Proyecto Scarabaeus: WorldBuilding #1 – La creación

Khayrat poseía el poder del universo. Cualquier cosa que pensase o deseara podría crearla y tenerla en el instante, pero era incapaz de crear a alguien como ella. Desde la oscuridad en la que nació, fue capaz de crear todo a su alrededor: la luz que la envolvió y le otorgaba calor, los planetas, la vida, todo excepto una compañera.

Cuando creó la primera persona viva, con la intención de que esta le acompañase el resto de la eternidad, comprobó que era algo imposible. Esa persona creció y acabó muriendo en lo que para Khayrat supuso un suspiro. Angustiada por este desenlace, la Madre de todo lloró y, sin ella verlo, una de sus lágrimas cayó sobre el cadáver y este se levantó.

Khayrat se apareció ante él, igual de sorprendida que el renacido y le preguntó:

—Dime, cuál es tu nombre?

Aquella persona miró a la creadora de la existencia y enseguida comprendió quien era.

—Madre, no tengo nombre, nunca he tenido a nadie que me diera uno. Vos me habéis otorgado la vida tras la muerte, vuestro es el derecho.

La diosa observó su creación. Aunque ella le había dado forma y vida, no sabía que era, simplemente la creó y por eso, decidió su tarea.

—Te llamarás Alma, y serás quien vele por aquellos que morirán, ya que tu muerte fue la primera y también será la última.

Aquel ser se postró ante su creadora en señal de agradecimiento, pero una sombra cruzó su rostro.

—¿Qué te preocupa? —preguntó Khayrat.

—Madre, viví en soledad antes de mi renacimiento, ¿a quién he de velar si no hay nadie más?

La creadora apoyó la mano en el hombro de Alma y le susurró.

—Pronto llegarán tus hermanos y hermanas, y con ellos vendrán quienes habiten este mundo que os entrego.

Alma sonrió y se desvaneció, ocupando su lugar en el Destino, hogar de Khayrat, desde donde la diosa observaba su creación. Se sorprendió de ver junto a su asiento, cuatro más, vacíos. Alma entendió que eran los de los hermanos que Madre le había prometido y se sentó a esperar su llegada.

Khayrat siguió creando y pronto tuvo dos nuevas criaturas vivas en el mundo. Esta vez los creó distintos, les definió un sexo y los complementó. Pero de nuevo, pasó el tiempo y murieron. La Madre lloró desconsolada la muerte de su creación hasta que Alma llegó a su lado.

—Madre, ¿qué te aflige? —preguntó.

—He creado a dos de tus hermanos —dijo entre sollozos—, pero no he logrado que vivan eternamente.

—Tus lágrimas me hicieron levantar a mí y regresar a la vida. Tu llanto me concedió la eternidad. ¿Por qué no se lo otorgas a ellos?

Khayrat negó con la cabeza.

—Lo he intentado, pero no funciona. La pena solo logró devolverte la vida a ti.

—Quizás no necesiten pena…

La Madre observó los cuerpos inmóviles y sin vida y se acercó a uno de ellos, se arrodilló y le dio un beso en la frente. Entonces la criatura abrió los ojos y regresó a la vida.

—Madre —dijo—, me habéis devuelto a la vida con vuestro amor…

Khayrat se levantó y miró a su creación. Era una mujer y le había otorgado al crearla el don de albergar vida y poblar el mundo con su amor.

—Te llamarás Liesa, y serás la encargada de crear la vida. Que el amor que te he concedido se expanda por el mundo como la luz del sol en cada amanecer.
Liesa agachó la cabeza, apesadumbrada.

—¿Qué te inquieta, hija mía?

—Madre, tengo todo el amor que me otorgaste para dar, pero nadie que me ame a mí, pues mi compañero en la otra vida ya no está.

Khayrat se acercó al cuerpo inmóvil que yacía junto a su hija y lo observó. La figura que ella había creado al principio había evolucionado. Sus hombros se habían ensanchado y sus brazos se habían vuelto grandes y fuertes.

Con un pequeño susurro, Khayrat envolvió el cuerpo en llamas y este se convirtió en cenizas.

—¡Madre! —exclamó Liesa—. ¿Porqué?

—Tranquila, hija mía. Todo tiene su porqué. Alberga esperanza en tu corazón.

Así lo hizo Liesa y poco a poco, las cenizas comenzaron a moverse y de ellas surgió de nuevo el hombre que había ardido.

—Hijo mío, tu nombre desde ahora es Shankar. Deberás mantener viva la llama en vuestros hijos.

El hombre se arrodilló ante la Madre.

—¿Qué llama ha de ser esa?

—Cualquiera que arda; amor, odio, esperanza… Deberás mantenerla viva y que esa guíe los pasos de quien la tenga.

—Así será, Madre —dijo antes de levantarse y abrazar a Liesa.

—Hijos míos, el Destino os aguarda. Allí encontraréis a Alma a quién deberéis de tratar como igual, pero con respeto, pues fue el primer nacimiento y será la última muerte.
Ambos se inclinaron ante su Madre en señal de respeto y marcharon hacía Destino, donde se sentaron uno a cada lado del primer nacido. Allí aguardaron hasta que llegasen sus hermanos.

Khayrat volvió a crear dos figuras, de nuevo hombre y mujer y les proporcionó vida. Al igual que las veces anteriores, en un solo suspiro murieron y la Madre intentó devolverles la vida. Pero esta vez ni las lágrimas, ni el amor ni el fuego les hicieron despertarse de su sueño eterno. Apesadumbrada, hizo llamar a sus hijos para que le diesen consejo.

—Madre —comenzó Alma—, si ninguna manera usada con nosotros les ha devuelto la vida, deberíais de probar otra.

Shankar se acercó a la mujer que yacía en el suelo. La observó detenidamente antes de dirigirse a su Madre.

—Es luchadora, fuerte y valiente. Su rostro así lo refleja.

Entonces Khayrat hizo una espada y se la puso en una de las manos a la joven, la cual abrió los ojos nada más tocar el arma.

—Bienvenida, Thea. Tu lucha te ha hecho regresar, por eso comandarás los ejércitos que se crearan y bendecirás cada combate con tu energía.

La mujer se arrodilló ante la Madre rindiendo sumisión.

—Que mi espada guíe a la victoria a todo el que luche en tu nombre.

Por último Khayrat se acercó al cuerpo del hombre que seguía postrado. Lo observó con detenimiento, al igual que sus hijos, pero ninguno supo decir nada. La duda embargó sus corazones y Khayrat, por un momento, dudó de sus poderes. Entonces el hombre se levantó.

—Vuestra duda me ha hecho levantarme de nuevo, Madre.

—En ese caso te llamarás Serpe y que la duda que te ha creado sea la que siempre esté en la mente de quien nazca de vosotros.

Entonces los cinco hermanos se sentaron en sus respectivos asientos en Destino y observaron la creación de su madre. El mundo era algo maravilloso, plagado de aromas que llegaban hasta ellos y colores que resplandecían a lo largo del universo.

—Es una lástima que este mundo tan maravilloso no lo podamos disfrutar más que nosotros —dijo Liesa—. Deberíamos compartirlo.

—¿Con quién? —preguntó Alma observando a su hermana.

—Madre dijo que expandiéramos nuestro amor. Ella lo hizo creándonos a nosotros. Hagamos lo mismo…

—Eso no es algo que debatir a la ligera —comento Serpe—. Nuestros poderes no son los de madre, ¿y si no sale bien?.

—Hay que intentarlo, al menos —dijo Liesa—. Tengo esperanza en que nuestros hijos saldrán adelante.

Y poco a poco, bajo la atenta mirada de Khayrat, el mundo se fue llenando de hombres y mujeres, creados por Liesa a la imagen y semejanza de sus hermanos. Todos los dioses se sorprendieron al ver que, al igual que ellos, había una gran variedad de pensamiento entre los habitantes de aquel mundo. La diosa del amor disfrutó de su creación viendo como se extendía por el mundo, al igual que sus hermanos.

Madre se apareció al poco ante ellos. Los cinco hermanos la vieron débil y marchita y enseguida se preocuparon por ella.

—Tranquilos, hijos míos. Como todo en este universo, yo también soy perecedera y mi fin se acerca. Mi poder tiene límites que nadie puede quebrantar, ni siquiera yo. Por eso he decidido traeros algo.

Los cinco hermanos se miraron, confundidos ante el comentario de su madre. Esta creó una figura con sus manos y la puso frente a ellos. Los dioses comprobaron que no era mayor de lo que sus hijos llamaban un “niño” y la observaron con detenimiento.

—Este ser será vuestro último hermano. Cuidadle y protegerle, pues albergará lo que lo mantiene todo, mi poder.

—¿Y que pasará con vos? —preguntó Alma.

—Yo siempre estaré aquí, siempre formaré parte de vosotros y de la creación del todo. Recordadme y eso me mantendrá viva.

—Pero Madre… —dijo Liesa antes de romper a llorar.

—Lo siento, mi niña. El amor que te creó también es el dolor que este deja a su paso, pero recuerda que siempre has de mantener la esperanza. Hija mía —dijo volviéndose hacia Thea—, permíteme tu espada…

Thea se acercó a ella y le tendió su arma. Khayrat se hizo un corte en la mano y un líquido espeso y de color rojo comenzó a brotar.

—Esto es sangre —dijo mientras cubría con ella la figura de su última creación—, es lo más poderoso del universo. Genera amor, odio, da la vida y la quita y se derramará por toda la eternidad como yo la derramo ahora. Que esta sangre os mantenga unidos hasta el fin de los días.

Cuando la última gota cayó, la figura de Madre se desvaneció en el infinito y la creación que había dejado frente a ellos despertó.

—Hola hermanos —dijo con una dulce voz—, deseaba conoceros. Me llamo Dam.
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