Cap. 07: El poder del nigromante

Sir Jonathan se encontraba en el gran salón del trono del que disponía el castillo de Kilik en la primera planta. Un salón de tamaño desproporcionado, con una larga alfombra roja de ribetes dorados que partía desde la puerta alcanzando las escaleras de la tronera. A lo largo de dicha alfombra, diversas armaduras, junto con unas cuantas antorchas decoraban los flancos desnudos, aparte de los grandes ventanales por los que era más que conocido el castillo en toda Gaia.

Ventanales que debido a su tamaño, habían sido critica de muchos renombrados arquitectos de la zona, los cuales decían, que esa sala no podría aguantar toda la estructura del castillo, y que en caso de un ataque, únicamente con lanzar proyectiles con las catapultas a un par de vigas entre los ventanales, el castillo de Kilik, situado en la capital del reino, caería bajo su propio peso. Pero gracias a los dioses, no se había dado el caso de ninguna gran guerra en la que el castillo pudiera ser objetivo de proyectiles, por lo cual seguía allí, intacto, y brillando intensamente bajo la luz diurna, siendo la admiración de todas las criaturas vivientes.

Sir Jonathan observaba el exterior a través de uno de esos grandes ventanales. El cielo se había nublado rápidamente, amenazando lluvia.

Este reino no era una región dada a frecuentes tormentas ni a habituales precipitaciones, pero cuando venían las lluvias solían ser torrenciales, pudiendo durar incluso semanas. Sir Jonathan sabía eso. Contempló ceñudo el denso palio de oscuras nubes que habían velado la luz diurna de repente, y comenzó a meditar.

La tormenta se encontraba en su mayor apogeo. Lluvia, viento y fulgor de relámpagos se unían formando un todo infernal, subrayado por el fragor sordo y profundo del trueno. Era como si la tierra se viese sometida a la ira de la diosa Naturaleza como represalia por algo, en una noche realmente dantesca.

Amael estaba en su habitación sitiada en una de las enormes torres del castillo. Bajo la luz de una vela buscaba frenéticamente en su libro de hechizos un conjuro con unas recientes anotaciones.

De repente se interrumpió, pues había oído un ruido en el exterior. Súbitamente, la ventana estalló en mil pedazos inundándose la sala de una fina lluvia acompañada de fuerte viento, que hizo que se apagasen todas las velas del aposento.

Un relámpago alumbró fugazmente la sala. Amael observó ante sí un rostro que no le agrado lo más mínimo.

Aquel era el rostro de un espectro, largo, flaco, de pómulos huesudos, de boca delgada y lívida. Medio ocultos por una capucha oscura, Amael vislumbró unos ojos sumidos en profundas ojeras que brillaban como carbones encendidos.

El trueno apagó el sonido de sus gritos.

Ese mismo trueno fue el que sacó a Sir Jonathan de su meditación en la que Amael era el punto clave.

—¡Guardias!— gritó enfurecido.

De inmediato se presentaron en el gran salón los dos guardias que siempre custodiaban la sala en la que se encontrase Sir Jonathan.

—¡Quiero que se traiga ante mí a Amael de manera inmediata!

—¡Sí mi señor!— exclamaron los dos guardias al unísono.

Sir Jonathan volvió a perder la mirada en el confuso y difuminado horizonte, cubierto de nubes negras e invadido por la tormenta, y se volvió a introducir en sus cavilaciones cuando, de manera espontánea, notó la presencia de otra persona en la sala en la que se encontraba.

Se giró hacia la puerta, esperando ver a Amael pero no divisó a nadie a lo largo y ancho del salón.

Una ligera brisa inundó la estancia apagando las antorchas y sumiéndola en la más absoluta penumbra.

Un relámpago estalló en el exterior iluminando momentáneamente la estancia, permitiéndole ver un rostro espeluznante a pocos centímetros de él. Se trataba, sin el saberlo, del mismo semblante que Amael había visto momentos antes en su alcoba.

Un frío reflejo de acero se dibujó sobre la extraña figura en el mismo momento en que los guardias entraban en la sala, y Sir Jonathan cayó al suelo sin conocimiento.

Un hermoso paisaje verde se veía alrededor de él, al fondo, un día despejado que permitía contemplare l horizonte azul fundiéndose con un bello océano el cual estaba surcado por varias embarcaciones de vela.

Sir Jonathan se encontraba en medio del paraíso, cuando el cielo empezó a oscurecerse, la mar se encrespó violentamente y los rayos inundaron el cielo.

El suelo comenzó a levantarse delante de él y, de la nada, comenzó a salir un siniestro castillo. El terreno de los alrededores  se quebró dejando visibles los ríos de lava que inundaban el exterior en forma de hirvientes géiseres mientras la temperatura iba en notable aumento.

Ante él, el castillo había tomado su forma final, permitiéndole a Sir Jonathan observar tal monstruosidad al completo, pues las estatuas que lo decoraban eran, simplemente, restos de cadáveres en estado de putrefacción los cuales iban equipados como si de soldados se tratase, con sus armaduras y sus espadas.

Las almenas y las torres de la construcción tenían formas dantescas. Mientras que la roca de los muros brillaba con un fulgor espectral, las ventanas que poseía, al igual que los balcones, repelían la luz, manteniéndose en una perpetua oscuridad. Las puertas de entrada al castillo, habían sido talladas con un bajo relieve en el que se veían formas humanas, que daban a entender que eran almas, abandonando sus cuerpos, los cuales iban equipados con armaduras, al igual que las estatuas de fuera.

En la parte superior de la puerta habían escritas unas palabras que a Sir Jonathan no le gustaron para nada.

Man imbe ter sinas andoes, ea hehtala ter i valaina

Sir Jonathan conocía el suficiente elfo como para saber lo que decía la escritura. “Quien atraviesa esta puerta sea olvidado por los dioses”. Una maldición elfica.

En lo alto del castillo, en una de las almenas, Sir Jonathan vislumbró una figura en movimiento, la cual saltó desde aquella altura tirándose al vacío mientras la temperatura iba en notable aumento.

La criatura descendió a una velocidad vertiginosa envuelto en una sombra fantasmagórica producida por su capa y la cual la simple visión producía pavor.

El ser cayó frente a él con una rodilla apoyada en el suelo y la mirada fija en sus pies. Cuando comenzó a levantar la vista fijándola en el cuerpo de Sir Jonathan, este despertó.

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