Relato: Cazador de respeto

Relato presentado a concurso donde debía escribir una historia basada en la portada del nuevo libro de Ken Liu, El muro de las tormentas.

-¡No vales como cazador! -gritaba su padre desde la aldea-. ¡Nunca serás uno de ellos!

Liukhan se alejaba de él, ignorándolo, mientras se adentraba cojeando en el bosque, con los ojos bañados en lágrimas. Que otros no creyesen en él, lo entendía, pero su propio padre…

-¡Eres débil, y eso te matará! -fue lo último que logró escuchar de aquel anciano que lo repudiaba.

Continuó caminando durante horas, decidido a demostrar que sería capaz de cazar como el resto de hombres de la aldea y no tendría que seguir cosechando. Demostraría su valía y se ganaría el respeto de todos los miembros del clan.

Se detuvo a descansar en unas rocas y a beber algo de agua. La pierna le dolía una barbaridad y necesitó unos minutos para poder seguir avanzando. Tenía que empezar a buscar algún animal y cazarlo antes de que la noche llegase o le costaría mucho volver a la aldea.

Pasó casi una hora antes de que encontrase el primer rastro: un poco de pelo enredado en unos arbustos. Se agachó y comenzó a apartar, con delicadeza, las hojas que cubrían el suelo. En la tierra, unas leves marcas mostraban la forma de la pezuña de un animal. Su falta de experiencia en el rastreo le impedían saber qué tipo de animal era. Avanzó lentamente, siguiendo el camino que marcaban las huellas iniciales y estudiando el suelo cada poco para localizarlas de nuevo.

En una de sus bolsas llevaba un ungüento que había fabricado en la aldea a base de harina, agua y diversas especias. Su función era usarlo como guía de por donde pasaba, por ese motivo cada pocos metros marcaba la corteza de algún árbol con él.

Pasados unos minutos escuchó un sonido a poca distancia, delante de él. Se detuvo en seco y contuvo la respiración, esperando, contando mentalmente. Introdujo unos de sus dedos en la boca y lo mojó con saliva. Luego alzó el brazo para comprobar la dirección del viento. Si el viento le soplase de espaldas, el animal podría olerlo y huiría. Por suerte, soplaba a su favor.

Lentamente, fue avanzando por entre los árboles, poniendo especial atención en donde pisaba. Cualquier ruido podría revelar su posición. El sonido que le había llamado la atención poco antes, sonaba frente a él, a escasos metros, pero unos arbustos le cortaban la vista. Se arrodilló despacio, sacó una flecha de la funda y la introdujo lentamente en la planta. Poco a poco, fue apartando las hojas y ramas de este lo suficiente para ver lo que se encontraba al otro lado.

Frente a él, un ciervo comía bayas de un arbusto cercano. A Liukhan le sorprendió el tamaño de las astas del ejemplar. Descolgó con cuidado el arco de su espalda y, dejando la flecha dentro de la planta, sacó otra de la funda y la montó, preparándose para disparar. Antes de tensarlo, volvió a separar con cuidado el follaje y comprobó que el animal se encontraba en el mismo sitio, comiendo tranquilamente, ajeno al peligro.

Dejó que el arbusto volviera a cerrarse y proyectó una imagen mental sobre las hojas, imaginando el contorno del ciervo y su posición. Sin hacer ruido, tensó el arco y se preparó para disparar. Había ensayado y practicado cientos de veces en la aldea, aunque contra muñecos de paja y objetos colgados. Respiro hondo un par de veces y, mientras dejaba salir el aire, soltó la flecha. El zumbido de esta al volar fue acompañado por las hojas rotas del arbusto que acababa de atravesar y cesó con un impacto seco, seguido de un gemido. Colgó su arco a la espalda y se levantó. Caminó en busca de su premio pero, el ejemplar de ciervo que él suponía muerto, no se encontraba allí.

Al principio se extrañó, pero al revisar la zona, vio algunas manchas de sangre en el suelo y entendió que había fallado el tiro. El animal herido, había huido. Ahora tendría que volver a rastrearlo, aunque esperaba que resultase más sencillo.

No tardó mucho en dar con él. El ciervo se había intentado ocultar en unas cuevas cercanas, pero su herida le había impedido trepar las rocas para acceder a ellas.  Ahora se hallaba junto a la pared de roca, con la flecha clavada en su lomo y respirando trabajosamente.

Liukhan tensó de nuevo el arco y, desde detrás de unos árboles cercanos, disparó una nueva flecha que se clavó bajo el cuello del animal. Este produjo un extraño sonido antes de desplomarse. Salió de la arboleda y se detuvo junto al animal. Se arrodilló despacio, llevándose la mano a su pierna deforme, que palpitaba dolorida por el esfuerzo. Acarició el pelaje del animal y notó su corazón palpitar, aún seguía vivo. Desenfundó su daga y se la clavó en el pecho, buscando el corazón. Este dejó de sufrir en el instante.

Sacó unas cuerdas de su bolsa y amarró las patas del ciervo muerto, junto con la cabeza. Haría una especie de arnés y tiraría de él hasta casa, de esa manera sería más cómodo transportarlo. La piel se estropearía, pero le daba igual, solo le interesaba llevarlo hasta la aldea y demostrar que lo había cazado él. No podía dejar de sonreír, ya era un cazador más.

Extrajo las dos flechas del cuerpo del animal y las revisó. La primera que había lanzado estaba astillada, así que le quitó la parte dañada y guardó la punta en su bolsa. Cogió el arnés improvisado y empezó la vuelta a casa.

El animal pesaba más de lo que había imaginado y apenas pudo moverlo unos metros antes de acabar agotado y con fuertes dolores en la pierna. Derrotado, se sentó en el suelo. Si no podía llevar el ciervo hasta la aldea nadie creería que lo había cazado, pero su pierna no le permitía arrastrarlo hasta allí. O pensaba en algo pronto o tendría que pasar allí la noche.

Entonces, el silencio natural del bosque fue roto por un sonido que le heló la sangre. Un conjunto de aullidos provenientes de distintos puntos de la espesa arboleda le indicaron que la sangre del ciervo había atraído a los lobos hasta él. Se levantó con dificultad y se acercó hasta el cadáver. Volvió a coger las cuerdas que lo ataban y tiró de nuevo, esta vez en dirección a la roca. Cuando no pudo tirar más, se puso al otro lado y lo empujó hasta dejarlo apoyado en la pared. Cogió el arnés y lo lanzó por encima de su cabeza, hacia la entrada de la cueva. Luego trepó sobre el animal y, aferrándose a los salientes de la piedra, escaló hasta el borde. Su malformación le impedía apoyar todo el peso de su cuerpo en esa pierna, por lo que se vio obligado a colgarse de los brazos para poder apoyar su pierna sana y empujarse con ella. Tras algunos intentos logró llegar a la parte superior de la roca donde estaba la cueva. Desde fuera parecía espaciosa y quizás valiese para resguardarse junto con su presa de los lobos.

El aullido volvió a sonar, mucho más cerca, lo que obligó a Liukhan a acelerar su trabajo. Cogió el arnés y comenzó a tirar de él, intentando levantar el ciervo. El esfuerzo de haber subido hasta allí le había dejado los brazos extenuados, por lo que apenas podía moverlo, el no poder hacer palanca con las piernas para levantarlo también era un inconveniente.

Una sombra se movió entre los árboles, frente a él. Un par de movimientos más le indicaron que los lobos habían llegado instantes antes de que estos salieran al claro. Liukhan se asomó y contó cuatro lobos bajo él, que lo miraban mientras se relamían. Uno de ellos se adelantó un poco, posiblemente el macho alfa, y olisqueó el aire, saboreando el aroma a sangre fresca. Liukhan volvió a tirar de la cuerda, pero seguía sin poder alzar el ciervo más que unos centímetros del suelo.

Los lobos se aproximaron y uno de ellos lanzó una dentellada al ciervo, arrancando un trozo de carne de una de sus patas.

-¡Eh! -gritó Liukhan-. ¡Dejad eso, es mío!

Los lobos lo miraron por unos instantes y volvieron a morder el cuerpo, al ver que el humano no representaba ningún peligro inmediato. Este soltó el arnés y el ciervo cayó pesadamente en el suelo, haciendo que los depredadores se apartaran asustados. Cogió el arco y lanzó una flecha a uno de ellos, fallando el tiro por muy poco. Los lobos, ante aquel ataque empezaron a gruñir, mostrando sus afilados y ensangrentados colmillos. Poco después volvieron a arremeter contra el ciervo, desgarrándole la carne.

Liukhan lanzó otra de sus flechas que hirió uno de los lobos. Entonces comprendió que había sido un error. Los cuatro animales comenzaron a caminar alrededor de la roca donde estaba subido, buscando una manera de llegar hasta él. Habían visto que se trataba de una amenaza y querían eliminarla. Por suerte, no había forma de subir excepto trepando como había hecho él.

Volvió a tensar su arco, buscando al que le había parecido era el lobo alfa del grupo y le disparó. La flecha acertó a la primera y atravesó el cuello del animal que cayó muerto en el instante. El resto de lobos dejó de gruñir y se acercaron a olisquear a su líder. Un aullido unísono de los tres depredadores restantes envolvió el bosque. Tras mirar de nuevo al humano y a los restos del ciervo, se volvieron a internar en la espesura.

Liukhan se sentó en la roca. Había logrado espantar a los lobos, pero era posible que volvieran con más miembros de la manada y, entonces, estaría perdido.

Bajó a duras penas de allí, volviendo a hacerse daño en la pierna y se arrodilló para comprobar el estado general del ciervo. Las dentelladas de los depredadores habían estropeado la mayoría de la piel, y trozos arrancados de carne rodeaban el cadáver. No podía llevar algo así a la aldea, en caso de que hubiese podido cargarlo. Desató los nudos del improvisado arnés y guardó la cuerda en su bolsa. Examinó la cabeza del animal, la cual tenía un gran mordisco en el hocico. A pesar de eso, podría valer como trofeo. Sacó su cuchillo y comenzó a cortar el cuello del ciervo, si no podía llevarse el animal, se llevaría su cabeza.

Cuando logró separar ambas partes, cogió un trozo de cuerda y ató la cabeza del animal a su bolsa. Le dolía dejar una pieza como aquella allí, pero así serviría de cebo al resto de la manada e impediría que fueran tras él.

Empezó a caminar dirección a su hogar, pero tuvo una idea y regresó a buscar el lobo muerto. Se acercó a él y recuperó la flecha, luego lo despellejó. Sería un trofeo mayor que la cabeza del ciervo para callar la boca de su padre y del resto de cazadores.

Cargado con los restos de los dos animales, emprendió camino de regreso a su aldea. Las marcas que había ido dejando le ayudaron a guiarse. La pierna le dolía más que nunca, pero no podía perder nada de tiempo, la noche había empezado y quedarse allí no era seguro. Menos aún después de aquel ataque.

Cuando llegó a la aldea, todos dormían. Ni siquiera los perros ladraron al verle. Llegó hasta la puerta de su choza y, en una de sus paredes, clavó la flecha partida que había recuperado. Cogió la piel del lobo y la colgó de esta. Comenzó a desatar la cabeza del ciervo, cuando la puerta de la choza se abrió y apareció su padre, con cara somnolienta, sujetando una antorcha.

-¿Liukhan? -preguntó extrañado.

Este colgó la cabeza junto a la piel, para que terminasen de escurrir la sangre. Miró al anciano, desafiante.

-Al amanecer, curtiré la piel y colgaré mi trofeo donde debe estar.

Entró en la choza, dejando a su padre fuera, contemplando la enorme cornamenta de aquella cabeza, orgulloso.

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