien? —preguntó el detective mientras observaba detenidamente unas manchas sobre su escritorio, intentando que no le entrasen mas arcadas con el amargo sabor del café recalentado.— Usted dirá.

—Dijo que se trataba sobre el chulo desaparecido. Lo del crimen de esta mañana.

El detective levantó la vista raudo y se quedó mirando fijamente a la joven con una mirada que hizo que esta se
estremeciera. El efecto de la borrachera había desaparecido por completo en él. Quizás el café fuese milagroso, aunque más bien creía que había sido obra de la noticia que acababa de recibir.
—¿Referente al chulo desaparecido esta mañanaen la cala? —preguntó mientras se intentaba levantar de la silla y la hacia caer con un sonido atronador que hizo que la joven se asustase.

La recepcionista afirmó con la cabeza.

—Dijo que estaba en su poder y que mañana a las cinco y cuarto de la tarde moriría en el tren con trayecto de Villa Joyosa a Altea.
—Eso me lo tenia que haber dicho usted antes —vociferó el detective mientras daba vueltas por el despacho igual que un tigre enjaulado—. ¿Localizaron la llamada?

La joven negó con la cabeza.

—No hizo falta.

—¿Cómo que no hizo falta? ¿Acaso sabe usted desde donde llamaba? — ladró el detective a la vez que la miraba con los ojos desencajados por la furia—. Una llamada así tenia que haberse localizado debidamente. ¿Es que acaso no asistió usted a la academia?

—Señor, no hizo falta localizarla. Llamaba desde dentro de la comisaría.

Esas palabras tuvieron el mismo efecto que si el tiempo se hubiese detenido por completo. Los leves restos de borrachera que todavía rondaban por su cabeza, gritando por salir como pequeños grillos en una calurosa noche, se terminaron de esfumar por completo de su cuerpo y la mente se le volvió de nuevo cristalina como una copa. Lucia, con la mirada fija en el suelo, inmóvil, esperaba que Guzmán dijese algo, pero el detective se había quedado completamente quieto, mirandofijamente a la joven, perturbado ante la declaración. El detective sabía que era una de las nuevas telefonistas de la central y que había aprobado las oposiciones hacía bien poco. La joven se había encontrado ante una situación para la que no estaba preparada.
—¿Sabe usted de que despacho provenía esa llamada?

—No, lo siento. Solo puedo decirle que era de esta planta. Y se trata de alguien que se hace llamar Doctor a si mismo.

—De acuerdo, muchas gracias. Informaré ahora mismo al inspector y prepararé un equipo para mañana. ¿Sabe si el comisario está de nuevo de servicio?

La joven negó impetuosamente con la cabeza.

—Aún no ha vuelto del sitio aquel donde dijo que iba.

—Beniparell. Tenía un juicio por la desaparición de su esposa – murmuró Guzmán para sí mismo, como si tratase de recordar algún dato que tenía en su mente pero que hubiese quedado temporalmente oculto—. Usted váyase a casa y descanse. Ya se encargara otro agente de las llamadas. Y olvídese de todo lo que ha sucedido esta noche. No lo comente con nadie. Hay mucho en juego.

La chica se levantó y el detective la acompañó hasta la centralita, donde cogió todas sus cosas, y luego, hasta el coche que tenía aparcado en la calle.

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